Cuba de moda

Saber, entender, predecir la isla.

Desde hace más de medio siglo ser un escritor cubano implica la compleja coyuntura de tener que asumir responsabilidades que, muchas veces, superan o desbordan el oficio de la creación literaria. El hecho de que la isla haya sido durante estas décadas un país con un desarrollo económico, social, cultural muy peculiar, con un sistema en que todas las acciones entrañan decisiones políticas, genera un interés añadido no solo a la obra, sino también a la proyección social del artista, al que, en cualquier caso, se le considera un factor social que debe proyectarse como tal.

Durante las últimas semanas, mientras he realizado una gira promocional de mis libros por cuatro países europeos, he podido comprobar que, tras la etapa abierta el pasado 17 de diciembre con el anuncio por parte de los presidentes cubano, Raúl Castro, y estadounidense, Barak Obama, de restablecer unas relaciones diplomáticas quebradas cinco décadas atrás, el tema de Cuba, de su presente y de su futuro ha alcanzado renovados niveles de interés en diversos sectores de la opinión pública internacional, una curiosidad que va desde los medios de comunicación ávidos de informaciones hasta el simple ciudadano que, por puro contagio, pregunta: ¿y ahora qué pasará? En cada entrevista, en cada intervención pública, en cada conversación privada el hecho de ser un escritor cubano (que además vive en Cuba) me obliga a responder esa y otras cuestiones incluso de más complicada explicación.

Pero es que ser escritor, reflejar mediante recursos literarios los fenómenos y procesos de una realidad determinada, no implica necesariamente un conocimiento de todas las interioridades, desde políticas hasta económicas, de la sociedad en la cual vive y crea y, mucho menos, la capacidad de poder predecir sus futuros desarrollos en las más diversas áreas, cuyas interioridades por lo general desconoce.

En cualquier caso, el primer escollo que se debe vencer a la hora de hablar del país y la vida actual, pasada y hasta futura de los cubanos es la montaña de prejuicios asentados con los que se debe lidiar. Parece un hecho incontestable que la mayoría de las personas que en cualquier parte del mundo tienen algún interés por la sociedad cubana poseen, además, un juicio sobre ella y, lamentablemente, muchas veces esa opinión resulta simplista y maniquea, sobre todo si se trata de individuos que no viven la cotidianidad de la isla.

De este modo, muchos defensores o detractores del proceso cubano afincados en otras latitudes sostienen sus criterios desde su posible o imposible conocimiento de la realidad cubana, pero partiendo del convencimiento de que sus sueños, lecturas y visitas a la isla les confieren esa capacidad de juzgar y saber tanto o más de Cuba que los propios cubanos. Y cuando preguntan muchas veces lo hacen para obtener la respuesta que previamente poseen y que solo desean ver reafirmada.

Conozco el caso, por ejemplo, del profesor europeo que con cierta frecuencia pasa por la isla y se aloja en hoteles como el Parque Central o el Habana Libre, paga los servicios que utiliza con las divisas que lo acompañan por su trabajo de maestro de escuela y, por supuesto, pasa sus días en la isla en una órbita estelar diferente a la que ocupan la mayoría de los cubanos. Sin embargo, desde su privilegiada cátedra el profesor devenido cubanólogo se atreve a dictar opiniones no solo sobre los grandes procesos en curso en el país, sino incluso sobre cómo es la vida cotidiana en la isla y a juzgar lo acertado del reflejo de una realidad que un artista cubano hace de su momento. Es cierto e indiscutible que emitir esa opinión es su derecho, pero, ¿su mirada “virtual” de una sociedad a la que se asoma desde su balcón de hotel es un juicio de valor a la hora de calibrar una realidad tan compleja y singular como la cubana? Y, lo que es más complicado: ¿puede un cubano que sí vive su circunstancia admitir como válida y concluyente esa opinión superior y prejuiciada (en el estricto sentido del término) de alguien que mira a Cuba desde una altura tan privilegiada?

Pero existe, en otras muchísimas personas y medios informativos una verdadera curiosidad por tratar de entender el proceso vital y social cubano, más ahora que se abre una puerta gruesa y pesada que por medio siglo estuvo cerrada. Los cambios económicos y sociales emprendidos por el gobierno cubano en los últimos años, su profundidad y consecuencias, ya habían renovado el interés por el presente y el futuro de la isla, pero sin duda la retumbante noticia lanzada el 17 de diciembre y sus primeros ecos –comunicaciones telefónicas directas entre Cuba y Estados Unidos, interés por hacerse presente en la isla de compañías gigantes como Netflix y Google, más las estancias habaneras de políticos y personalidades notables de la sociedad norteamericana como avanzada de una posible avalancha de visitantes-, generan nuevas dudas y expectativas… que pueden serle sometidas a la consideración del escritor cubano como si fuese en verdad un gurú o la más moderna versión del oráculo de Delfos.

De lo que no me cabe dudas es que los últimos acontecimientos han colocado a Cuba y sus circunstancias en el candelero del interés y la opinión casi diría que mundial. Han puesto a la isla de moda, con todos los beneficios y riesgos que esos procesos entrañan, con curiosidad sana, malsana o despistada, pues todo el mundo quiere saber qué está pasando y que pasará… solo que los cubanos, escritores o no, también queremos saberlo. (2015)

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