De feria en feria

A propósito de Arte para Mamá.

Foto tomada de la web de Radio Rebelde

En Chetumal, antigua tierra maya de la costa atlántica de México, hay un enorme mercado atestado de objetos de toda índole. Los turistas se adentran en los estrechos pasillos dispuestos a comprar como recuerdo de su viaje algún tipo de artesanía heredera de la arcaica tradición indígena. Luego de rebuscar en el oscuro laberinto encuentran quizá una blusa bordada, unas piezas de barro y poco más. El resto son productos elaborados en China. La artesanía local se ha visto desplazada por importaciones mucho más baratas.

En Cuba, desde hace tiempo, existe un mercado de artesanía prácticamente destinado al turismo donde se venden desde instrumentos musicales (especialmente maracas), hasta piezas de madera con ciertas aspiraciones artísticas. En la capital se destacan los ubicados en El Vedado o La Habana Vieja, pero en cada provincia existen artesanos que alimentan ese mercado, e incluso en los aeropuertos se pueden comprar a última hora tazas con banderas cubanas y muñecas de trapo producidas en serie que pocos turistas se atreverían a llevar de recuerdo.

Por otro lado existe cierta categoría de artesanos cuyo potencial cliente es el cubano de a pie. Su rubro principal es el calzado y en un primer momento se les agrupó en un espacio único, aunque la apertura al “cuentapropismo”, les permitió extenderse sin orden ni concierto por toda la ciudad. En cualquier calle de barrio hoy se exponen mezclados todo tipo de artículos: escobas de plásticos y confecciones textiles, objetos de madera y bisutería made in China importada desde cualquier parte del mundo por las más diversas vías. Desde luego se venden a precios mucho más asequibles a los sueldos del cubano promedio, pero a veces hacen gala un alarmante mal gusto y están muy alejados de la calidad alcanzada por las producciones artesanales expuestas en los enclaves turísticos o en las diversas ferias de artesanía que se organizan en el país.

A las ferias por lo general sólo concurre la “élite” de los artesanos, muchos de los cuales pertenecen a la Asociación Cubana de Artesanos Artistas (ACAA), y se destacan por su originalidad y la calidad superior de sus trabajos. Y aunque tienen la posibilidad de exponer y comercializar sus productos por diferentes vías, especialmente a través del Fondo de Bienes Culturales, son las ferias organizadas a lo largo del año las que hacen más visibles sus productos: Arte para mamá, Iberoarte (en Holguín), Arte en la Rampa, en pleno verano, y la Feria Internacional de Artesanía (Fiart), para cerrar el ciclo.

A su vez tienen en contra la escasez de materias primas, la falta de un mercado mayorista donde adquirir parte de los insumos que necesitan, y los altos precios de algunas producciones, que sin duda dificultan su venta en el mercado nacional. A ello se suman los espacios “muertos” entre feria y feria, pues aunque al margen de los grandes eventos existen tiendas especializadas en la venta de este tipo de artesanías, son pocas y suelen estar ubicadas en hoteles y otras instalaciones turísticas de limitada proyección hacia la calle y menor acceso al público.

Si bien reconozco el poder de convocatoria de las ferias, que por otra parte permiten reunir por unos días a los artesanos de toda la isla, no entiendo por qué privilegiar con un esfuerzo promocional y de financiación en fechas puntuales, lo que debería ser asequible a lo largo del año. Sobre todo si se trata de acercar al gran público las producciones artesanales y culturales en general, incluido el libro.

Siempre me he preguntado –por ejemplo-, de qué vale reservar las novedades literarias para su presentación durante la Feria Internacional del Libro, si las librerías que aún subsisten permanecen desoladas casi todo el año. Resulta evidente que, si en vez de reunir la mayor cantidad de títulos para su presentación en el contexto de la Feria que se organiza en La Cabaña, se realizara una mejor distribución en las librerías, que en teoría deben ser los sitios con mejores condiciones para la venta de este objeto tan particular, los lectores tendrían más posibilidades físicas y monetarias de acceder a los libros, cuyos precios -vale recordar-, rondan como promedio los veinte pesos en moneda nacional. Y esto mismo vale para las ferias de artesanía, donde sin dudas se concentra lo mejor de la producción nacional.

A partir del crecimiento y la consolidación de este sector, impulsado por el interés que despierta en el público, quizá va siendo hora de ampliar la red de establecimientos dedicados a la venta de estos productos, sobre todo si  consideramos que en nuestro contexto particular pueden comenzar a suplir carencias y a sustituir importaciones.

La muestra de lo que pueden hacer y de hecho están haciendo los artesanos del patio puede verse, precisamente, durante las ferias ya mencionadas. La novena edición de Arte para Mamá, celebrada entre los meses de abril y mayo, expuso en 289 stands las más diversas trabajos que, en su mayoría, alcanzan una calidad indiscutible. Entre ellos se destacan diferentes líneas de calzado, textiles, orfebrería, y objetos decorativos y utilitarios. Asimismo hay muebles de notable factura no sólo  elaborados en madera, sino también en caña brava y bambú, relevantes por su originalidad y terminación.

También vale mencionar otras vertientes de trabajo menos conocidas y que merecen desarrollarse, como la propuesta de un grupo de artesanos que a partir de la piedra y el cemento, elaboran materiales utilizables en el revestimiento de paredes y el diseño de muebles sanitarios o de cocina.  

Este tipo de producciones constituyen además una excelente opción para arquitectos y decoradores encargados de diseñar y proponer el mobiliario de hoteles y otras instalaciones turísticas, una opción que a partir de las nuevas disposiciones sobre contratos entre entidades estatales y particulares, amplían la posibilidad de aprovechar mucho más el talento nacional y sustituir importaciones.

A falta de carpinterías para la elaboración de muebles, de talleres de confecciones textiles y de fábricas de zapatos de calidad en el país, ¿por qué no extender las perspectivas de comercialización de estos productos en las redes minoristas? ¿Por qué no utilizar antiguas tiendas y otros espacios vacíos o desaprovechados para montar un show room dedicado al mobiliario, debidamente complementado con propuestas de decoración adaptadas a nuestras necesidades y condiciones? ¿Por qué montar y desmontar de feria en feria sin aprovechar al máximo la creatividad de nuestros mejores artesanos?

Es aconsejable entonces que, sin renunciar a los espacios ya consolidados en la exposición y venta de producciones artesanales de mayor calidad, estas se hagan más accecibles fuera del calendario de ferias. Y aunque ya se sabe que debido a sus actuales precios muchos de estos trabajos no se encuentran al alcance de todos, bien vale la pena acercarlos a la población como una opción posible a la mal llamada artesanía “popular” y a las baratijas made in China que hoy se adueñan de las calles. (2013)

Un comentario

  1. César

    Muy buen punto el que ha traído. La buena artesanía cubana merece que se destaque más. Fuera de esas fechas puntuales solamente se consigue a través de amistades y no debería ser así.

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