Dora Alonso cumple cien años

Una figura emblemática de la literatura cubana.

Tomado de Habana Radio

Dora llegó a la letra impresa a través del periodismo en su provincia natal en la década de 1930

Dora Alonso nació solo tres días después que José Lezama Lima, por tanto, al igual que el autor de Paradiso, la ganadora del Premio Nacional de Literatura 1988 también cumple cien años.

Nacida en un pequeño pueblo de la provincia de Matanzas –nombrado Máximo Gómez– hija de un ganadero español y una campesina cubana, Dora Alonso pasó su niñez en el campo y el medio rural marcó su existencia y su obra. Entrevistada en 1985, ella contó:

“Podría decir que un buen caballo, el campo y el mar son en resumen mi obra, mi vida y mis preferencias. Yo iba con papá a los potreros desde que tenía esa edad. Cortaba el cogollo de las plantas con los yerberos de mi casa, trabajaba junto a los monteros… Mi niñez fue feliz. Parte de ella transcurrió en el campo, muy cerca de la naturaleza. […] Creo que esa niñez y la naturaleza criolla, así como las historias de la guerra que me contaba un tío abuelo que había luchado por la independencia de Cuba, fueron conformando mi carácter y un amor centrado en la tierra que me durará hasta que muera, y que he reflejado en mi obra literaria”.¹

De formación autodidacta, Dora llegó a la letra impresa a través del periodismo en su provincia natal en la década de 1930. En la siguiente, ya en la capital, luego de estar un buen tiempo practicando labores de sobrevivencia, encuentra el medio que sería su principal sostén, la radio. Desde 1947, en que la emisora RHC Cadena Azul transmitió su primer guión radial, inició una carrera de ascenso en la radionovela que la llevó al primer lugar del rating nacional el propio año. Desde entonces, hasta hoy, casi siempre hay alguna obra suya en el aire.

Una de sus radionovelas, Sol de batey, adaptada para la televisión en la década de 1980, es acaso la telenovela cubana que ha logrado mayor difusión y se ha convertido en paradigma de telenovela sobre la esclavitud.

El año en que descubre su principal modo de vida es, asimismo, cuando Dora Alonso obtiene uno de los galardones literarios más codiciados en la Ciudad Letrada de esa época en la isla, el Premio de Cuento “Hernández Catá”, un concurso al cual le había estado tocando a la puerta desde 1942.

Paradójicamente, la mayor parte de su cuentística estuvo inédita hasta 1966 cuando se publica Ponolani. Enormemente popular como escritora radial; justamente reconocida como escritora de literatura infantojuvenil, no es menos importante la zona de su narrativa que dirige a los adultos. Al caracterizar el relato construido por Dora Alonso, el escritor Gustavo Eguren señaló:

“Al lado de la precisión y fuerza que caracteriza el lenguaje de Dora Alonso, creció –enraizado en el deseo de romper la imagen deformadora y deformada que en lo social se proyectaba del campesino cubano– un modo de decir altamente metafórico que, a veces, sin embargo, trascendía el ambiente y los propios personajes. Será con los años, con el logro de lo que personalmente estimo la parte fundamental de la obra literaria de Dora Alonso, sus Once caballos, donde ambas vertientes del lenguaje se unen en una expresión concisa, tersa y de una capacidad comunicativa y definidora, propias de un estilo literario que ha alcanzado su mayor altura”.²

Al revisar la edición paradigmática titulada Cuentos de Dora Alonso, de 1976, se comprueba la afirmación anterior. Allí el cuento de ambiente rural alcanza una altura expresiva raramente lograda en la narrativa cubana; los personajes son vigorosos, el espacio –potrero, corral, matadero, cayo– es envolvente, pleno de significado y el narrador es dueño del relato, deslizado con sabiduría hacia su culminación.

Cuando, un año más tarde, Salvador Bueno preparó la antología Cuentos cubanos del siglo xx –un panorama del género en la isla a través de cuarenta y dos narraciones– escogió una pieza de Dora Alonso fechada en 1962, “La rata”, texto de relieve en su producción.

“La rata” marca el cambio de época ocurrido tres años antes, pero, esa seña debe inferirse, no se subraya. El espacio del cuento es la bodega de un batey. Una rata centraliza las acciones. La objetividad del narrador es lo más notable del relato; el lector asiste a los acontecimientos, vive la anécdota, desde diferentes perspectivas narrativas, mas, principalmente, desde el punto de vista de la rata.

Otro recurso narrativo importante de “La rata” es el manejo del tiempo. Roedores e insectos, penetran a la bodega en la noche: “En la sombra tropezaban hocicos y alas que volaban en un zumbido rápido, de un lado a otro, entre el fétido olor de la bodega cerrada”. Luego, quienes cambian el orden (el desorden) llegan de día: “Cada saco podrido, cada cueva de bichos, cada nido de rata se removió en un pánico total y breve. La claridad bañó en limpia lechada los hediondos rincones y su historia de tantos, tantos años…”.

La “batalla” entre lo viejo y lo nuevo que pobló muchas páginas olvidables en la narrativa cubana de los sesenta y los setenta, tiene un escenario diferente y otra resolución en Dora Alonso. En lugar de la épica y los héroes, el minimalismo anecdótico, el sacrificio de un roedor, la representación y la metáfora.

La narrativa, y también la poesía de Dora Alonso, están repletas de animales, pero sus fábulas no están cargadas de moralejas y mensajes obvios, sino que discurren sobre los eternos problemas humanos. Así, el confinamiento de un antílope es el encierro de la libertad y el vuelo de una yaguasa, el despertar del eros en la adolescencia. El embrujo que sobre la autora ejercía la naturaleza no la abandonó nunca. Por eso, de la urbe capitalina, acaso su lugar predilecto fuera el zoológico. De sus observaciones allí nació ese bestiario, Once caballos, del cual, en la entrevista apuntada refiere:

“Son historias de animales en el zoológico, lugar que visitaba mucho. Sí, porque me gusta que los animales tengan total libertad y no verlos encerrados en una jaula. […] Precisamente por eso ideé hacer este libro […], un espejo por el lado de los animales que allí habitan y las circunstancias que lo rodean”.

Después de escribir estas fábulas para adultos, la obra de Dora Alonso se inclina hacia el universo infantil: “El grillo caminante”, “La flauta de chocolate”, “El cochero azul”, “El valle de la pájara pinta” (Premio Casa de las Américas), contribuyeron a enriquecer notablemente el imaginario de los niños cubanos. Sobre esta zona de su literatura dijo:

“Los libros para niños están limitados por diferentes razones: desde su temática, adecuada según la edad, hasta la forma que debe utilizarse. El escritor para niños debe hallar belleza en su creación para los pequeños; hacer que el niño ame la poesía; no contar, sino decir en forma nueva. Y es que el niño es tierra virgen donde uno siembra no cualquier semilla, sino aquella que debe dar frutos de mayor belleza…”.

Dora Alonso, quien falleció en La Habana en 2001, practicó todos los géneros de ficción: poesía, cuento, novela y teatro, además de literatura infantojuvenil, donde es uno de los referentes más encumbrados de las letras hispánicas. El hecho de que la narrativa urbana y especialmente la temática citadina hayan acaparado la atención en las últimas décadas no puede disminuir su alta estima para la literatura cubana. Como tampoco puede olvidarse que llegó a ese sitio desde su condición de mujer campesina nacida hace cien años.

Notas

¹Dora Alonso: “Yo vi besar las metralletas”, en J. L. Bernard y J. A. Pola: Quiénes escriben en Cuba. Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1985, pp 15-30.

²Gustavo Eguren: “Prólogo”, en Dora Alonso: Cuentos. Ed. Unión, La Habana, 1976, pp 12-13.

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