El arzobispo cubano que llama papito a Dios

Monseñor Juan de la Caridad García, nuevo arzobispo de La Habana, dará continuidad al diálogo con el Estado desde su estilo personal, respetuoso y muy llano.

Foto: Palabra Nueva

Cuando el pasado 26 de abril, una nota de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba daba a conocer la decisión de la Santa Sede de aceptar la renuncia del Arzobispo de La Habana, el Cardenal Jaime Ortega Alamino – presentada desde 2011- y nombrar en su lugar a Monseñor Juan de la Caridad García, quien desde 2002 hasta la fecha era titular de la sede camagüeyana, hubo en los mensajes y llamadas telefónicas del primer momento un tono de perplejidad que casi inmediatamente quedó teñido por un franco entusiasmo.

La mayor parte de los que habían dedicado casi un quinquenio a intrincadas predicciones sobre los candidatos más seguros a la sede de San Cristóbal habían fallado, tanto como los “expertos vaticanistas” que mantienen en vilo a sus lectores con sus apuestas mientras el cónclave elige al nuevo papa a puerta cerrada.

Las virtudes de Monseñor García han sido más fuertes que las razones de los pronosticadores. Tanto su labor sacerdotal a partir de 1972 como los casi tres lustros de arzobispo en Camagüey han acreditado su sencillez y austeridad personal, su infatigable labor misionera y su espiritualidad basada en el ejercicio continuo y activo de la caridad con el prójimo, no solo a nivel de dirección institucional sino, sobre todo, de forma directa, personal, cara a cara.

En los últimos días, diversos medios han repetido para caracterizarlo la frase “hombre de pocas palabras”. La afirmación es justa si se refiere a sus métodos de trabajo, habitualmente basados en la demostración personal, así como en su rechazo a los discursos retóricos y hasta en la forma tajante que emplea para cortar cualquier tipo de rumor o adulación. Aquel que puede llamar a sus más humildes feligreses por su nombre no intenta disimular lo que piensa, ni se complace en diplomacias versallescas.

Alguna vez viví la experiencia de asistir en Camagüey a una procesión de Corpus que fue sorprendida por una fuerte lluvia, a pesar de lo cual la multitud se mantuvo compacta y firme cuando llegó a su término, para escuchar la homilía del Arzobispo – tan empapado como nosotros- en la que desarrollaba, una vez más, su tema habitual: Dios es padre, más aún, siguiendo a San Pablo, se le puede llamar Abbá es decir, Papito. Sólo alguien que tenga una relación tan íntima con lo trascendente puede hacer de las virtudes cristianas la armazón de su andadura vital y predicarlas con una elocuencia que no se aprende en libros, pero que llega al corazón de los más simples.

Pocos analistas se han fijado en el detalle de que este camagüeyano, nacido el 11 de junio de 1948, forma parte de esa generación de sacerdotes que debió formarse, a diferencia de las anteriores, enteramente en el país, en los dos seminarios que permanecían abiertos: San Basilio Magno de Santiago de Cuba y San Carlos y San Ambrosio en La Habana. Si bien esto limitó las posibilidades de tipo intelectual de los educandos, alejados de Roma, Lovaina, Salamanca, sí produjo un importante grupo de clérigos cuya educación se completó en la labor pastoral directa, en las difíciles condiciones de la Cuba de los años 60 y 70. Eso explica que una buena parte de los sacerdotes cubanos ordenados en la Isla alrededor del primer lustro de los 70 hayan sido hombres muy conscientes de su misión, fuertemente comprometidos con los problemas de sus comunidades y que hayan sustituido los honores académicos por una sabiduría pastoral práctica que hoy sigue ofreciendo buenos frutos.

Buena parte de su vida sacerdotal debió desempeñarla el Padre Juan no en la cabecera de la diócesis, a la sombra de los hermosos templos coloniales principeños, sino en los márgenes, en pueblos alejados o francamente en áreas rurales. Una vez recibidos los sagrados órdenes en la Parroquia de Morón el 25 de enero de 1972, sin haber cumplido los 24 años, debió iniciar su ministerio en la zona occidental de la diócesis: fue párroco de Ciego de Ávila, Morón, Jatibonico y como era usual en aquellos tiempos de escasísimo clero, simultanear la labor en las parroquias principales con celebraciones en pueblos pequeños, bateyes y caseríos.

Por aquellos días las relaciones entre Estado e Iglesia eran muy tensas. Definido el ateísmo como principio constitucional, esto, que podía ser problemático en la capital del país, se hacía especialmente grave en las instancias más bajas donde dirigentes de escasa preparación deseaban mostrar su celo por medio de fuertes arbitrariedades: lo mismo se confiscaba un patio o la casa del párroco anexa a un templo, que se le secuestraba la campana o la policía intentaba impedir que los catequistas buscaran a los niños en sus casas, o se colocaban altavoces con música a muchos decibeles cuando había ceremonias religiosas. El joven cura mostró serenidad ante las contrariedades y perseveró en su misión.

Hace alrededor de un año una de sus antiguas feligresas, la maestra María Victoria Olavarrieta, publicó en Miami un artículo en el que rememoraba aquellos tiempos con sus detalles pintorescos:

Uno de esos días diluidos en “la nada cotidiana” (cuando aquello no teníamos ni biblioteca, ni cine en Gaspar) llegó a la capilla el Padre Juanito. «Ese cura cree en Dios», sentenció mi abuelo, en su más puro acento castizo y con ese sentido del humor único de los españoles.

Los murciélagos se habían adueñado del falso techo de la capilla y cuando abrías la puerta, el hedor te cortaba la respiración. Lo primero era barrer todo aquel excremento y ponerse a tirar agua, había que traerla a cubos desde las casas vecinas.

El Padre Juan propuso reparar los bancos, la mayoría llenos de comején. Hizo un mejunje con tinta rápida y algo más y pintó el altar que estaba ya muy descolorido. No teníamos ni clavos, y fue una tarea titánica conseguir un poco de pintura para darle unos brochazos a unas paredes que nunca más se habían vuelto a pintar desde que se construyó la iglesia.

Era Semana Santa y él propuso salir por las calles, tocar de casa en casa e invitar a los vecinos a celebrar con nosotros. «Este cura está loco», «Éste no se ha enterado que está en Gaspar». Mi tía se encargó de ponerlo al día de cómo eran las cosas en “Macondo”.[…]

Me han contado que cuando el Padre Juan viene a Miami, se va cargado de cubitos de sopa de pollo para las caldosas que ofrece la Iglesia a los necesitados. Cuando estuvo de sacerdote en el pueblo de Florida, provincia Camagüey, muchos ancianos pudieron tomar, al menos, una comida caliente al día. En uno de sus viajes, regresó a Cuba con más de doscientos panties para que las señoras con cáncer pudieran asistir a sus tratamientos en el hospital oncológico, debidamente cubiertas.

 

Años después, hacia 1992, conocí personalmente al Padre Juan. El entonces obispo camagüeyano Adolfo Rodríguez me había pedido que acompañara a Monseñor Elías Yanes, arzobispo de Zaragoza, a la celebración dominical en el pueblo de Florida, pues él estaba impedido en ese horario de atender al ilustre invitado. Me llamó la atención no solo lo nutrido de aquella comunidad, sino el entusiasmo que se desprendía de sus miembros, tanto durante la eucaristía como en sus intercambios personales. No solo estaban organizados los servicios, desde la liturgia hasta la visita a los enfermos, sino que todos aquellos con los que hablaba se referían a “Juanito” como un verdadero líder. Recuerdo que sentí entonces que los católicos de la ciudad nos estábamos perdiendo algo. Por eso no estuve entre los sorprendidos cuando el 15 de marzo de 1997 fue ordenado Obispo Auxiliar de Camagüey.

Dos figuras fundamentales de la historia de la Iglesia cubana influyeron en él de manera apreciable. Uno de ellos fue Enrique Pérez Serantes, obispo de Camagüey entre 1922 y 1948, pero al que Juan debió conocer en sus días de seminarista en San Basilio, mientras aquél ocupaba la sede santiaguera. El prelado gallego, hombre de neta raíz popular, puso sus mayores empeños en la labor misionera que personalmente encabezó, hasta volverse una leyenda viva en los campos camagüeyanos y orientales. El otro fue Adolfo Rodríguez Herrera, su antecesor en la sede principeña, que lo ordenó sacerdote y del que fue Obispo auxiliar a partir de marzo de 1997 y hasta el 10 de junio de 2002 en que lo sucedió como titular. Este obispo, hoy en proceso de beatificación, rigió su diócesis durante casi cuatro décadas harto difíciles a causa de los conflictos con el Estado, la escasez de clero y de laicos bien preparados y el creciente deterioro de la red parroquial en el extenso y poco densamente poblado territorio que le correspondía. Ejemplo de prudencia, diplomacia, paciencia y optimismo, su magisterio caló en Juan -aunque este resultara de temperamento diferente- tanto en la pertinacia para desempeñar su ministerio aunque a veces pareciera “voz que clama en el desierto” y en la capacidad de diálogo con la sociedad para allanar diferencias y relativizar conflictos en vez de mantener actitudes de confrontación con sus graves consecuencias.

Durante sus catorce años como obispo titular, García ha sabido ocuparse de asuntos harto variados: la formación de misioneros y la extensión de su labor en las zonas más apartadas de la geografía de aquella región; la animación y sostenimiento de comunidades sin templo, lo mismo en áreas rurales que en zonas periféricas de las ciudades; la recuperación de templos y capillas con elevado grado de deterioro; el fortalecimiento de planes y programas asistenciales y de promoción humana.

Han sido notables algunas iniciativas suyas, como el lugar de acogida en la ciudad cabecera para acompañantes de enfermos internados en hospitales, que pueden allí asearse, descansar y tomar algún alimento caliente, así como el reparto de grandes ollas de caldo en instituciones de salud, elaboradas en su propia residencia, donde, por cierto, estableció la costumbre de almorzar cada día junto a sus trabajadores y bendecir la mesa a hora fija, como en familia.

Esto no ha impedido que se ocupe de otras tareas, como el seguimiento al proceso para llevar a los altares al Hermano Olallo Valdés, al que beatificó en 2008 y la impulsión de la causa de su predecesor, así como presidir la Conferencia de Obispos de Cuba entre 2006 y 2008 y ser miembro del Consejo Pontificio Justicia y Paz. Actualmente es miembro del Comité Permanente de la COCC y Presidente de las Comisiones Nacionales de Misiones y Familia, por esta razón participó en Roma en 2014 en el Sínodo Ordinario de la Familia. De él podría decirse lo que José Lezama Lima escribiera sobre el Padre Ángel Gaztelu: “no hay nadie entre nosotros, que como este ilustre juramentado secular, realice durante la curva del día, tantas cosas esenciales”.

El nombramiento de un nuevo prelado para una diócesis, sobre todo si debe hacerlo tras un largo episcopado de su predecesor, siempre es motivo de intranquilidad para algunos. Tal cosa no tiene motivos fundados en el caso que nos ocupa. El nuevo arzobispo habanero tiene a la vez la disponibilidad y la energía para obtener pronto la cercanía y apoyo del clero, lograr la continuidad de los actuales proyectos pastorales y hasta inspirar algunos nuevos. Su recia franqueza quizá moleste a algún melindroso,  pero le ganará el aprecio de muchísimos laicos y no hay que temer que sumergido en la labor misionera descuide otras cosas, porque asuntos que parecen más “sofisticados” como la labor en el terreno cultural y lo relativo a la doctrina social eclesial son asuntos que ha sabido apoyar y orientar ya con resultados visibles.

En cuanto al diálogo que su predecesor el Cardenal Ortega inició con el Estado, es indudable que no va a interrumpirse, sino que, lógicamente, va a impregnarse de su estilo personal, respetuoso,  pero muy llano. El nuevo Arzobispo dirá sin temor muchas verdades donde corresponda, en ese modo un poco brusco y sanamente campesino que conviene a un hombre que ha sabido reconocer a Dios como su padre. (2016)

 

(*) Consultor del Pontificio Consejo de la Cultura en el Vaticano y nuevo director de la Revista Palabra Nueva, del Arzobispado de La Habana.

Un comentario

  1. Ernesto

    Es terrenal, espero siga con las buenas relaciones y vea la intención noble de la revolución…es terrenal, repito, interlocutor…lo que quiere decir que escuchará de igual manera lo que alguien con características parecidas…llano etc…le comunique con precisión lo que se deba según posturas tomadas…es terrenal.

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