El béisbol cubano en la nueva época

La corona se quedó nuevamente en oriente y el equipo de Granma regresa a la Serie del Caribe para representar a la isla.

Alazanes de Granma, vencedores en la recién concluida Serie Nacional.

Foto: Tomado de Escambray

La LVII Serie Nacional del béisbol cubano, en su tramo conclusivo, trasladó sus acciones para la región oriental, para registrar, por primera vez, una final entre dos conjuntos del extremo este del país, una señal inequívoca de que en la pelota nacional muchas cosas han cambiado, aunque otras se mantienen a contrapelo de los tiempos.

La retención de la corona de Granma, es una marca más de los cambios para este deporte en la isla, pues ni Las Tunas, ni la propia Granma figuraban entre las mejores, en décadas anteriores, cuando Santiago era el líder indiscutible del oriente, Las Villas era dueña del centro, y Pinar del Río e Industriales dominaban en occidente.

Estos cambios no llegaron de repente: comenzaron en la década de los noventa, como consecuencia de las crisis, en el llamado Período Especial. Dos eventos diversos debilitaron entonces sobremanera al béisbol cubano: el inicio de la diáspora deportiva y el retiro abrupto de una gran cantidad de peloteros, un error enorme de la Dirección del Deporte y del béisbol en particular porque no pocos de los retirados estaban en la elite y en plenitud de forma hasta para integrar la selección nacional.

Por su parte, la fuga de talentos ha tenido mucho que ver con el nuevo mapa de hegemonía, porque si bien es un fenómeno del que nadie se ha salvado, algunas provincias lo han sufrido mucho más, y no se han podido recuperar. Un ejemplo elocuente es Cienfuegos, que fue de la cima al abismo, después de perder de repente a todas sus estrellas.

Como consecuencia, no solo de la fuga de talentos, sino también de la disminución de recursos estatales asignados al deporte y de la menor práctica masiva, la calidad del béisbol cubano ha disminuido significativamente. El expediente utilizado por la Dirección del béisbol para, según ellos, “subir el techo” de la pelota, ha sido la celebración del campeonato en dos etapas, reforzar los ocho conjuntos que siguen en competencia después de la primera mitad, y reforzar de nuevo antes de la post temporada.

Los Alazanes de Granma mostraron sus habilidades en reñido tope con Las Tunas.

Foto: ACN

Ambas medidas tienen consecuencias negativas: los peloteros que no juegan más que en la primera fase frenan su desarrollo; mientras que los refuerzos desplazan a jugadores hasta entonces regulares y desdibujan la identidad de los equipos. Al final, los conjuntos llegan a los play off con ocho jugadores de refuerzo.

Pero ni siquiera así se alcanza la calidad en los cuerpos de pitcheo, el área más débil que tiene ahora el béisbol cubano, y donde se observan carencias en aspectos fundamentales, tales como el control de los lanzamientos. Esa debilidad se mezcla con erráticos manejos por parte de los directores y al final se confunden causas y consecuencias: como no se tiene un cuerpo de lanzadores de calidad, tanto de abridores como de relevistas, se intercambian funciones y se explota en demasía a algunos, que al ser utilizados en exceso bajan su rendimiento.

La falta de confianza de los directores en sus lanzadores provoca que un relevista intermedio lance cuatro entradas, incluyendo la del cierre, o un cerrador lo haga durante tres. Como resultado, esos pitchers trabajan un día con calidad, pero explotan en la siguiente salida, muy próxima de la anterior. Es un círculo vicioso, una serpiente que se muerde la cola una y otra vez.

Durante muchos años el béisbol cubano se miró el ombligo y cuando los tiempos comenzaron a cambiar siguió mirándoselo sin tomar conciencia de los cambios, de todo lo que estaba sucediendo en ese deporte a nivel mundial.

Ha pasado mucho tiempo desde que Manuel Alarcón y Manuel Hurtado no necesitaban más que un par de carreras para ganar su juego, que lanzaban completo; pero en ocasiones, hay directores que juegan la pelota de hace 50 años: tocan la bola en los primeros innings como si fueran a triunfar con una carrera.

Justamente un concepto al que se le presta mucha atención en esta época de sabermetría es el de “expectativa de carreras”: promedio que expresa el número de anotaciones que un equipo puede hacer basado en los outs y los corredores en circulación. De acuerdo con las estadísticas de la MLB, con corredores en 1ra y 2da, sin outs, el número de carreras que un conjunto anota es de 1,5, mientras que concediendo un out para llevar los corredores a 2da y 3ra, el promedio baja a 1,3. Luego, qué sentido tiene el toque.

Pero, la parte más negativa del toque de sacrificio es que le da un respiro al lanzador rival y, en no pocas ocasiones, detiene un posible rally; por ende, ese simple toque, especialmente en los inicios del juego, puede ser decisivo en el resultado final, porque a un pitcher que pudo haber explotado se le regala ese out que puede determinar su destino y el del partido. Eso forma parte de la naturaleza de un deporte donde, en cada jugada, se puede definir un enfrentamiento, por un batazo, un fildeo, o una mala decisión del director.

Y es que ningún otro deporte colectivo presenta tantas opciones de jugadas como el béisbol. Ninguno es tan complejo. Conocer esa complejidad, desentrañarla, y atender a sus manifestaciones, a sus constantes, forman parte del aprendizaje y las tareas de quienes juegan y quienes dirigen.

Quien quiera que ocupe funciones de líder en un deporte tiene que estar atento a su desarrollo a nivel mundial. En el caso del béisbol hay que considerar su internacionalización en los últimos años, que ha llegado a muchos países que no lo practicaban, y han surgido ligas profesionales en varios de ellos. Son hechos para tener en cuenta porque configuran un nuevo panorama.

La difusión internacional del béisbol está claramente reflejada en las Grandes Ligas de Estados Unidos (MLB), el mayor mercado en ese deporte, la vitrina donde podemos ver a peloteros procedentes de un mosaico de naciones. La fuerza de esa organización tiene una enorme influencia en los caminos del béisbol, lo que pasa allí impacta a nivel global.

Dentro de esta época de cambios, la Serie Mundial de las Grandes Ligas de 2017, una de las más reñidas y emocionantes en la historia del llamado Clásico de Otoño, tuvo una connotación peculiar dentro de la isla: por primera vez en las últimas seis décadas, la televisión cubana transmitió (casi todos) los juegos al día siguiente de su celebración.

Quienes vimos los partidos de la Serie Mundial fuimos testigos no solo de sensacionales jugadas de los peloteros, sino también de las estrategias puestas en práctica por los directores: la utilización de los lanzadores, la confección del lineup, el movimiento del banco, y todo el arsenal de tácticas puestas en función de cada instante del juego.

Aterrizando en la isla, por el momento no se vislumbra la ruta que lleve a una recuperación en el béisbol cubano. Que el Estadio Latinoamericano se haya llenado durante tres días en la semifinal, y que la euforia se apoderara de la región oriental durante la final, es muy bueno para llamar la atención de niños, adolescentes y jóvenes, seducidos por la constante lluvia de fútbol que ven en televisión, pero no puede esconder cuanto terreno hemos perdido en nuestro deporte nacional. Silenciarlo no forma parte de la solución. (2018)

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