El béisbol cubano en una encrucijada

Cambiar o seguir muriendo .

Foto: Tomada del periódico Vanguardia.

Los equipos de Ciego de Ávila e Isla de la Juventud disputaron con pasión y honor el último capítulo de la 54 Serie Nacional del béisbol cubano para cerrar, con esa buena imagen final, las cortinas de un campeonato de bajo nivel que señaló, a gritos, cambios urgentes para las próximas temporadas.

Fue esta una campaña distinta, extraña, que llegó a la etapa de play off con la total ausencia de las cuatro provincias más ganadoras: Pinar del Río, La Habana, Villa Clara y Santiago de Cuba. Pero también con otras peculiaridades en cuanto a las aficiones y las identidades.

Ya en el enfrentamiento de la semifinal entre Matanzas y La Isla aconteció algo inédito hasta entonces: la gran mayoría de la afición beisbolera cubana se alineó junto al conjunto pinero; dicho de otra manera: en contra de Matanzas. Nunca antes un combinado –ni siquiera Industriales– produjo esa fractura en las simpatías de la afición.

Lo aseverado anteriormente no es un criterio subjetivo, puede comprobarse en los cientos de comentarios presentes en el sitio Cubadebate durante los días 31 de marzo y 1ro de abril. De ellos hemos seleccionado uno que bajo el titular “Para todos los pineros”, refiere: “El triunfo de ustedes, excepto Matanzas, lo celebró toda Cuba. Aquí en Villa Clara por ejemplo hasta fuegos artificiales se tiraron celebrando la victoria de su equipo”.

De por qué la afición del archipiélago, de manera aplastante, se inclinó contra la selección matancera, a favor de la Isla, también está contenido en el citado foro y en otros, tanto en las redes sociales como en cada esquina de barrio, pero no vamos a insistir y llover sobre mojado. Es un tema con una larga cola.

Las simpatías que generaron los llamados Piratas, no solo por la antipatía hacia sus oponentes en la semifinal, sino también por su combatividad, garra, juego alegre, y la solidaridad que siempre despiertan los equipos más humildes, los siguió acompañando en el play off final, el cual pudieron haber ganado y, en cierta medida merecieron, por su coraje.

Al final triunfó el conjunto que mejor jugó en la segunda parte del torneo, que mejor lo hizo en la postemporada, y que también mostró atributos en el combate, e hizo valer su condición superior.

Sin embargo, a pesar de la entrega con que se disputaron los partidos finales, los marcadores reñidos y la emotividad de los encuentros, el descenso en el nivel del pasatiempo nacional quedó evidenciado y, al parecer, tocó fondo. Si para la próxima Serie Nacional no se producen profundos cambios en la estructura de la misma, los males serán aún mayores.

El béisbol cubano está necesitado de mirarse por dentro, de buscarse a sí mismo, contemplar su evolución desde el siglo XIX, fortalecer su base y crearse un proyecto de desarrollo acorde con la época actual, poniendo todas las cartas sobre la mesa.

Claro que decir béisbol cubano es muy abstracto, sería más apropiado referirse a la dirección del mismo, a la institución que lo rige, la cual debiera propiciar un diálogo entre todos los actores que tienen que ver con este deporte: peloteros, técnicos, entrenadores, periodistas, y aficionados, ¿por qué no? La situación lo demanda.

La estructura de 16 equipos para la serie nacional ya no da más, no hay peloteros suficientes. Pero tampoco hay managers, entrenadores, ni árbitros. Y hablamos de calidad, de conocimientos, de experiencia, de oficio.

El argumento de la representatividad y la identidad de las provincias ya no se sostiene. Véanse las nóminas de los ocho equipos que estuvieron en la segunda fase de la temporada, véanse las alineaciones de los semifinalistas. Eran selecciones multiprovinciales.

Bajo la consideración de subir el nivel con los refuerzos, los conjuntos han perdido su identidad; luego, qué sentido tiene el nombre de la provincia si de los ocho jugadores regulares, la mitad y hasta más proceden de otra región.

En los primeros años de las series nacionales, durante unas dos décadas, las mismas se vieron favorecidas con la sabiduría de un numeroso grupo de expeloteros profesionales: Pedro Natilla Jiménez, Conrado Marrero, Gilberto Torres, Fermín Guerra, Ramón Carneado, Roberto Ledo, Orlando Leroux, Andrés Ayón, etcétera. Ellos transmitieron sus saberes a dos generaciones de peloteros, pero aquellos maestros ya no están presentes y su ausencia ha dejado un gran vacío.

El deporte no es ajeno a los cambios que están ocurriendo en la sociedad cubana, de hecho se están viviendo igualmente en el área del béisbol con las contrataciones de peloteros hacia otras ligas, solo que hasta ahora esas acciones no se han revertido en calidad hacia dentro. Exportamos peloteros, pero no importamos nada, ningún técnico norteamericano o japonés viene aquí a mostrar sus conocimientos, a impartir clínicas. ¿O lo hacen y no nos enteramos?

Por otra parte, la diáspora no cesa; paradójicamente, cuando más bajo es el nivel de nuestro béisbol, más populares y mejor cotizados son los peloteros cubanos en la élite de ese deporte. Se puede decir que están de moda. Pero es una realidad que no puede enfrentarse con consignas, con discursos obsoletos, con malas estrategias, porque se va a seguir perdiendo el juego. Y la pelota, para los cubanos, es algo muy serio. (2015)

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