El desafío de la producción de cultura

Una nueva coyuntura económica exige nuevas soluciones para lograr una producción cultural amplia y diversa.

IPS Cuba

La instalación de mecanismos de mercado deberán tener un espacio si se quiere seguir contando con una producción cultural como la que necesitan los consumidores cubanos.

Una de las primeras leyes dictadas por el gobierno revolucionario recién instituido en el año 1959, fue la creación del Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográfica (ICAIC) como entidad encargada de crear, producir, distribuir y exhibir una cinematografía que contribuyese a la elevación de los niveles culturales y espirituales del pueblo cubano.

Apenas un año después, aquel gesto inicial se multiplicaría como política esencial del nuevo Estado cuando se lanzó una campaña nacional de alfabetización que consiguió, en apenas un año, que Cuba fuese un país libre de analfabetismo.

Numerosas instituciones, organismos, entidades de carácter cultural fueron creadas en aquellos primeros años del período revolucionario, siempre con la intención, por parte del gobierno y el Estado, de conseguir la creación de un pueblo culto y espiritualmente más satisfecho de sus necesidades. Y esa política se mantuvo incluso cuando las dificultades materiales ya comenzaban el que ha sido un larguísimo acecho.

Todo el proyecto cultural cubano de estos últimos 52 años ha tenido como fuente principal las subvenciones estatales, especialmente generosas hasta que a inicios de la década de 1990 se produjo la caída del socialismo europeo y la desaparición de la URSS. Esa centralización de la producción cultural en manos del Estado generó, por supuesto, una dependencia del artista con un único promotor y mecenas, una relación que se hizo especialmente compleja en momentos en que la política cultural se aferró a una ortodoxia que alcanzó altos niveles de censura, dogmatización e, incluso, se llegó a la marginación de numerosas personalidades del mundo cultural –con mayor fuerza en la década de 1970.

Con la crisis económica de los 90 la industria cultural cubana entró también en una profunda paralización, como el resto de las actividades económicas y sociales del país y resultó imposible sostener el nivel de acciones hasta ese momento alcanzado. En cambio, como resultado positivo, estuvo la posibilidad de los artistas cubanos (plásticos, escritores, actores, etc.) de vincularse directamente al mercado internacional, lo cual produjo una beneficiosa revulsión en los modos de producción y, más aún, en los caminos de la creación individual.

En la última década, mientras se observaba una cierta recuperación económica (que desde la perspectiva actual del discurso oficial parece haber sido más virtual que real), aun sin llegar a los niveles de abundancia que se gozaron en los años 70 y el 80 del pasado siglo, la actividad cultural volvió a reanimarse en la mayoría de los sectores de la producción de bienes culturales mientras se pudo brindar mayor apoyo a los creadores, lo cual condujo a un aumento de ofertas a los consumidores de cultura, una masa que, gracias a los proyectos iniciados en 1959, han llegado a ser especialmente abultada en la isla.

Hoy, en cambio, se abre una interrogante respecto al futuro de ese complejo y necesario sector de la vida social, cuando se reestructura toda la política económica del país y uno de los elementos más mencionados es, precisamente, el de la eliminación de subsidios a empresas e instituciones y la búsqueda a toda costa de la eficiencia y la productividad.

¿Cómo combinar esta nueva perspectiva económica con todo un aparato de producción cultural que va desde grandes institutos hasta casas de cultura en cada uno de los municipios del país? Aunque en el Proyecto de Lineamientos de la Política Económica y Social cubana, publicados el pasado 1º de noviembre, se insiste en “Continuar desarrollando la educación artística, la creación, el arte y la capacidad para apreciarlo…”, también se especifica en el documento que es necesario “nuevas fuentes de ingreso” y hacer lo posible por pasar todas las actividades posibles del “sector presupuestado al sistema empresarial”, y se decreta, como medida al parecer tomada, la racionalización de “la enseñanza artística y la formación de instructores de arte”.

Una primera clarinada de los cambios económicos que acechaban al sector sonó en el año que termina cuando toda una serie de premios literarios con dotación económica fueron suspendidos en diversas instancias, lo que provocó la alarma entre los creadores.

Sin embargo, las grandes estructuras de producción cultural, a pesar de que algunas de ellas han disminuido notablemente su capacidad de realización (la cinematográfica, por ejemplo), mantienen sus viejos formatos, sobre todo en lo que a personal empleado se refiere, aun cuando algunas de ellas cuentan con plantillas de artistas, técnicos y burócratas que no parecen corresponder con los resultados productivos que en ellas se concretan.

Una vía a transitar de la que aun no se habla abiertamente es la inserción de mecanismos de mercado en la producción de determinados bienes culturales (única vía para transitar del “sector presupuestado al sistema empresarial”). Aunque en muchas sociedades actividades como la misma cinematografía, o el teatro, por lo general gozan de subvenciones estatales y hasta privadas que les permiten su realización, hay otras en las que se combinan el apoyo estatal y la comercialización, como es el caso del mundo del libro.

Pero hasta tanto los mecanismos financieros cubanos no consigan una lógica que los adecue a la realidad, tal solución parece inviable. La única pregunta a responder para tener tal certeza sería de una sencillez dolorosa: ¿a qué precio habría que vender un libro en Cuba para que éste deje de ser un producto subvencionado? Las cifras seguramente superarían los cien pesos cubanos, o sea, algo así como la cuarta parte del actual salario promedio… solo por un libro.

Con una segura disminución del apoyo financiero estatal muchas actividades culturales se van a ver limitadas o desaparecerán, con un coste social y espiritual que se debe tener en cuenta. Sin embargo, en el mismo sentido se hace evidente que instituciones como la Biblioteca Nacional de Cuba, una entidad que solo puede funcionar con el respaldo oficial, necesita de una enorme y urgente inversión por parte del estado cubano no ya para que funcione como centro de información y lectura (algo que apenas se consigue en la actualidad), sino incluso para la preservación de sus fondos, insustituibles en casi todos los casos. Y, más de lo mismo: ¿será posible sin apoyo oficial recuperar todas las salas de cine que existían en el país?

La disyuntiva que se abre ante el mundo cultural cubano es sin duda compleja y peligrosa. Las pérdidas en un universo tan específico y frágil suelen ser irreparables (recuérdese sino el caso de los carnavales habaneros, convertidos en una acción festiva sin arraigo ni trascendencia a causa de las interrupciones e irregularidades que ha sufrido). Y aunque las autoridades culturales del país aseguran que la política de producción y distribución de cultura, así como la defensa del patrimonio artístico y la identidad cultural cubana seguirán contando con el apoyo del Estado, lo cierto es que un mayor realismo económico provocará también cambios de “estructuras y conceptos” en el sector, y que la instalación de mecanismos de mercado, habitualmente criticados y hasta satanizados, deberán tener un espacio si se quiere seguir contando con una producción cultural amplia y diversa, como la que necesitan los creadores y exigen los consumidores cubanos.

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