El Diario de la Marina y el último de los Rivero

El Diario de la Marina fue mucho más que el imperio perdido de los Rivero.

No se ha logrado restaurar una colección íntegra del diario

El pasado 3 de agosto falleció en Miami José Ignacio Rivero Hernández, el último de los directores del Diario de la Marina, la publicación periódica de más larga historia en Cuba, pues su primer número había visto la luz el domingo 16 de septiembre de 1832 y apareció ininterrumpidamente en La Habana hasta el 10 de mayo de 1960 en que fue clausurado por el gobierno revolucionario.

Rivero procuró conservar vivo el periódico en Miami, a donde se había trasladado, pero la empresa, separada de las circunstancias que le habían dado vida, apenas pudo sobrevivir unos meses.

Se ha hecho habitual repetir en los últimos años que tal publicación era “archirreaccionaria” y que estaba condenada al olvido, sin embargo, el investigador que logre acceder a sus empolvados volúmenes, más o menos deteriorados, en las colecciones cubanas o a la reciente digitalización integral realizada por la Universidad de La Florida, tendrá que matizar sus juicios.

Al nacer en 1832, la publicación derivaba de un periódico anterior, el Noticioso y Lucero de La Habana y estaba vinculada además a una instancia de la administración colonial: la Comandancia del Apostadero, de ahí su nombre, asociado con las embarcaciones que recalaban o salía de la rada habanera, sus cargas, pasajeros e incidencias, apelativo que conservó a lo largo de su existencia, cuando ya sus objetivos eran otros.

Tanto su primer director, el escritor y periodista gallego Isidoro Araujo de Lira, como sus sucesores, Dionisio Alcalá Galiano, José Ruiz de León, Fernando Fragoso y Luciano Pérez Acevedo, supieron con meridiana claridad que su publicación estaba sujeta a los intereses de la administración colonial, el comercio peninsular y los gobernantes del momento. De ahí que fuera para ellos lógico atacar cualquier tendencia criolla hacia el independentismo o hacia la simple búsqueda de reformas. En sus páginas se comentaron con júbilo las muertes de Ignacio Agramonte, Carlos Manuel de Céspedes y Antonio Maceo, se aplaudió la prisión y asesinato legal de los estudiantes de medicina en 1873. Ni siquiera la opción autonomista les pareció adecuada y sólo la aceptaron, como las autoridades, a regañadientes, como un mal necesario. Habitualmente fueron voceros del partido integrista Unión Constitucional.

Era de esperar que una publicación así no sobreviviera a la evacuación de las tropas españolas. Sin embargo, fue la habilidad del director que estaba a cargo del periódico desde 1895, la que pudo no sólo sacar a flote la publicación sino ampliar su poder y alcance hasta límites no pensados. Nicolás Rivero Muñiz tuvo la capacidad de relacionarse con políticos que provenían del bando independentista, sin enajenarse la buena voluntad de los sectores más poderosos de la inmigración española y así como había sido vocero de la iglesia católica dependiente del Patronato Regio, ahora apoyaba la naciente jerarquía eclesiástica criolla.

El primero de los Rivero se encargó de diversificar el periódico y aumentar su alcance. Si las “fuerzas vivas” podían quedar tranquilas con sus editoriales y artículos de fondo, un sector mucho más amplio podía vivir pendiente de su crónica social, la página católica, las reseñas de espectáculos, modas y deportes.

Esta labor fue continuada, a partir de 1919 y hasta 1944 por su hijo José Ignacio Rivero Alonso, “Pepín”, quien, a pesar de sus abiertas simpatías por la monarquía española, hasta el punto de que se afirma que ayudó pecuniariamente a Don Juan de Borbón cuando el General Franco lo desterró a Portugal, se acercó al modelo periodístico norteamericano y con aguda intuición abrió las puertas de la publicación a la intelectualidad de vanguardia.

De este modo, en los años 20 del pasado siglo, pudo ver la luz el Suplemento literario del Diario de la Marina, que, aunque consagraba varias páginas a secciones de humor, cartelera cinematográfica y anuncios clasificados, el resto, dedicado a la literatura, llegó a convertirlo en uno de los más importantes suplementos culturales aparecidos en Cuba en el siglo XX. Dirigido por José Antonio Fernández de Castro, en él figuraron firmas tan notables como las de Alejo Carpentier, Manuel Navarro Luna, Luis Felipe Rodríguez, Ramiro Guerra y entre los colaboradores extranjeros tuvo lo mismo a Jorge Luis Borges que a Adolfo Marechal, Baldomero Sanín Cano, Luis Cardoza y Aragón y José Carlos Mariátegui. Así mismo, este incluía la página “Ideales de una raza”, destinada a discutir y airear los problemas de la población negra, a cargo de Gustavo Urrutia, quien, aunque en general adoptaba un tono conciliador, con frecuencia ponía sobre el tapete asuntos más o menos “tabú” para otras publicaciones de gran circulación; precisamente esta página acogió – en plena dictadura machadista- el 20 de abril de 1930, la primera edición de los Motivos de son de Nicolás Guillén.

Cuando fallece “Pepín” Rivero en 1944, la dirección se entrega a su hijo José Ignacio Rivero Hernández, formado en el Colegio de Belén de los jesuitas y luego diplomado en periodismo en la Universidad de Marquette, en Wisconsin, Estados Unidos. Le tocó a él llevar a su culmen la labor modernizadora de su progenitor. El diario llegó a tener las rotativas más modernas de Cuba. Su rotograbado permitía una excelente reproducción fotográfica y le posibilitaba ofrecer, con cantidades mínimas de texto, los principales acontecimientos en la Isla y el mundo. El viejo edificio de Prado y Teniente Rey fue sustituido por otro mucho más funcional y sólido encargado a la firma G. del Valle y G. Nava.

A esas alturas, la Sociedad Anónima Diario de la Marina, era ya un estricto negocio familiar, presidido en 1957 por Silvia Hernández, viuda de Rivero, mientras sus hijos José Ignacio y Oscar retenían la dirección y la administración respectivamente. Su Junta Consultiva ilustraba perfectamente las implicaciones sociales de la empresa. En ella tenían asiento tanto el Cardenal Manuel Arteaga Betancourt como los políticos Cosme de la Torriente, Raúl de Cárdenas y Elicio Argüelles, algunos de los hombres de negocios más prominentes del momento, como Agustín Batista, Juan Gelats, Segundo Casteleiro, Julio Blanco Herrera, pero quedaba espacio para intelectuales prominentes como José María Chacón y Calvo y Ramiro Guerra Sánchez.

Excepcional apoyo tuvo el último de los Rivero del Ingeniero Jefe de la publicación, el poeta Gastón Baquero, quien en materia de política suscribía las mismas ideas de sus propietarios, aunque era de origen humildísimo, pero en cuestiones de literatura y arte tenía muchísimo más alcance. Gracias a él, José Lezama Lima mantuvo entre septiembre de 1949 y marzo de 1950 su sección “La Habana”, en la página 3 del periódico, con artículos que luego formarían parte de la sección “Sucesiva o las coordenadas habaneras” de su libro Tratados en La Habana. A partir de entonces, colaboraría con artículos sobre arte y literatura en la cuarta página de la publicación, hasta fines de noviembre de 1958. Otras firmas promovidas por él fueron las de Medardo y Cintio Vitier.

No resulta sencillo echar a un lado en la cultura cubana esta publicación en la que pueden hallarse, durante décadas, las críticas de arte del asturiano Rafael Suárez Solís, las estampas costumbristas de Eladio Secades y donde hicieron parte de su aprendizaje como periodistas figuras que luego fueron maestras para varias generaciones como Juan Emilio Friguls y Walfredo Piñera. Sin olvidar que, de modo sistemático o no, colaboraron con ella nombres significativos del siglo XX como Anita Arroyo, Jorge Mañach, José María Chacón y Calvo, Julián Alienes Uriosa y Antonio Lancís.

Lamentablemente, no se ha logrado entre nosotros restaurar una colección íntegra del diario, mucho menos digitalizarla para el uso de estudiantes de periodismo e investigadores de la cultura. Alguna vez habrá que rescatar tanta página notable perdida entre la hojarasca muerta. Mientras tanto, quede al menos la inquietud de saber que el Diario de la Marina fue mucho más que el imperio perdido de los Rivero.

Un comentario

  1. Alberto Garcia

    La edición de mayor numero de paginas en la historia del Diario, fue la del 28 de enero de 1953, el centenario del apóstol. Mi padre, tío y primo trabajaron en el diario y a cada trabajador le regalaron un ejemplar encuadernado de unas 100 paginas, pesaba varios kg, y tenia una sección de arte y literatura imponente. Esas rotativas de huecograbado aun funcionan. Los trabajadores del Diario una gran mayoría empleados y obreros humildes que vivían en la Habana Vieja, como mi familia, tenían salarios dignos y estaban uniformados con guayaberas de hilo, ademas de sacos y camisas de cuello para los empleados de las oficinas. Todo estaba climatizado para mejorar las condiciones laborales. Hasta ahí las clases.

Normas para comentar:

  • Los comentarios deben estar relacionados con el tema propuesto en el artículo.
  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los comentarios que incumplan con las normas de este sitio.