El indeseable maltrato a los animales

Un correlato de malas prácticas sociales.

Hace tres días fui al estadio del Cerro a ver un juego de béisbol y cuando más emocionante se puso el mismo decidí regresar a mi casa porque el ruido que emiten cientos de pitos artesanales ha convertido el Latinoamericano en un infierno: otra mala costumbre que se instaura en el espacio público, como si ya no hubiera suficientes en La Habana, como si no lleváramos varias décadas denunciando la agresión sonora.

En esa lista de malas prácticas hay que colocar, en letras negras, el maltrato a los animales, un flagelo que campea sin respeto por todos los barrios de la ciudad, de igual manera que en el resto del país.

Hace poco más de un siglo, siete años después de nacida la República de Cuba, el partido Liberal, recién llegado al poder, logró reinstaurar la legalidad en las peleas de gallos, las cuales habían sido prohibidas en 1900. A propósito de esa ley que las amparaba, Manuel Sanguily dijo ante el Senado:

“[…] El juego de gallos, la lotería y los toros […] van transformando la República de un modo regresivo […], van a restablecer todos aquellos males contra los cuales quiso justificarse la Revolución.”

Las peleas de gallos pasaron a la ilegalidad hace más de cincuenta años, pero la cría de gallos finos, las vallas y las apuestas en las mismas han continuado hasta hoy –en los márgenes de lo legal y en otros márgenes.

Así como deben combatir hasta la muerte los gallos de lidia, igual deben hacerlo los perros adiestrados con ese fin. Y si raro es ver a un gallo fino en tránsito por las calles, sí es muy común observar el trote de perros de pelea al lado de sus entrenadores, a la vista de todos y sin que nadie ni nada los detenga.

Hasta tal punto las peleas de perros se han constituido en un tópico –de lo ilegal, la violencia y las malas costumbres– que ellas ocupan un espacio significativo en el filme Conducta, del realizador Ernesto Daranas, finalista del Premio Goya en el apartado de mejor película iberoamericana.

La fiebre del dinero y los negocios, despertada en los últimos años, ha encontrado cauce en la venta de mascotas, y aunque la oferta incluye variedad de animales, los perros encabezan la lista ampliamente. Un perro de raza representa una buena tajada para el vendedor, sin importarle la salud y el destino del animal.

La llegada del perro al hogar, muchas veces sitúa a sus compradores ante un “problema” nuevo, en tanto no pocos de ellos desconocen cómo atenderlo adecuadamente. Luego, unos por ignorancia y otros por insensibilidad, terminan maltratándolo y enviando un mensaje incorrecto hacia los niños de la casa.

En familias donde es cotidiana la violencia, los niños y los perros son las víctimas más frecuentes. Las investigaciones sobre la violencia reflejan cómo las personas adultas violentas fueron maltratadores de animales en la infancia. El maltrato animal es considerado como indicador para determinar desórdenes de conducta. Investigadores afirman que si un niño habla sobre el maltrato a su animal de compañía, podría estar hablando también de su propio sufrimiento.

Según los especialistas, protagonizar u observar actos de crueldad puede llegar a ser tan traumático como ser víctima de abuso físico y, por lo tanto, el niño crecido en esos ambientes tiene un alto riesgo de convertirse en un padre abusivo creador de otra generación de niños violentos. De manera que el tema sobre el maltrato animal está estrechamente vinculado al de la violencia en sentido general y al del maltrato infantil en particular.

No puede decirse que el maltrato animal sea un asunto no tratado en Cuba. Hay muchísimas personas con alto grado de conciencia al respecto. La Sociedad Cubana para la Protección de Animales y Plantas (ANIPLANT), desde su creación en 1987, ha estado desarrollando labores de educación, propaganda, control canino y zoonosis. Y ha trabajado, por mucho tiempo, por una ley de Protección Animal que aún no se ha hecho realidad.

Cuando cinco meses atrás, el programa televisivo Mesa Redonda abordó el maltrato animal, la necesidad de la mencionada ley estuvo presente en los muchísimos comentarios que generó en internet. La lectura de tales comentarios nos permitió ver que el tema es una preocupación compartida en toda la isla. Como cada comentarista aportó peculiaridades propias de su zona de residencia, en varias provincias el maltrato a los caballos se evidenció como una de las mayores crueldades.

En la década de los noventa, cuando la crisis del transporte se hizo sentir, los equinos, como bestias de carga, pasaron a encargarse de trasladar a cientos de personas diariamente. Comenzó para ellos una renovada tortura en muchas ciudades, una práctica que no ha cesado. Mal alimentados, sedientos y sudorosos, los caballos son obligados a laborar durante muchas horas en provecho de sus dueños, bajo la mirada cómplice de todos.

Hace ocho años presencié una escena de maltrato animal que me incitó a escribir un artículo al respecto. Se trataba de un perro que era arrastrado, pendiendo de una soga amarrada a una bicicleta. El rostro del animal reflejaba el dolor del suplicio al que iba sometido, pero nadie detenía al verdugo. En ese entonces escribí que el torturador degradaba no solo su propia condición humana, también la nuestra, porque con esa soga todos éramos arrastrados.

La sociedad cubana está necesitada de mantener un debate constante sobre el maltrato a los animales como parte del diálogo sobre valores, costumbres y prácticas sociales en que está inmersa. Los animales nos acompañan desde el nacimiento hasta la muerte. Ellos nos ayudan, protegen, alegran, acompañan, y es nuestro deber corresponderles con amor.

Según escribiera Friedrich Nietszche, “Las mentes más profundas de todos los tiempos han sentido compasión por los animales”; en correspondencia, Lord Byron dejó este epitafio para su perro: “Aquí reposan los restos de una criatura que fue bella sin vanidad, fuerte sin insolencia, valiente sin ferocidad y tuvo todas las virtudes del hombre sin ninguno de sus defectos”. (2015).

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