El papa y la misa del gallo

´ A propósito de la visita papal.

El pontífice insistió en el protagonismo de las familias y los jóvenes.

Foto: Jorge Luis Baños_IPS

Para aquellos que ya sobrepasamos cierta edad, nuestros recuerdos son algunos de los pocos privilegios de los que podemos presumir frente a los jóvenes, si es que el Alzheimer no se encarga antes de borrarlos para siempre. De cualquier forma, para mí es realmente curioso la manera en que las buenas y malas experiencias vuelven a nosotros, incluso en los momentos menos esperados. Entre otros muchos efectos, la reciente visita de su Santidad el papa Francisco a Cuba tuvo la capacidad de hacerme recordar un episodio de la época en que estudiaba en la universidad de La Habana, alrededor del año 1980.

A raíz de aquel recuerdo, que nada tiene que ver con la visita de ningún papa, aunque sí con la religión, me resultó evidente cuánto hemos logrado avanzar en términos de tolerancia y transigencia, aunque mucho nos quede aún por aprender sobre la sabia y necesaria capacidad de escuchar y de aceptar los puntos de vistas de los otros.

El Sumo Pontífice mismo, autoridad suprema de una de las instituciones más antiguas y poderosas que conoce la Humanidad, está dando muestras personales de esa tolerancia y comprensión.

De acuerdo con Frei Betto, autor entre otros libros de Fidel y la religión, “Francisco es un papa sorprendente”. Así lo califica el sacerdote dominico en un artículo titulado “El papa y el aborto”, donde el religioso brasileño afirma que con una frecuencia semanal Su Santidad “anuncia una novedad que hace a la Iglesia Católica más fiel a Jesús y más cercana al pueblo”. Y esta observación de Frei Betto no es gratuita, porque tiene como sustento esa mirada inédita del prelado hacia cuestiones de interés humano y social tan controversiales para la Iglesia como el aborto, el divorcio y la homosexualidad.

A lo largo de estos cuatro días de la visita papal a la isla los medios se han visto saturados de ese mensaje de perdón, de paz y comprensión hacia creyentes y no creyentes, y hacia cubanos de dentro y de fuera de Cuba. Una propuesta de construir puentes y abrir caminos de reconciliación, según sus propias palabras. Fue entonces que volvieron a mi aquellos años 80, cuando era una joven estudiante de la Universidad de La Habana y si alguien me hubiera asegurado que en un futuro no muy lejano, la isla recibiría en diecisiete años la visita no de uno, sino de tres papas, lo menos que habría pensado entonces es que esa persona estaba loca o tenía serios problemas ideológicos.

Y esto era totalmente comprensible porque aquella fue una época en que la lucha ideológica que se libraba en el país apenas reconocía términos medios y las cosas parecían estar mucho más definidas –y quizá por eso más esquemáticas- en cuestiones ideológicas. Si alguien se iba del país era considerado simple y llanamente un traidor. Los mítines de repudio hacia esas personas que luego se convertirían en “marielitos” no dejaban lugar a dudas y algo parecido sucedía con todo aquello que no estuviera claramente alineado con los principios del comunismo científico y el materialismo dialéctico, dos de las asignaturas incluidas en el programa de estudio y que nos enseñaban cómo se iba diseñando nuestro futuro. Y en ese futuro era muy difícil aceptar concepciones del mundo tan poco científicas como la religión, cualquiera que esta fuera.

A estas alturas me falla la memoria y no puedo recordar cuántos fueron los estudiantes que aquel 24 de diciembre paseaban por La Habana Vieja y decidieron, por pura curiosidad, entrar a ver la llamada Misa del gallo, que se celebraba en la antigua Catedral, en torno a la medianoche. Como ya dije, eran jóvenes, tenían poco dinero y menos opciones de diversión. Vieron la iglesia abierta y hermosamente iluminada, donde estaba ocurriendo un espectáculo desconocido para ellos. Seguramente alguno habrá dudado en entrar y para suerte suya siguió de largo, pero varios de ellos, estudiantes de la Facultad de Artes y Letras, se dejaron guiar por su entusiasmo juvenil y entraron al sagrado recinto, sin imaginar las posibles consecuencias de su acto.

Puede que a la luz del tiempo transcurrido esas consecuencias hoy no parezcan tan funestas, pero puedo asegurar que para aquellos jóvenes lo fue, especialmente porque una parte de ellos militaba en la Unión de Jóvenes Comunistas, de donde fueron expulsados a pesar de las voces que se alzaron en su defensa. Por desgracia esos criterios de comprensión que pretendían valorar el verdadero significado de aquel acto de los jóvenes, más allá de los cerrados esquemas de ejemplaridad, fueron desestimados y resultaron insuficientes para revocar una decisión que venía de “arriba” y que dictaminó que el acto mismo de entrar a la iglesia y de asistir a una liturgia religiosa los descalificaba como jóvenes comunistas. Dejaban de ser ejemplo ante el resto de sus compañeros.

El tiempo ha pasado y muchas cosas han cambiado entre nosotros, incluso aquellos criterios que hacían impensable que miles de personas en la isla pudieran reunirse en la plazas más importantes del país, a plena luz del día y con la presencia de los más altos cargos del gobierno y el Partido Comunista, a escuchar una misa oficiada por el representante de Dios en la tierra.

Siento haber perdido el contacto con esos antiguos compañeros de estudios que en aquellos años tuvieron la inocente osadía de asistir como simples espectadores a una Misa del gallo y pagaron un precio por ello, pero me habría gustado saber si aquí o donde quiera que estén, les habrá pasado como a mí en ocasión de esta visita del papa Francisco a la isla, tan seguida y comentada en medios extranjeros y sobre todo los nacionales, en los que se aseguró que todos los cubanos íbamos a cumplir el reclamo del Pontífice y le íbamos a dedicar nuestras oraciones… aunque no hubiéramos aprendido a orar. Me pregunto si les habrá hecho recordar aquel episodio de sus vidas. Me gustaría saber si, como aconseja el papa, habrán sabido armarse de conciliación y perdonar nuestros pecados. (2015)

 

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