El ruido, la música y el ciudadano

Una alerta desde La esquina de Padura sobre la violencia acústica.

Archivo IPS Cuba

A pesar de las medidas contempladas en la Ley 81, la violencia acústica sigue siendo un mal cotidiano en la isla

El ciudadano X espera una guagua para ir a su trabajo. Ha salido de su casa con tiempo suficiente para enfrentar la espera y cuando ya es presa de la angustia aparece el primer ómnibus; este se detiene a unos 150 metros antes de la parada, X corre hacia él, mas no puede alcanzarlo.

La segunda guagua tampoco puede ser abordada por el ciudadano X porque ahora se ha detenido 100 metros después. X sigue allí, en el sitio que indica la señal, pero la angustia ya lo está devorando. También lo devoran algunas preguntas como, por ejemplo, para qué hay un inspector en ese lugar, ¿qué función cumple?

El tercer ómnibus se detiene cerca de la parada; ahora el ciudadano X logra subir y abrirse paso hacia el interior del vehículo. Cuando su estrés comenzaba a bajar, un ruido infernal arremetió contra su sistema auditivo: estaba parado muy cerca de una bocina de la cual brotaba aquello que, de inmediato subió nuevamente su alteración y su enojo. Para colmo, los alaridos le decían “tú sabes”. Pero el ciudadano X no sabía por qué ocurría todo aquello. Entonces comenzó a indagar.

Las preguntas relacionadas con el traslado de pasajeros en La Habana lo llevaron muy atrás. El ciudadano X se enteró de que la capital había sufrido una gran crisis de transporte durante la década de 1940 como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial y que en octubre de 1949 José Lezama Lima le había dedicado a la guagua una crónica en El Diario de La Marina donde la representaba como un ente surrealista, un monstruo, uno de “esos increíbles disfraces que asume el Maligno”.

Veinte años más tarde, en otra crónica, el humorista Héctor Zumbado decía que “montarse en una guagua es desafiar al destino” y también la nombra “monstruo rugiente con patas de caucho”. Para entonces la guagua ya pertenecía al folclor cubano y la crisis del transporte se asociaba a otras guerras y políticas: “la guerra fría” y “el embargo económico” o “bloqueo”. Pero, para quien la necesita, la guagua no es folclor ni literatura, es una pesadilla a enfrentar cada día, como le sucede a X.

El ciudadano X no solo viaja en guagua. En algunas ocasiones utiliza otros medios de transporte, como los taxis popularmente llamados “almendrones” y camiones techados que cubren la ruta Alamar-Ciudad Deportiva. En los primeros ha sido agredido, sin defensa posible, por el mencionado sistema de altavoces en el interior del vehículo; con los segundos ha tenido más de una experiencia con tan singular medio de tortura.

Persistiendo en sus indagaciones, el ciudadano X se enteró de que al ruido expulsado por las bocinas le llamaban música y que, en sus acciones más agresivas, se manifestaba como “música techno” y como “reguetón”, ambas letales armas de destrucción auditiva, otra “guerra” que involucra una mayor cantidad de elementos, otras políticas, otras representaciones.

De manera que X se descubrió víctima de una batalla en la cual se sentía cada vez más indefenso, más desprotegido, porque tenía que continuar utilizando esos transportes en los cuales era acosado y humillado, no solo por los verdugos al timón, sino también por aquellos pasajeros que, en lugar de sentirse victimados, seguían el “ritmo” meneando hombros y caderas como gozando de la tortura que a él le causaban.

En realidad, la tortura de las bocinas no era nueva, los habitantes de las urbes la venían sufriendo desde varias décadas atrás y no solo en la geografía del Caribe, como descubrió X en una publicación de 1997 cuyo origen involucraba nada menos que al civilizado Reino Unido.

La activista británica Valerie Weedon, refería en el artículo “Punto de vista de una víctima de la agresión acústica”,¹ que en 1989 había confrontado, durante un año, un problema de ruido doméstico que alteró el curso de su vida para siempre, pues le dejó como secuela un permanente temor al ruido.

Señala Weedon en su texto: “La fuente de ruido en mi caso fue la música moderna, con su prominente base rítmica en los graves, amplificada por un poderoso sistema de alta fidelidad. La exposición a esta tortura día tras día cambió mi carácter. Me volví más agresiva, a veces depresiva, y sufrí una enfermedad relacionada con el estrés. La única forma de escapar de esta tortura fue cambiar de casa”.

Valerie Weedon no solo cambió de casa, también inició, en 1991, la Campaña del Derecho a la Paz y el Silencio, reemplazada en 1996 por la Red del Ruido. La presión ejercida por la Campaña condujo a tres legislaciones en el Reino Unido: la Ley reglamentaria de ruidos y molestias (1993), que trata acerca del ruido en la calle (incluyendo alarmas sonoras), la Ley de Ruido (1996), referida al ruido nocturno, y la Ley de Viviendas, también en 1996, sobre el comportamiento antisocial.

Después de leer esa información, el ciudadano X se sintió esperanzado y hasta deseoso de emprender su propia cruzada local contra el ruido, aun cuando ya la propia Weedon advertía que esta no es una cuestión sobre la cual resulte popular hacer campañas, porque “siempre se le ha dado una prioridad baja como problema ambiental y ha habido poca información disponible para el público en general. Parece como si hubiera una conspiración de silencio en torno al ruido. Durante los últimos veinte o treinta años ha habido suficientes indicadores alertándonos de los peligros del ruido, los probables riesgos para la salud y el empeoramiento de la calidad de vida, y sin embargo muy poco se ha hecho para remediar la situación”.

Aunque el ciudadano X aún no padecía del síndrome que atacó a Weedon, la persona que él más quería sí estaba aquejada de una severa molestia auditiva y sufría enormemente cada vez que debía enfrentar esa epidemia insertada en el cuerpo de la ciudad en sus disímiles variantes. Algo había que hacer al respecto en La Habana, se dijo, y comenzó a teclear para reclamar el derecho a una vida sin el acoso de la violencia acústica.

¹Presentado originalmente ante el URBAN NOISE WORKSHOP (Bruselas, lunes 24 de marzo de 1997) y luego en las Primeras Jornadas Internacionales Multidisciplinarias sobre Violencia Acústica (Rosario, 2-3 de octubre de 1997). [Referencia en línea consultada el 12 de marzo de 2012].

2 comentarios

  1. madeline camara

    Acabo de lerrlo y lo considero una pieza periodistica, nos lleva desde la descripcion de una circunstancia hasta la comprension de una situacion, un conflicto, y aun su critica, no se puede pedir en tan poco espacio pues llega incluso a movilizar la indignacion, sentimiento que que puede dormir bajo las ondas sonoras de esa misma musica, aca o alla, gracias por compartir amigo Michelena

    abrazos desde Tampa, madeline

  2. Miguelo

    Muy buen artículo. Hay muchas cosas que transformar y creo que la mejor forma para lograr los cambios es partir de nosotros mismos, así evitaremos a los demás lo que no queremos para nosotros.

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