El turno de las cooperativas

Abrir las puertas a la eficiencia y la competitividad.

Jorge Luis Baños - IPS

El gobierno cubano ha anunciado la posibilidad (experimental) de crear cooperativas de producción y servicios en ramas hasta ahora controladas por el Estado

Una mujer de sesenta años, jubilada, con casi cuatro décadas de trabajo en sus espaldas, recibe una pensión de algo más de doscientos pesos. Sus alternativas parecen claras: tiene que “inventar” algo o perece, pues el monto monetario que recibe por el trabajo entregado a lo largo de su vida laboral no le alcanza para vivir. Con el precio del aguacate a diez pesos… ni siquiera para vivir una semana.

La opción más común es que mujeres como ella se dediquen al trabajo doméstico en las casas de las personas que, por una u otra razón, ganan lo suficiente para pagar los entre 60 y 120 pesos en los que ronda la tarifa de una limpieza semanal de una casa de proporciones regulares. Pero la mujer de mi historia tiene una habilidad y decide explotarla: se le da bien eso de hacer dulces y…

Hace unos cinco años la cubana promedio y casi ejemplar de esta historia comenzó a hacer dulces pequeños y cakes por encargo, con lo que logró quintuplicar –y más- su ingreso oficial y adquirir con su dinero lo necesario para vivir con cierta dignidad. Durante cuatro años, por diversas razones, la mujer del cuento realizó aquel trabajo de manera clandestina, y lo hizo con susto pero sin pausas, porque para ella era cuestión de vida o muerte.

Con la reciente flexibilización de las regulaciones del trabajo por cuenta propia, nuestra mujer decidió dar el salto. Pediría una licencia y abriría una cafetería en el portal de su casa. Para hacer las modificaciones necesarias, comprar el mostrador, el freezer, las batidoras y otros equipos que requería, le pidió a un pariente radicado en Miami un préstamo de dos mil dólares (48 mil pesos cubanos, o sea, su jubilación de 240 meses, es decir, ¡de 20 años!)… Y montó su cafetería.

Por supuesto, la especialidad del nuevo establecimiento fueron los dulces, que tan bien le quedan a esta mujer necesitada y emprendedora, capaz de empeñarse a sus 65 años del modo en que ella lo hizo. Desde la misma primera semana de funcionamiento de la cafetería, la cantidad de dulces –tartaletas, pequeñas panetelas, “brazos gitanos” y cakes de distintos tamaños- ofertados fue superada por la demanda y la dueña del pequeño y modesto negocio debió contratar personal para poder satisfacer los reclamos de los clientes, aumentar y diversificar sus ofertas, atender a los consumidores. No lo sé, pero posiblemente en pocos meses de faena esta trabajadora por cuenta propia bien podría haber saldado la deuda inicial y tal vez comenzado a obtener ganancias limpias de su negocio.

La clave del éxito de esta diminuta dulcería montada en una casa habanera es sencilla de conocer: los dulces que hornea esta mujer son mucho mejores (aunque más caros) que los ofertados por la panadería estatal vecina y también mejores (y hasta más baratos) que los producidos por el establecimiento de la cadena Sylvain (con sus precios en CUC) cercana a la residencia de la cuentapropista. La mujer, ahora, paga impuestos al fisco, compra sus materias primas de forma legal y emplea a dos o tres personas que antes no tenían vínculo laboral… y nos da la posibilidad de comer una buena tartaleta de coco…

La pregunta que se desprende inmediatamente de este cuadro no puede ser otra que: ¿por qué razón son mejores los dulces de esta mujer que los de la panadería estatal donde trabajan más de quince personas (con administrador incluido) y que los del Sylvain, también estatal y donde laboran otros tantos trabajadores, con los consabidos administrativos, comerciales y jefes de turno? La respuesta puede ser tan sencilla como que el éxito se debe al don “dulcero” de la cuentapropista y tan complicada como que para ella lo importante es ofrecer buenos productos, y para los trabajadores estatales su interés es “resolver”… y todo el mundo sabe de qué modo lo hacen.

La recién anunciada posibilidad (experimental) de crear cooperativas de producción y servicios en ramas hasta ahora controladas por el Estado y en locales pertenecientes a ese mismo Estado, cooperativas en las cuales el papel del Estado se limitará a la relación legal y fiscal sobre las operaciones y ganancias de dicha cooperativa, abre sin duda alguna una puerta que, en realidad, nunca debió haber estado cerrada, pues las propias autoridades políticas y económicas del país reconocen su pertinencia y factibilidad como forma de propiedad.

Para cualquier persona que conviva con la realidad de la vida cotidiana cubana resulta evidente que se está acercando la implementación de la estrategia más elemental para hacer definitivamente eficiente la pizzería, el taller de reparación, el punto de venta regentado por el Estado, y donde los trabajadores suelen estar más interesados en la harina que pueden “desviar”, la pieza de repuesto que ofrecen “por fuera” o las cuentas mal sacadas, pues estos son los mecanismos a través de los cuales obtienen el dinero necesario para complementar un salario insuficiente. Cuando estos establecimientos o entidades se conviertan en cooperativas, con las regulaciones y controles mínimos necesarios, lo que antes era de “nadie”, ahora será de esos mismos trabajadores y la historia resultará completamente diferente: porque la diferencia la marcará la calidad de sus ofertas, puestas a luchar en un mercado que se va haciendo cada día más concurrido y competitivo, como el de los dulces de la cuentapropista… Y el Estado, además de sufrir menos desvíos de recursos y pagar menos salarios, resolverá el problema de las reubicaciones laborales que necesita el país y recibirá montos considerables gracias a los impuestos establecidos.

Hoy en Cuba la cifra de trabajadores por cuenta propia alcanza ya una cantidad cercana a las 400 mil personas. Las anunciadas nuevas flexibilizaciones de la actividad privada, la incorporación de otras especialidades, y, sobre todo, la aprobación del establecimiento de cooperativas no agropecuarias seguramente duplicará o triplicará esa cifra de trabajadores cuyas economías dependerán de la calidad y competitividad de sus productos o de sus servicios. Queda ahora, en el terreno del Estado, la cada vez más imprescindible creación de los llamados mercados mayoristas que apoyen y faciliten el trabajo de estos sectores, pues la posibilidad legal de explotarlos no garantiza por sí sola su existencia y menos aun su funcionamiento satisfactorio. Y del éxito de esta opción depende, como resulta evidente, una parte cada vez más importante de la actividad económica interna y, sobre todo, de llevar una vida más desahogada y menos azarosa por parte de muchos, cada vez más cubanos.

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