El VIH/sida en Cuba: representación y realidad

A propósito del filme El acompañante.

Quien por algún motivo haya visitado el sanatorio para seropositivos al VIH/sida en la finca Los Cocos, entre Santiago de las Vegas y El Rincón, en el extremo sur de La Habana, difícilmente lo haya olvidado. Es el tipo de experiencia que te acompaña toda la vida. Así me sucedió a mí luego que entre 1993 y 1994 acudí en varias ocasiones a sus predios, invitado al taller literario que allí sesionaba.

El taller literario, que más tarde nombrarían La montaña mágica, fue una iniciativa de varios profesionales internados en el sanatorio, impulsada por tres especialistas en Literatura de las Casas de Cultura de Boyeros y Arroyo Naranjo: Ana María de Rojas, Lourdes Zayón y José Ramón Fajardo. Pero, más que un taller literario, fue una forja de amistad y crecimiento humano dentro de un universo desconocido aún por la mayoría de la población cubana.

A casi cuatro décadas de su aparición, el sida sigue siendo algo de lo que no se quiere saber, una enfermedad maldita. Y como en todo campo con conocimientos limitados, sobran los prejuicios, los estereotipos, y los estigmas; también los significados que la enmascaran.

Para desenmascarar la enorme carga de significados y metáforas que, a través de la historia, habían arrastrado las enfermedades “malditas”, la prestigiosa escritora norteamericana Susan Sontag escribió un largo ensayo: La enfermedad y sus metáforas (1978), al que acompañó, una década después, El sida y sus metáforas (1988). En este último señaló: “Siempre vale la pena cuestionar el viejísimo proceso, aparentemente inexorable, por el cual las enfermedades adquieren significados (reemplazando a los miedos más arraigados) e infligen estigmas…”.

Los primeros casos con VIH/sida en Cuba fueron detectados entre militares y colaboradores cubanos de la salud y la construcción que estuvieron en África pero el primer caso que se hizo público, a través de la prensa, fue el de un escenógrafo que falleció en 1986. Así lo reflejó el diario Granma en una nota editorial:

“En la madrugada del pasado jueves falleció un ciudadano cubano víctima del SIDA. Es el primer caso comprobado de esa enfermedad en nuestro país. Según todos los indicios, esta persona, que era escenógrafo de profesión, contrajo la enfermedad en Nueva York, adonde había viajado por cuestiones relacionadas con su trabajo en 1982. […] Se lleva a cabo un estudio sistemático de las relaciones y contactos de posibles portadores, y se adaptan invariablemente medidas para instruirlos sobre el riesgo de contaminación a otras personas y aislarlos en lo posible”. (Granma, 26 de abril de 1986).

En contraste con esa información, el doctor Jorge Pérez Ávila, el científico cubano con mayor conocimiento del tema, en entrevista con el escritor Miguel Ángel Fraga, seropositivo desde 1992, y recluido en el mencionado sanatorio —entonces dirigido por Pérez Ávila— hasta 1997, expresó lo siguiente:

“No fue hasta el año 1985 que toca a la puerta de mi oficina una persona que había estado en África y que no sabía lo que tenía. […] Esa persona resultó ser el primer seropositivo que se diagnosticó en Cuba. Le hicimos el dictamen en el Instituto de Medicina Tropical. Llamamos a su señora y le hicimos un test diagnóstico y dio positivo, fuimos al Ministerio de Salud Pública y le dijimos al viceministro que habíamos detectado los dos primeros casos de sida en Cuba. Te hablo de noviembre de 1985”. (Miguel Ángel Fraga:En un rincón cerca del cielo, Valencia, 2008.)

Ese testimonio resulta casi similar al que el propio Jorge Pérez relatara en el libro de su autoría, publicado dos años antes: SIDA: Confesiones a un médico, La Habana, 2006, donde recoge su larga experiencia y dedicación al tema. Ambos libros resultan las fuentes de información más claras y precisas sobre los avatares del VIH/sida en la isla desde sus inicios. El volumen de Fraga contiene el testimonio de médicos, enfermeras y sicólogos del sanatorio, además de entrevistas con pacientes, familiares, y hasta con una figura muy peculiar: el acompañante.

Justamente esa figura resulta protagónica en la nueva representación cinematográfica donde el VIH/sida ocupa el centro de la narración y el sanatorio de finca Los Cocos deviene escenario principal. Hablamos del filme cubano El acompañante, del director Pavel Giroud.

El primer sanatorio para seropositivos al VIH/sida fue creado en abril de 1986 como institución de salud dirigida por el Ministerio de las Fuerzas Armadas. En 1989 pasó al Ministerio de Salud Pública. El Acompañante enmarca sus acciones en el período de dirección militar. Durante casi una década, todo caso VIH/sida detectado era obligatoriamente internado en los sanatorios, posteriormente se abrieron centros similares en otras provincias.

En los primeros meses del sanatorio, los pacientes no podían salir de la institución. Solo recibir visitas. A partir de 1987 comenzó el sistema de pases quincenales. Para esas salidas debían estar acompañados por un trabajador que debía observar su comportamiento y emitir informaciones al respecto. Pasado cierto tiempo, si la conducta del paciente era irreprochable, una comisión le otorgaba la condición de garante: se liberaba del acompañante y disfrutaba de libertad los fines de semana.

Como toda obra de ficción, la película referida se permite licencias en su representación del acompañante. Es una metáfora que desborda el espacio del sanatorio y se adentra en el deportivo. Así como el combatiente Daniel ha perdido su libertad por su condición de seropositivo al VIH, el boxeador Horacio recibe una condena por doparse: será un acompañante recluido. Pero, con evidente cinismo, la militar que dirige el sanatorio le dice que no debe verlo como un castigo.

Ambos personajes, el combatiente y el boxeador, pasaron de héroes a villanos según decisiones del poder en sus campos respectivos. La reacción del primero es escapar del encierro; la del segundo, entrenar en secreto para recobrar su forma deportiva y volver a ser campeón. En sus propósitos se apoyan mutuamente y crece una amistad. Sobre el crecimiento de esa amistad se estructura una narración cinematográfica de excelencia.

Durante la conferencia de prensa llevada a cabo en la sala Fresa y Chocolate, al concluir la exhibición de la cinta, una persona preguntó si realmente existieron los acompañantes. Alguien del equipo de producción le respondió que sí, aunque no precisamente eseacompañante. En el mencionado libro de Miguel Ángel Fraga, el acompañante que ofrece su testimonio declaró:

“Empecé a trabajar en el sanatorio el día primero de marzo de 1989. […] Mis primeras salidas con los pacientes fueron muy chocantes pero reveladoras. Conocí cosas que nunca imaginé que existieran y otras, que si bien las conocía por referencia, nunca había tenido la oportunidad de experimentarlas. […] Te puedo decir que este trabajo no se valora como realmente debería. El acompañante es el trabajador más relegado de la institución. […] Lo mantengo porque siento amor por la tarea que realizo y estoy muy identificado con los pacientes. […] Por eso muchos me prefieren y quieren salir conmigo, porque no parecemos paciente y acompañante sino un par de amigos. Trato de que sus problemas también sean los míos. Y es que pienso que desde el momento en que salimos juntos, ambos debemos depositar confianza uno en el otro. […] Mi experiencia personal se ha enriquecido muchísimo; el sanatorio para mí ha sido como una escuela donde uno se prepara para vivir.”

Ojalá que este acompañante real vea la película, porque verá un hermoso reconocimiento a su labor. Aunque, como casi todos los que acudimos al sanatorio en funciones de trabajo, lo más preciado ya lo había obtenido: la experiencia humana. (2016)

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