En el Viejo San Juan: un mundo de palabras

A la séptima edición del Festival de la Palabra en Puerto Rico asistieron cerca de un centenar de escritores de América Latina, Estados Unidos, África y el Oriente Próximo.

Festival de la Palabra en Puerto Rico

Foto: Cortesía de la autora

No sé por qué José Manuel Fajardo y Mayra Santos-Febres, director de programación y directora ejecutiva, respectivamente, del Festival de la Palabra que se celebra anualmente en Puerto Rico, me extendieron una invitación muy cordial para participar en un evento que ha contado con distinguidísimos representantes mundiales de la literatura.

Y lo digo sin falsa modestia. Porque entre los nombres que participaron en las anteriores seis ediciones figuran, entre otros, Mempo Gardinelli, Paco Ignacio Taibo II, Alfredo Bryce Echenique, Ana María Matute, Leonardo Padura, Oscar Hijuelos, Junot Díaz, Luis Sepúlveda, Antonio Muñoz Molina, Gioconda Belli, Ernesto Cardenal, Almudena Grandes, Javier Cercas, Sergio Ramírez, Esmeralda Santiago y Jorge Volpi. Todos estrellas en el mercado internacional del libro.

Pero agradezco esa invitación porque este evento tiene como objetivo fundamental inundar de cultura las calles de San Juan y otras zonas apartadas donde habitan miles de potenciales lectores en una isla o colonia donde escasean las librerías, y los bienes espirituales quedan muy por debajo de ese afán de consumo que se respira en este “estado libre asociado”.

Cada año el Festival tiene un tema general muy amplio que luego se desarrolla en casi un centenar de actividades entre charlas, presentaciones de libros, exposiciones, espectáculos teatrales callejeros, talleres con estudiantes de enseñanza media y proyecciones de cine. Todos gratuitos. Todos con el objetivo, según sus organizadores, de insertar a Puerto Rico en el mundo.

Es por eso que a este séptimo encuentro —realizado en noviembre pasado— asistieron cerca de un centenar de escritores de América Latina, Estados Unidos, África y el Oriente Próximo que apenas pudimos conocernos entre nosotros ya que cinco días con sus noches y una agenda que no daba reposo, permitían poco el intercambio.

De todas maneras me complació conocer a personas como Wingston González, de Guatemala, los dominicanos Pedro Antonio Valdés y Rey Andujar (ganador dicho sea de paso de uno de los Premios Alba que se otorgan en la Feria del Libro de La Habana con el auspicio de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de América).festival-de-la-palabra-2

El tema de esta vez fue “Regreso a la Utopía”, en homenaje a los quinientos años del famoso libro de Tomás Moro, ahora actualizado por los paraísos e infiernos de la modernidad.

En el Viejo San Juan se habló de todo; desde las veleidades de las grandes transnacionales del libro hasta del amor libre. Y todas las utopías personales y colectivas de los que allí participamos fueron expresadas con libertad y desenfado ante un público que me conocía de una forma para mí inimaginable.

Creo que ese conocimiento se debe al puertorriqueño Carlos Roberto Gómez, fundador de la más prestigiosa editorial de Puerto Rico, Isla Negra, a la que se le rindió homenaje en el encuentro por sus veinticinco años y que publicó en 2005 mi novela Fiebre de Invierno, ganadora del Premio Casa de las Américas.

En el Festival de la Palabra 2007 había otro cubano: el dramaturgo, poeta y amigo Norge Espinosa que parecía conocer Borinquen como la palma de su mano y con el que coincidí en la observación del carácter hospitalario y afable de los puertorriqueños, la excelente atención que recibimos pese a las dificultades económicas que los organizadores tuvieron que sortear para poder realizar este año el encuentro.

Pero la excelente novelista puertorriqueña Mayra Santos-Febre, creadora junto al español José Manuel Fajardo de este acontecimiento anual, no es una mujer que se amilane ante las dificultades: “esta es nuestra resistencia” me dijo. Y cuando le comenté mi asombro de que en una plaza pública los actores se manifestaban a gritos a favor de la independencia, ella contestó: “Puede ser que la policía nos dé unos cuantos golpes cuando nos expresamos con libertad. Pero no se atreven siquiera a detenernos”.

La belleza de ese viejo San Juan por cuyas calles empinadas y estrechas perdía el resuello acompañada de mi “voluntaria” (estudiantes universitarios que colaboran con el Festival de manera desinteresada y altruista sirviéndoles de guía a los invitados) me sedujo y enamoró. Pero el recuerdo más indeleble es el de sus habitantes, cuya idiosincrasia a la que ya he hecho referencia es obsequiosa y al mismo tiempo nada invasiva como sucede en otros ámbitos del Caribe.

Algo que no puede faltar en la llamada por algunos Isla del Encanto es la música. Y hasta allí viajó la peruana Susana Baca a realizar un concierto inolvidable que la multitud que colmó la Plaza del Quinto Centenario recompensó con ovaciones y los participantes del Festival no se perdieron. Todos sabíamos lo que significa esta cantante que acompaña a Calle 13 en una popular e iconoclasta canción.

La noche de sábado, que fue mi despedida, el ruido en el Viejo San Juan aturdía. Ellos disfrutan el reguetón como su rtimo preferido y cuando aludes a sus letras misóginas y chabacanas te responden que mucho desprecio a la mujer reflejan también géneros como el bolero o el tango y nadie los cuestiona.

Quedé convencida que como reza la convocatoria del evento en el que participé sin imaginar cuánto de satisfactorio encontraría en él, con su celebración se rinde homenaje a la palabra como herramienta fundamental de la comunicación y vehículo de la cultura. Ojalá que las circunstancias económicas de esa Isla no lo obliguen a desaparecer. (2016)

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