Félix Varela: ¿próximo a la beatificación?

El Papa podría declarar públicamente a Varela como Venerable, título que se otorga a aquellos que se aproximan a la condición de “beatos”.

Tomado de Primavera Digital

¿Recibirá Varela el título de Venerable durante la próxima visita pontificia a Cuba?

El presbítero y patriota cubano Félix Varela Morales (1788-1853) parece haber avanzado hacia la conclusión del proceso de beatificación que se le sigue en la Santa Sede. Un despacho de la agencia católica Zenit, del pasado 2 de febrero, se refería a las positivas conclusiones a las que habían arribado los teólogos de la Congregación para las Causas de los Santos, respecto a la “positio” o sumario de informaciones sobre la vida y obra del maestro y clérigo. Ellos consideraron procedente poner los documentos en manos de los cardenales y obispos de dicha Congregación, quienes se reunieron el 6 de marzo para dar su parecer al respecto.

Si no apareciera obstáculo alguno, el Papa podría declarar públicamente a Varela como Venerable, título que se otorga a aquellos que se aproximan a la condición de “beatos”, para la que es preciso demostrar, tras largas verificaciones, que por mediación suya se ha obrado un milagro. Durante varios días algunos medios de prensa extranjeros han especulado sobre la posibilidad de que la declaración pontificia se realice durante la próxima visita de SS Benedicto XVI a la isla, quizá en la misa que celebrará en la Plaza de la Revolución de La Habana el 28 de marzo.

Varela, gran auxiliar del obispo Juan José Díaz de Espada y Landa en sus empresas cívicas, ayudó a renovar la enseñanza de las ciencias en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio en la capital cubana, donde desempeñó además una cátedra de Constitución. Fue electo diputado a Cortes en 1821, allí intentó lograr la abolición de la esclavitud en Cuba y la posible autonomía o independencia de la isla. En 1823, cuando el rey Fernando VII restauró el absolutismo, fue perseguido junto a otros diputados liberales y debió refugiarse el resto de su existencia en Estados Unidos.

En la nación del Norte fundó el periódico El Habanero, destinado a hacer propaganda separatista. Convencido después de que no estaban maduras las condiciones para tal propósito, redactó sus Cartas a Elpidio, donde procuraba educar a los jóvenes para alejarlos de “la impiedad y el fanatismo” e inculcar en ellos sanas virtudes cívicas. Además, sirvió de consultor a varios obispos y desempeñó una importante labor asistencial y caritativa como párroco de inmigrantes pobres. En sus últimos años vivía prácticamente en la miseria, apenas socorrido por algún antiguo discípulo pues se mantenía la prohibición oficial de regresar a Cuba. Falleció en San Agustín de la Florida, donde fue sepultado en el Cementerio del Tolomato.

No hay que olvidar que en tiempos de Varela y hasta el fin de la dominación española en la isla, en 1898, la Iglesia estaba subordinada al Patronato Regio, por el que la jerarquía eclesiástica actuaba como funcionaria de la Corona. De ahí que para ella, el sacerdote no era sino un infidente, un peligroso liberal y en modo alguno era el modelo de religioso que se deseaba. Se afirma que más de una vez el Patronato hizo gestiones ante la Santa Sede para que Varela no fuera a acceder a un obispado en Estado Unidos.

En 1878, José Ignacio Rodríguez publicó en Nueva York su Vida del presbítero don Félix Varela. Esta primera biografía sirvió para que la ejecutoria del clérigo fuera conocida por los intelectuales criollos de la segunda mitad del siglo, pues sus escritos y sermones se hallaban dispersos. Para José Martí y otros patriotas, las luchas de independencia contra España tenían a Varela como precursor.

Aunque parezca contradictorio, en las primeras décadas del siglo XX, cuando lentamente la Iglesia Católica procura cubanizarse, Varela es apenas recordado en templos y colegios religiosos, mientras que en los medios liberales de fuerte influencia anticlerical y masónica se le exalta como patriota. Eso explica que fuera una comisión civil la que se encargara de la traslación de sus restos a La Habana en noviembre de 1911 y que estos no fueran depositados en la Catedral o en el Seminario, sino en la Universidad, que era absolutamente laica. Días después, el Ayuntamiento decidió cambiar el nombre a la calle Belascoaín por el de Padre Félix Varela y alguien consideró que sería más breve y adecuado llamarla “Padre Varela” lo que motivó la protesta de dos concejales que alegaban que era preciso suprimir el término “Padre” y dejar sólo el nombre y apellido del prócer.

No abundaron en el seno de la Iglesia cubana, durante la primera mitad del siglo XX, los escritos que divulgaran los méritos de Varela. En ese sentido fue excepcional la labor de Monseñor Eduardo Martínez Dalmau, obispo de Cienfuegos, investigador y miembro de la Academia Cubana de la Historia, quien publicó La ortodoxia filosófica y política del pensamiento patriótico del Pbro. Félix Varela y otros textos esclarecedores y bien informados. En la segunda mitad de la centuria, se ha destacado en este sentido Mons. Carlos Manuel de Céspedes, autor de Temas varelianos y de una vida del presbítero titulada Pasión por Cuba y por la Iglesia, publicada en Madrid en 1998, por la Biblioteca de Autores Cristianos y un tiempo después en Cuba, con el sello de la Editorial Oriente.

La polémica laical-religiosa seguía viva en el bicentenario del natalicio de Varela, celebrado en 1988, tanto en Cuba como por un sector católico de la emigración en Estados Unidos. El anuncio por entonces del inicio de la instrucción del proceso para su beatificación motivó reacciones de ciertas autoridades oficiales y académicas, que consideraron que “hacer santo” a Varela era un modo de manipularlo para reducir su importancia en el terreno patriótico.

Es preciso aclarar que para una parte importante de los católicos cubanos, el autor de las Cartas a Elpidio es alguien que se asocia más con los libros de historia o pedagogía que con la devoción religiosa, quizá porque ha faltado el conocimiento completo de su biografía y sobre todo, los méritos de su labor religiosa en la emigración. Monseñor Ramón Suárez Polcari, Canciller del Arzobispado habanero, ha mantenido durante años una sección fija en la revista Palabra Nueva, destinada a dar a conocer pasajes de la vida del Siervo de Dios, la marcha del proceso de beatificación y a recoger cartas de los lectores que comunican gracias recibidas por la intercesión de Varela.

En las páginas de la biografía redactada por Rodríguez, que ha sido uno de los documentos decisivos dentro de la “positio” presentada al Vaticano durante el proceso, se destacan sus heroicas obras de caridad en los años de su labor como sacerdote en Estados Unidos que incluyen desde la atención y rehabilitación de alcohólicos hasta la fundación de talleres de costura para abrigar a los menesterosos durante los crudos inviernos neoyorquinos y la creación de algo así como un “círculo infantil” para cuidar durante el día a los hijos de las obreras.

Es preciso recordar que este pensador cubano se formó al calor de la llegada del pensamiento de la Ilustración a Cuba y que en él, impregnado del espíritu civilizatorio del Siglo de las Luces, difícilmente puedan hallarse los rasgos de una santidad marcada por ascetismos dramáticos o actitudes de un conservadurismo intolerante. Sacerdote fiel a su ministerio, cristiano de espiritualidad activa, nutrido por la Sagrada Escritura y la oración cotidiana, se entregó al estudio, a la escritura, al magisterio y aún a la política, con la convicción de que servir a la sociedad y hasta dar la vida por ella era el mejor modo de lograr la felicidad a su prójimo.

Hace años, el filósofo cubano Humberto Piñera Llera escribió: “Quiso ser y fue soldado de Cristo, para salvar almas. Mas aquellas a las que dedicaba todo su afán eran principalmente sus compatriotas, pues Varela amaba a Dios sobre todas las cosas y a su patria como aquello que, después de la Divinidad, motivaba su amor a la criatura”.

¿Recibirá Varela el título de Venerable durante la próxima visita pontificia a Cuba? No es seguro, pero, de cualquier modo, así como los católicos comenzamos a conocer mejor sus virtudes cristianas, el resto de los cubanos podrá acercarse con más facilidad a ese paradigma de patriotismo y ética que es una de las figuras fundamentales de la intelectualidad cubana en nuestro siglo XIX.

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