Gertrudis Gómez de Avellaneda, contra el silencio

Un rescate pospuesto pero necesario.

Archivo IPS Cuba

En 2014 se cumplirán dos siglos del nacimiento de la poetisa, narradora y dramaturga Gertrudis Gómez de Avellaneda

En 2014, con más precisión el 23 de marzo, se cumplirán dos siglos del nacimiento de la poetisa, narradora y dramaturga Gertrudis Gómez de Avellaneda (Puerto Príncipe, 1814-Madrid, 1873). Ya comienzan a levantarse de nuevo las voces que reclaman la traslación de sus restos desde la descuidada tumba que los alberga en el cementerio de Sevilla. No seré yo, estudioso y admirador de su obra, quien niegue tal posibilidad, si ella ayuda a insertar mejor a La Peregrina en la historia cultural de Cuba, pero, modestamente, creo que hay tareas mucho más provechosas y urgentes.

Conocer mejor la obra de La Peregrina, estudiar con más profundidad su herencia y sentirla como parte viva del legado literario cubano será más importante que cualquier ritual necrológico.

En 1914, cuando se celebró su primer centenario, gracias al apoyo de intelectuales como Enrique José Varona, José María Chacón y Calvo y Aurelia Castillo, aparecieron sus escritos, supuestamente completos, en seis voluminosos tomos, sólo accesibles a una élite. Faltaban en estos, además, varias obras importantes de la autora, las mismas que ella había suprimido de la edición española de 1869 a causa de la censura, lo que incluía volúmenes importantes como las novelas Sab y Guatimozín.

Figura muy alabada por los más exigentes escritores de su siglo, desde Juan Nicasio Gallego hasta Marcelino Menéndez y Pelayo, ha tenido muy mala fortuna con los jueces posteriores. A pesar de su voz universal, de sus protestas de cubanía, de la amplitud de una obra que incluye alguno de los más intensos poemas de amor de la literatura hispanoamericana y una autobiografía sentimental redactada en forma de cartas a uno de sus amantes, el esquivo andaluz Ignacio de Cepeda, que puede ser leída como un apasionante folletín romántico, la Avellaneda es evaluada casi siempre en función de su conducta personal, sea en el plano íntimo o en el social.

José Martí, quien rehabilitó a Heredia para la historia cubana y pronunció tan certeros juicios sobre otros poetas románticos de la isla como Juan Clemente Zenea y Luisa Pérez de Zambrana, apenas dedicó unas líneas a la poetisa principeña y en ellas no brilla precisamente lo mejor de su genio. Cuando en 1875 comenta, bajo el seudónimo Orestes, para la Revista Universal de México, el volumen Poetisas Americanas, compilado por José Domingo Cortés, se empeña en comparar a esta escritora con su contemporánea Luisa Pérez de Zambrana, de un modo tal que la camagüeyana no queda muy bien parada: “La Avellaneda es atrevidamente grande; Luisa Pérez es tiernamente tímida.” El retrato de la autora de Amor y orgullo parece elaborado con el sólo propósito de caricaturizarla:

No hay mujer en Gertrudis Gómez de Avellaneda: todo anunciaba en ella un ánimo potente y varonil; era su cuerpo alto y robusto, como su poesía ruda y enérgica; no tuvieron las ternuras miradas para sus ojos, llenos siempre de extraño fulgor y de dominio: era algo así como una nube amenazante.

La imagen debió serle muy cara, pues al año siguiente, cuando dedica un extenso poema a la poetisa cubana Rosario Acuña, autora del drama Rienzi, el tribuno, laureado en Madrid, advierte a la escritora contra el abandono de su tierra, en busca de los laureles “amarillos y pálidos de España” y pone ante ella una especie de espectro admonitorio: “¿No se yergue ante ti, sombra de espanto,/ Pecadora inmortal, nube de llanto, /La sombra de la augusta Avellaneda?”

Más cerca de nosotros, la escritora parece haber seguido concitando rencores nada disimulados. En su Historia de la literatura cubana –cuya primera edición data de 1954- Salvador Bueno es capaz de afirmar que la novela Sab “difícilmente puede estimarse como novela de tesis antiesclavista, pues el problema social de la esclavitud está fuera de las preocupaciones de su autora”. No debe olvidarse que esta pieza narrativa había sido publicada en 1841, apenas dos años después de que Juan Francisco Manzano escribiera su autobiografía como documento abolicionista y tres después de la primera redacción de Francisco de Anselmo Suárez y Romero, que sólo vio la luz en 1880. Pero La Avellaneda había llegado en ese libro al colmo del atrevimiento, no sólo se había cuestionado a la esclavitud como institución social, sino que había defendido las relaciones íntimas a nivel interracial, a lo que no se atrevería, que sepamos, ningún otro escritor de su siglo, ni siquiera Harriet Beecher Stowe en su muy aclamada Cabaña del tío Tom (1852).

Cintio Vitier no hará justicia a la poetisa, en Poetas cubanos del siglo XIX, donde deja páginas memorables sobre Zenea y Juana Borrero, apenas hay tres párrafos para la Avellaneda, titulados “La retórica”, el último de los cuales concluye:

En realidad, no tengo nada que decir. Confieso mi fracaso y doblo con pena la hoja de La Avellaneda sin haber podido recibir de ella ninguna enseñanza, como no sea la del poder aniquilador que a veces tienen las más seguras y sólidas palabras.

Tampoco la juzgó con mayor equidad Rine Leal en La selva oscura cuando señala que “su teatro nada añade a nuestra escena” y mucho menos un crítico tan bien dotado como José Antonio Portuondo, quien, al pronunciar el discurso central en la velada con motivo del centenario de la muerte de la escritora, en el Teatro Principal de Camagüey, el 1 de febrero de 1973, lanzó su tesis de la “dramática neutralidad de Gertrudis Gómez de Avellaneda” apoyada en un precario “análisis marxista” de aquella mujer frente a sus circunstancias, a la que considera al margen de los principales problemas de su tiempo. Lo llamativo es que una figura tan denostada aún pueda ser nombrada, cuando se aproxima peligrosamente a su bicentenario.

Sin embargo, un análisis más sereno de su vida y obra, nos lleva a constataciones más sólidas. La primera de ellas: la Avellaneda vivió con la más absoluta autenticidad el romanticismo, sin necesidad de poses o escenografías teatrales. Lo mismo sacudió al Puerto Príncipe de su adolescencia con amores que sólo ella creía ocultos, que fue capaz de romper pronto con su medio familiar en la Península e inclusive, llegó a tener una hija fuera de matrimonio con el superficial poeta sevillano García Tassara. Sin necesidad de vestirse de hombre como George Sand, motivó que Bretón de los Herreros pronunciara su célebre frase: “Es mucho hombre esta mujer”.

Se le ha reprochado su constante vinculación con la corte española, pero no hay que olvidar que desde Sor Juana Inés de la Cruz, las mujeres de América tenían vedadas las puertas de academias y universidades y sólo podían lucir su ingenio en salones mundanos o en conventos y la principeña no tenía la menor inclinación por lo segundo. No fue una marioneta en los reales alcázares -como lo demuestran las cartas de Fernán Caballero, quien se refiere a ella despectivamente como un ejemplo de “mala educación”- sino una testigo sumamente crítica que encontró allí material para sus dramas y novelas: el mundo vano y verbenero de Isabel II alienta en la atmósfera decadente de su Saúl y su Baltasar.

Es asombroso que pueda hablarse de una Avellaneda neutral cuando su obra fustiga a cada paso los problemas esenciales de su tiempo: la censura se cebó en Sab porque comprendió que la defensa de los amores de un esclavo negro con una joven blanca eran demasiados subversivos, y con Guatimozín porque ese relato de la conquista de México, nada favorable a Cortés, parecía una lógica explicación de los motivos de la independencia americana. No se olvide que su temprano drama Leoncia, estrenado en Sevilla cuando la autora apenas contaba 26 años, es ya una abierta crítica contra una sociedad machista que marca a las mujeres por sus “debilidades” morales y que, con pequeñas variaciones, volverá sobre el tema en Errores del corazón y en La aventurera. En una de sus piezas más duraderas, la tragedia Munio Alfonso (1844) hace un desgarrador juicio sobre el mundo donde la justicia tiene signo masculino y puede resultar aniquiladora aún a nivel de las relaciones paterno filiales.

También resulta disparatado el reprochar a la escritora el tener por modelos a escritores europeos, desde Alfieri hasta Quintana y Gallego, en una época donde había un solo autor cubano digno de imitar, José María Heredia, de quien la Avellaneda aprendió todo lo que era posible en materia de poesía y a quien dedicó una elegía excepcional. Es cierto que a veces la retórica al uso lastró su verso y su prosa, pero lo mismo ocurría con sus contemporáneos, desde el Duque de Rivas hasta Joaquín Lorenzo Luaces. Lo admirable es la proteica variedad de su escritura que se ejercitó no sólo en una poesía de gran variedad de metros, sino en la prosa novelística, en las leyendas y tradiciones y hasta en el género epistolar.

Más allá de su denegada candidatura a la Real Academia Española, Doña Tula defendió la dignidad de la escritura como ocupación femenina y llegó, sin apenas concesiones, a una altura no esperable en el mundo de su tiempo. Son muy pocos los que hoy se atreven a reprocharle sus amores desordenados, pero se ensañan en otros flancos más débiles de la escritora. Sin embargo, la saludable labor crítica que sobre ella ejercieron hace casi un siglo Menéndez y Pelayo, Aramburo, Cotarelo y Piñeyro, no ha tenido demasiados continuadores.

La comisión que sea designada para celebrar este bicentenario debería tener como documento de cabecera la conferencia La Avellaneda, una cubana universal, dictada por Dulce María Loynaz, en el Liceo de Camagüey, el 10 de enero de 1953 y publicada poco después en La Habana, en un folleto sin datos editoriales. El texto es más que una valoración de la escritora, moderna, desprejuiciada y a la vez de alto vuelo poético, tiene la sólida estructura de un discurso forense. Bajo las dulzuras de la prosa, está la sólida acumulación de pruebas, para demostrar que la Avellaneda lleva en sí a la vez una innegable cubanía y una condición universal que no puede disputársele. Sus líneas finales contienen una conminación válida todavía:

Ha llegado el momento de definirse. Cada uno tiene su modo de servir y si pensamos que dentro del suyo, Tula no sirvió a la gloria de Cuba, cedámosla de una vez, a quienes no andan con tantos remilgos para brindarle y muy contentos, sitio de honor entre sus filas.

Para cerrar, por fin, con tono batallador:

Ved que es vuestra Tula a quien se llevan entre ruindades y pequeñeces.

[…] Es a ella a quien nos arrebatan, y esta vez para siempre.

No lo permita Dios, amigos presentes. Ni lo permita el Camagüey bravío.

¡A rescatar a vuestra Tula, aunque sea como en la gesta heroica, con un puñado de corazones! ¡A rescatar vuestra amazona, aunque sea como dijo Agramonte, solo con la vergüenza!

3 comentarios

  1. Maritza deschapelles

    ESTIMADO ROBERTO, COINCIDO CON USTED EN CUANTO A LO DEL OLVIDO A LA AVELLANEDA… SIN EMBARGO PUEDO DECIRLE QUE EN EL AÑO 2009 VISITÉ EL CEMENTERIO DE SAN FERNANDO, EN SEVILLA Y FUI A SU TUMBA, QUE NO ESTÁ PARA NADA ABANDONADA,A PESAR DE LOS AÑOS…PIENSO IGUAL QUE USTED QUE LA TULA PUDIERA DESCANSAR EN TIERRA CUBANA, EN SU CAMAGUEY… Y LE CUENTO QUE CUANDO LAS AUTORIDADES DEL CEMENTERIO VIERON AL CAMARÓGRAFO, SIN SABER DE DONDE ERA, LE DIJO QUE PODÍA FILMAR LAS TUMBAS QUE LE PARECIERA, MENOS LA DE DOÑA GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA PUES EXISTÍA UN LITIGIO DE PERSONAS ALLÁ QUE AL PARECER NO QUIEREN QUE LOS CUBANOS PODAMOS RENDIRLE LOS HONORES QUE MERECE EN LA TIERRA DONDE NACIÓ.

  2. Marcial

    Estimado Roberto, me parece muy bien lo que dices de valorar la obra de Doña Tula. Pero mi duda es si vale de algo el testamento de la poetisa, que deseaba ser enterrada en Sevilla. No debemos olvidar que Doña Gertrudis era una poetisa de la provincia de Cuba. ¿Existe algún documento en el que ella diga que deseaba ser enterrada en Cuba?

  3. César

    ¡EXCELENTE!

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