Heridas y sombras

Manuel Galbán y Los Zafiros.

Tomado de La Nueva Cuba

En una década, la de 1960, rebosante de buenos cuartetos, Los Zafiros impusieron su ritmo, sus voces, su carisma

Los medios de difusión dieron la mala noticia: falleció en La Habana, el jueves 7 de julio, a los ochenta años, el notable músico cubano Manuel Galbán. Las reseñas de los noticieros recordaban los premios obtenidos en los últimos tiempos, incluyendo el Grammy, mientras algunas crónicas apuntaban su participación en el Buenavista Social Club, pero hay mucho más en el tintero.

El Diccionario enciclopédico de la música en Cuba, de Radamés Giro, señala su paso por diversas agrupaciones, algunas de particular importancia, como Afrocuban All Star y La Vieja Trova Santiaguera, mas para la mayoría de los cubanos, Galbán será para siempre el guitarrista y director de aquel cuarteto mítico, Los Zafiros.

En una década, la de 1960, rebosante de buenos cuartetos, Los Zafiros impusieron su ritmo, sus voces, su carisma, por el modo singular de interpretar boleros, baladas, rumbas, calipsos, congas, bossa novas o sambas.

Ellos estaban como Dios, en todas partes. Usted iba caminando por cualquier calle de la Isla y el sonido de la radio o la victrola que lo asaltaba y lo acompañaba era de Los Zafiros: “Caminando por la calle/ de mi pueblito natal/ con su tipo sin igual/ ella va luciendo el talle”. Y casualmente, como interpretando una performance, ante usted desfilaba una muchacha: “con la bata remangá/ sonando su chancletica”; y, por supuesto, sucedía lo que dictaba la música, porque, inevitablemente, “los hombres le van detrás/ a la linda mulatica”.

Esa conga de Néstor Milí, fundador del grupo, tiene una energía que no ha borrado el tiempo; la energía que le impregnan las voces y movimientos de los cuatro mulatos fabulosos y la simpatía que transmiten… “La caminadora” fue su primer éxito y sigue siendo su mensaje desde la gloria, donde están hace rato. Lo grabaron en un disco sencillo que contenía además “Mi oración”, un blue que versionaron tan bien como Los Cinco Latinos.

Los Zafiros acompañaban, y también consolaban, ante la imposibilidad de escuchar a Los Beatles, Elvis, Los Rolling…; aunque siempre alguien dijera que imitaban a Los Platters, lo cual es falso. Eran auténticos.

Así como llegaron y plantaron sus ritmos y su mística en los sesenta, desaparecieron de repente en la década siguiente y nos dejaron huérfanos de su presencia escénica y sus cálidas voces.

En 1994 Jorge Dalton recoge el mito de Los Zafiros en un documental lacerante, Herido de sombras, que cuestiona el injusto olvido divulgativo en que se encontraban. Allí vemos a Eduardo Hernández (el Chino), o lo que quedaba de él, expresando dramáticamente que no sabe qué pasó, por qué todo acabó tan rápido. Ignacio y Quique murieron en plena juventud, Miguelito se fue del país y él mismo es una sombra a la deriva, desamparada, por el barrio de Cayo Hueso. Poco tiempo después murió él también.

Tres años más tarde, la familia Cancio produce el filme Zafiros, Locura Azul, dirigido por Manuel Herrera; entonces puede apreciarse la dimensión de la leyenda. Ese repaso por la vida del cuarteto despertó una explosión popular en La Habana y probó que Los Zafiros estaban intactos en la memoria de la gente. Fue como una resurrección y los medios comenzaron a prestarle más atención.

Atendible es también la labor de rescate y la profesionalidad y rigor de Los Nuevos Zafiros, los cuales han contribuido a mantener despierta la leyenda.

La muerte del llamado “quinto zafiro” coloca el asunto de nuevo en la palestra y al revisar los textos que recogen la trayectoria artística de Galbán –los ocasionales y los anteriores–, todos incluyen la referencia al cuarteto. En una entrevista que le realizara Rafael Lam a propósito de cumplir 80 años, Galbán responde la pregunta de cómo eran musicalmente Los Zafiros:

“Ellos tuvieron el apoyo inicial del compositor Néstor Milí, pero no fue por mucho tiempo, porque él no estaba en condiciones de encargarse de los asuntos musicales, los ayudó hasta donde pudo y realizó los contactos para la grabación del primer disco. Aunque, no caben dudas de que Los Zafiros, al igual que Los Beatles, tenían talento natural. Como decía Aida Diestro, de un boniato no sale un cantante.

”Pues bien, ellos eran muy musicales, con decirte que eran mestizos, callejeros, se movían al ritmo de la clave, eso todo el mundo no lo sabe hacer. En resumen: todos bailaban muy bien, como un metrónomo. Yo me guiaba por sus pasos para llevar el ritmo. Tenían el África en las venas”.

En esa propia entrevista puede evaluarse el formidable trabajo del director: “Yo debía acomodar las voces de acuerdo a la pieza que cantaran, colocaba una voz prima y un back ground de tres voces, a veces invertía los papeles, Ignacio era la voz aguda, al Chino lo pasaba a la cuarta voz con ese grave que tenía espectacular, con tonos no guitarrísticos. Los acompañaba en las doce tonalidades, cuando tiraba el acorde, no fallaban en la tonalidad exacta. No había ningún choque armónico, yo los preparaba para eso, eran fenomenales en lo musical, amaban mucho su oficio”.

Entonces uno descubre que ésa era una pieza que nos faltaba sobre la verdadera dimensión artística de Los Zafiros y de ese músico fabuloso que últimamente veíamos a cada rato en la televisión, revisitando los cuartetos de la época y otros temas musicales en los que se movía como pez en el agua.

Por suerte, su larga y fructífera vida le alcanzó a Manuel Galbán para recorrer no sólo los escenarios de varios continentes, sino los diversos procesos culturales de su país en que la marea sube o baja, y el artista va con ella, hacia la popularidad, hacia la fama, hacia el olvido, hasta que de nuevo la cresta de la ola lo impulsa hacia arriba.

Solo que los verdaderos artistas, como Galbán, están en otro plano espiritual, inmunes a los golpes del péndulo, construyendo la inmortalidad, viajando hacia la eternidad, donde ahora está, con Quique, Ignacio y El Chino, sin heridas, sin sombras.

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