Ileana Sánchez en Zona Franca

Gustos y colores en el Bienal.

Zona franca es el título de la extensa muestra de arte cubano que acoge durante la XII Bienal de la Habana el Complejo Morro-Cabaña. Con ella, el Consejo Nacional de las Artes Plásticas quiso tomar un espacio que fue relevante en otras convocatorias del evento y que sus actuales curadores desecharon para volcarse en numerosas intervenciones urbanas.

Para hacer honor a su nombre la exposición es una muestra extensa del quehacer de creadores cubanos vivos. Incluye pintura, dibujo, instalación, escultura y un largo etcétera en el que caben las siempre inclasificables técnicas mixtas.

Es imposible pedir unidad estética o conceptual a lo que sencillamente fue concebido como una visión panorámica del arte insular del día -o de un pasado muy reciente- en toda su heterogeneidad. Conviven la obra lograda, el proyecto trunco y hasta el simple artefacto ingenioso que arranca una sonrisa y nada más.

Andar y desandar por sus salas ofrece ciertas sorpresas. Me place evocar  el conjunto de acrílicos sobre lienzo titulado Jardines invisibles que ofrece Arturo Montoto. En él esas naturalezas muertas realizadas habitualmente con detallismo hedonista se aderezan de otro modo, con una barrera voluntaria: una reja o malla metálica pintada sobre los frutos crea un escollo que el espectador debe vencer, en la misma medida en que el gusto, sometido a una especie de suplicio de Tántalo, se sobresalta y potencia.

No lejos de allí, Eduardo Abela ofrece un conjunto de lienzos en los que ciertos íconos de dibujos animados o cómics se introducen en piezas clásicas del arte universal: así Superman toma el lugar del ángel Gabriel en La Anunciación y el Cardenal Niño de Guevara de El Greco adquiere la cabeza de Homero Simpson, quien porta un habano en la mano diestra y un iruke en la siniestra. Se trata de un proceso en que se desacraliza el arte cristiano occidental y bizantino y se le sincretiza de manera posmoderna con imágenes reverenciadas en la cultura de masas para destacar la creciente banalización de ciertos discursos y símbolos en las sociedades actuales.

Con su Viaje al Paraíso Agustín Bejarano recapitula varias de las figuraciones que han acompañado las diversas etapas de su obra, como intentando formular una irónica apoteosis de su arte. Se mezclan allí una sensualidad mórbida, que no disimula demasiado cierto grado de violencia y una realización formal virtuosa que ayuda a otorgar un sabor inquietante al conjunto.

Habría que detenerse también en la riqueza conceptual de las creaciones de René Ponjuán, en las acuarelas de Duvier del Dago que comentan la realidad inmediata y áspera con cierto sabor de old fashion y en los artefactos que Tomás Núñez reúne en Renaissance que saben aprovechar la poética surrealista del “objeto hallado” así como el magisterio de Antonia Eiriz para producir obras muy atractivas.

Sin embargo, prefiero dejar atrás el calor y el bullicio de la muestra general y refugiarme en una de las salas, en la que se agrupan solo los lienzos que ha traído Ileana Sánchez Hing desde Camagüey. La creadora nos hace un regalo inesperado al ofrecer un conjunto de telas que son retratos o bien de personas y animales que pueblan su ambiente cotidiano o apropiaciones de imágenes icónicas como ocurre con la pequeñísima Marilyn Monroe que está junto a las puertas de entrada.

Lo interesante es que tales piezas parten de la técnica del fotorrealismo pero concebida con propósitos muy particulares. Cada cuadro deriva de una foto, pero no se trata de reproducirla con fidelidad detallista e impersonal, como sucedía en los iniciadores de esta tendencia. Ella prefiere emplear esa imagen mecánica como base o boceto de la pieza, y el verdadero arte comienza entonces, cuando mancha la superficie no solo para distribuir color y luz en la superficie, sino, sobre todo, para caracterizar psicológicamente a su personaje –sea un artista o una tortuga- de modo que las manchas revelen eso que lo exterior tiende a ocultar.

El resultado es atrevido y a la vez refrescante. Por una parte homenajea los procedimientos de Renoir y otros impresionistas, por otra no desecha cierto sabor del pop art que ha marcado por décadas su obra. La artista se distancia de las fotos para ofrecernos una progresiva deconstrucción y reconstrucción humanizada de ellas, pero con una elegancia, frescura y aparente sencillez que el espectador agradece, porque ese espacio, dentro del conjunto total de Zona franca, rezuma ese sabor íntimo de quien ha sabido forjarse un mundo muy personal, rico en incitaciones artísticas.

Quienes hayan conocido a saltos la obra de esta artista se sorprenderán si recuerdan que en la pasada Bienal su intervención estuvo en una línea absolutamente distinta. Muchos participamos en aquel Proyecto Gatos que tuvo lugar en el Parque Infantil La Maestranza en la Avenida del Puerto.

Un grupo de niños y adultos de aquella barriada y visitantes de la instalación fueron convocados a dibujar y colorear en el pavimento, según su fantasía, uno de los símbolos recurrentes en la obra de Ileana: los gatos. Mientras el cemento iba iluminándose con la tropa de felinos, pequeños actores pertenecientes a una de las filiales de La Colmenita, animaban con cantos, bailes y juegos la labor pictórica. El resultado, libre de cualquier manifestación de noñería o paternalismo, fue de auténtico valor cultural. La fusión de manifestaciones artísticas, la animación, aunque fuera por corto tiempo, de un espacio recreativo, la movilización de personas de la comunidad e incluso, el facilitar el contacto de estas con periodistas, escritores, artistas y otros intelectuales, convirtió aquella en una mañana memorable.

No hay que extrañarse de tales variaciones si recordamos que el quehacer de la artista comenzó como tanteo, a lo largo de la década del 80, mientras enseñaba los secretos de la pintura a grupos de niños. Trabajó con las manifestaciones más diversas: cerámica, diseño gráfico y hasta creaciones de modistura. Un día experimentaba con rodillos entintados para hacer monotipias, otros sometía telas a tintes de su invención para confeccionar vestidos con ellas. De toda aquella poética de la libertad extrema o de la arbitrariedad, la misma que enseñaba a sus alumnos, fue surgiendo un oficio, una manera de expresión que hará inconfundibles sus creaciones.

En la primera mitad de los 90 su relación con la pintura se sistematizó con la exposición Tropicolas en el Centro Provincial de Artes Plásticas de Camagüey. El vuelco definitivo se produjo entre 1996 y 1997, mas no en Cuba sino en la mediterránea isla de Mallorca donde disfrutaba de una beca.

Entonces Ileana disponía de grandes cantidades de acrílico y con él podía obtener colores limpios, de reflejo metálico, que secaban con más rapidez que el óleo y permitían trabajar con cierto desenfado. Con ello pudo dar rienda suelta a la poesía y comenzó a pintar un conjunto de cuadros de pequeño formato con un mundo que era la reinvención del trópico: una población de negros, dibujada con el mismo desenfado que aprendió de los niños, jugaba, amaba, festejaba, volaba por los aires con un optimismo sin límites. No había tipicismo, ni siquiera referencias locales, era una especie de Paraíso donde todos los sueños podían realizarse.

El éxito artístico y comercial de la serie no se hizo esperar. Los “negritos” de Ileana lo mismo llegaron a un calendario español que a murales en diferentes ciudades e instituciones del mundo. Los coleccionistas la importunaban a todas horas. Pero ella se resistió a hacer de su hallazgo una retórica y volvió a sus experimentos pop, al trabajo con lo fotográfico, a la manipulación de íconos, siempre asumiendo el riesgo de desconcertar a admiradores y detractores. Su taller, ubicado en el centro histórico de Camagüey, bajo el emblema de un gato azul, está lleno de esas inquietudes creativas.

Los lectores pensarán que peco de parcial, pero confieso que ante tanta muestra de art povera que era realmente pobre, ante tanto conceptualismo sin concepto, más la reiterada presencia de los que viven refugiados en el bad painting como último recurso para sus insuficiencias de oficio, los retratos de Sánchez resultaron para mí uno de los conjuntos más atractivos que ofrece por estos días la árida fortaleza de San Carlos de la Cabaña. Seguro muchos críticos no coinciden conmigo, pero en materia de gustos…(2015)

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