Jorge Camacho, tránsito de un surrealista cubano

El pintor cubano Jorge Camacho falleció en París el pasado 30 de marzo, a la edad de 77 años.

Artnet

Litografía sin título de Jorge Camacho

Había residido de forma permanente en el extranjero desde 1959. A pesar de ser considerado una de las figuras más respetables de su generación en el movimiento surrealista internacional y haber contado con el apoyo y la amistad de figuras como André Breton y Wifredo Lam, en la isla es poco menos que un desconocido.

De hecho la noticia de su deceso tuvo una casi nula resonancia en la prensa cubana. Con tal silencio pudieron haber contribuido también las posiciones políticas de Camacho, abiertamente adverso desde hacía varias décadas a las orientaciones ideológicas del gobierno cubano, a partir, sobre todo, de su estrecha amistad con intelectuales emigrados.

El artista había nacido en La Habana en 1934, en un hogar propicio para estimular el desarrollo de su intelecto. Su padre era Pánfilo Daniel Camacho, abogado y notario muy prestigioso, que consagraba la mayor parte de su tiempo libre a la investigación de temas históricos. Publicó diversos ensayos monográficos y biografías de cubanos como Juan Gualberto Gómez y Manuel Sanguily. Sin embargo, su adolescencia estuvo llena de rebeldías e indecisiones. La amistad con el joven poeta Carlos M. Luis ayudó a iniciarlo en los meandros del arte contemporáneo. Juntos repasaban textos y reproducciones de Klee, Miró, Tanguy y De Chirico, así como la provocadora poesía de Breton, Eluard y Desnos. El instante decisivo tuvo lugar el día en que pasó ante el establecimiento fotográfico El Arte en la calle Galiano y decidió entrar y adquirir material para comenzar a pintar.

Don Pánfilo, quien pensaba incorporar a su hijo al mundo de la jurisprudencia, mostró ciertas dudas sobre sus dotes pictóricas, toda vez que ni siquiera aceptaba matricular en la Academia San Alejandro, pero las opiniones de algunas amistades como el ya consagrado artista Mario Carreño vinieron a tranquilizarlo.

En 1953 realiza una estancia de alrededor de un año en México, que vino a confirmar al joven en sus búsquedas. Si los artistas de la generación anterior habían hallado en el muralismo de la nación azteca una orientación decisiva para su arte, Camacho se inclinó, por el contrario, hacia la pintura de caballete de Rufino Tamayo y los grabados de José Luis Cuevas. De regreso a La Habana realiza, al año siguiente, su primera exposición personal en la Galería Cubana y frecuenta a creadores entre los que se encuentran René Portocarrero y Felipe Orlando. Aunque en el ambiente cultural se impone de manera casi indiscutible el arte abstracto, de la mano del Grupo Los Once, él queda fascinado con la muestra que Wifredo Lam exhibe en la Universidad en 1955. Su camino queda ligado definitivamente al surrealismo.

Cuando sale hacia París en 1959, con una beca para cursar estudios de arte en aquella ciudad, su vida toma otro rumbo. Exhibe al año siguiente una muestra en la Galería Cordier y en 1961 se encuentra con André Bretón. El poeta sigue resultando el pontífice del surrealismo a pesar de las querellas y disensiones que desde décadas atrás atacan al movimiento. El joven cubano es bienvenido a sus filas, como lo fue antes Wifredo Lam, a quien Camacho admira y frecuenta. Años después, en una entrevista realizada por Fernando Martín para la revista Laboratorio de arte, el pintor asegura:

El Surrealismo me reveló un mundo profundamente imaginativo, escrutador del subconsciente; revelador de los sueños y lo que es más importante, una búsqueda constante de la libertad creadora a través del automatismo, tanto poético como pictórico. El Amor, la Libertad, la Poesía, son los tres postulados fundamentales del Surrealismo. Ideas llenas de “atracción magnética”, con las cuales me identifico.

El quehacer del novel surrealista no se agotaba en las artes plásticas, incursionó en la alquimia, cuyas teorías le obsesionaron por años, trabajó las fotografías para un catálogo de pájaros, como explica Carlos M. Luis en su ensayo “Introducción a un bestiario surrealista”:

[…]la pasión de Jorge Camacho por las aves, lo llevó a las selvas americanas (Las Guayanas) para fotografiar aves nocturnas, a paisajes cargados de presencias aborígenes (El Perú), y a interesarse por los mitos de los Hopis, cuyas Katchinas colecciona. En una serie de óleos sobre papel expuestos en 1993, relaciona la fauna americana con esos mitos: “Clan du Lapin”, “Clan du Coyote”, “Clan du Serpent”, “Clan de L’Oiseau Bleau”. Junto con el poeta François René Simon publicó en 1997, “Ornithology” con fotos y dibujos de aves americanas. Durante toda su trayectoria, Jorge Camacho ha sido uno de los representantes del surrealismo que mejor ha revelado el secreto que esconde la naturaleza, y sobre todo el de las aves.

Aún le quedó tiempo para traducir a algunos poetas franceses como Nerval y Rimbaud e ilustrar libros de varios escritores con los que estuvo estrechamente relacionado como Henri Michaux. El ensayista caribeño Edouard Glissant se interesó en su pintura y la evaluó de manera entusiasta en su texto “Las Américas barrocas”.

En 1967, Camacho volvió a La Habana para participar en el Salón de Mayo, motivado por dos de sus promotores: Wifredo Lam y Carlos Franqui. Expuso su pintura, participó en el mural colectivo y la revista Bohemia reprodujo uno de sus cuadros en el reportaje que ofreciera sobre aquella estruendosa cita internacional de la vanguardia plástica. A la vez, anudó relaciones más o menos duraderas con los escritores José Lezama Lima, Virgilio Piñera y el joven Reinaldo Arenas, por entonces exitoso y prometedor autor de la novela Celestino antes del alba. El primero de ellos, simpatizó con el pintor iconoclasta aunque el surrealismo no era santo de su devoción y le dedicó, entre bromas y veras, una de las “Décimas de la amistad” donde procura emular el orbe onírico de sus telas:

Calaverón metálico
salta el alfiler punzó,
la hogaza que no ladró
y el pistón silábico
que dijo sí y dijo no.
Cada pluma, buena pesca,
y se ausentó en la grotesca
rondalla en Argos cenital.
La muerte es el pavo real
y el fantasma vio la yesca.

En el libro La idea del sur, publicado por el artista en Huelva en 1990, se recoge un esclarecedor texto de Reinaldo Arenas, titulado “Reto insular”, donde liga el quehacer del pintor con las obras de Lezama y Piñera:

Jorge Camacho cierra el triángulo iniciado por Lezama Lima y continuado por Virgilio Piñera: ese aire frío que nos traspasa y petrifica en medio del invariable calor del trópico; ese frío cortante que, bañados en sudor, nos calcina; ese frío que cala nuestros huesos y nos desnuda; ese desamparo, esa intemperie, son también los cuadros de Camacho. La noche insular de Lezama, esos jardines invisibles, más presentidos que disfrutados, más intuidos que paladeados, más inaugurales que ciertos y por lo tanto más ciertos. Esa extraña sensación que llega, anegándolos: ansias de transgredir cielos y paisajes, reglamentos y hecatombes, postulados y consignas. Todo esto también ha sido captado por el pintor.

En 1976 exhibe la muestra La danza de la muerte en la Galería Serie de París. El año anterior se había establecido con su esposa Margarita, en la finca Los Pajares, en Almonte, Huelva. Gran parte de su existencia lo compartiría entre este recoleto retiro español y las estancias en la Ciudad del Sena. Hasta la hacienda llegó más de una vez Reinaldo Arenas, quien escribió allí una parte de sus memorias. Si París era el sitio privilegiado para exponer obras que resultaron más o menos sensacionales como la muestra “Peregrinación a las fuentes de lo maravilloso” en la Galería Thessa Harold en 1998, en la que compartiría el espacio con el escultor cubano Agustín Cárdenas, el rincón ibérico era propicio para fraguar hermosos proyectos editoriales como Dieux du force y La idea del sur, mucho más ambiciosos que simples catálogos.

¿En qué medida es Jorge Camacho un artista cubano? Más allá del estricto dato del lugar de nacimiento –que ya no resulta convincente en cuestiones de filiación artística- es preciso reconocer que goza de esa condición, cada vez más frecuente en este mundo “globalizado”, de “artista de frontera”. Para intelectuales como Glissant y Arenas su condición de caribeño era perfectamente discernible. Este último ha escrito:

Lo violento y lo ecléctico, lo frío, agresivo y absurdo, la complicidad de un desamparo con una luz que nos cala y calcina. La mezcla de todas las razas, de todas las culturas e inculturas, de todas las grandezas y mezquindades configuran esa larga, estrecha y taimada extensión de intemperie que se ha llamado Cuba.

Un artista es siempre, pésele a quien le pese (aun al propio artista), la voz de un terror trascendente y exclusivo. La voz de su paisaje y de su pueblo. Camacho es nuestra insularidad desamparada.
Camacho es nuestra abrupta (y perenne) circunstancia -terror agresivo y desharrapado, muerte entre rumbera y tétrica, contrapunteo entre lo bárbaro y sublime- lo que fue Goya para el estupor ahogado de su tiempo: el espejo que nos asedia con una mueca; nuestro rostro.

En las notas necrológicas publicadas con motivo de su deceso se le ha considerado como uno de los miembros más importantes del movimiento surrealista, junto a otros creadores americanos y amigos suyos: Wifredo Lam y Roberto Matta. Es preciso, pues, que se le preste una más justa atención a su obra entre nosotros.

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