La agonía de la libreta

Una disyuntiva económica y una preocupación social.

Ángel Baldrich

La últimas noticias alrededor de la etapa terminal de la Libreta advierten de nuevas mutilaciones

Estoy convencido de que nadie en Cuba fue capaz de imaginar que, llegados al medio siglo de tensa, dolorosa y polémica convivencia (y hasta subsistencia) con la libreta de racionamiento (con eufemismo llamada de abastecimientos, o simplemente denominada la Libreta), los habitantes de la isla iban a llorar su deceso. Porque lo cierto es que hoy, ante la muerte anunciada de la Libreta (luego de una larga y penosa enfermedad, como vulgarmente se suele decir), la gente del país espera su más o menos inminente desaparición física con un sentimiento más trágico que feliz, con más preocupación que esperanzas. Y esta reacción, lejos de ser paradójica, resulta demostrativa de la aguda coyuntura económica que enfrenta la nación y es un reflejo preciso de la real situación de sus moradores (quizás el más fiel de todos los reflejos).

Como parte de las medidas ya en curso para la actualización del modelo económico cubano y, en su espíritu, buscando la eliminación de gravosas subvenciones que el Estado se ha declarado incapaz de mantener, se ha ido concretando la desaparición gradual de la Libreta, hasta llegar a la agónica delgadez actual de esta compañera inseparable en el viaje por la vida de los cubanos en los últimos cincuenta años. Los productos por ella asignados a cada ciudadano del país, drásticamente recortados (en cantidad y variedad) ya en la década de 1990, hoy apenas se reducen a alrededor de una media docena de alimentos y las dietas médicas e infantiles, luego de la más reciente poda que sacó de su esfera los productos de limpieza y aseo personal (jabón, dentífrico, detergente), que pasaron al mercado no-normado y elevaron sus precios de venta por 25, 30 veces.

La últimas noticias alrededor de la etapa terminal de la Libreta advierten de nuevas mutilaciones (hoy en el plano de la especulación ciudadana), que de producirse harán su existencia tan exigua que solo faltará concretar su sepelio, con el cual ya bromean (puro humor negro) los comediantes de la televisión nacional.

Más de una vez la alta dirigencia cubana ha comentado la necesidad económica de terminar con una subvención alimentaria que, aun siendo mínima, llegaba a cada ciudadano del país y le garantizaba la alimentación a un porciento considerable de ellos (no sería capaz de arriesgar una cifra de personas, sin duda elevada) pues obtenían los productos más necesarios a precios bajos y acequibles, aunque en cantidades insuficientes. La derogación que debía hacer el Estado para sostener esta subvención, habida cuenta de que la mayoría de los insumos alimenticios que se consumen en Cuba deben ser importados, obligaba a la reducción y gradual eliminación del sistema establecido hace cincuenta años y a crear tal vez uno en el cual, en lugar de subvencionar productos, se subvencionara a ciudadanos con escasos recursos financieros, realmente dependientes de las ofertas normadas.

Sin duda el tema más debatido y la preocupación más mencionada en las discusiones del Proyecto de Lineamientos de la Política Económica y Social cubanas propuesto por la dirección partidista del país, ha debido de ser el destino de la Libreta. Si bien es cierto que muchos otros acápites del documento quizás tendrán unas consecuencias mucho más profundas y radicales en la vida social y económica de la nación, la propia complejidad, el carácter muchas veces técnico y la aparente lejanía de lo mencionado en esos acápites, hacen que las preocupaciones de la población apenas se acerquen a ellos.

Pero con la Libreta es diferente: ella es concreta, cotidiana y, para muchos, indispensable.

El hecho de que varios productos (además de los mencionados) hayan abandonado a la Libreta en los meses recientes (algunos granos, la papa, las pastas alimenticias) ha complicado la economía doméstica de muchos hogares cubanos. Si se produjera en breve la retirada de otros (¿café?, ¿azúcar?, ¿arroz?) se complicará mucho más el panorama, hasta darle tintes trágicos.

El gobierno cubano ya ha reconocido, también, que los salarios actuales son insuficientes para el sostenimiento de las familias. Los malabares económicos que ese porciento más desfavorecido de la población debe hacer, se van tornando cada vez más dramáticos, solo para la simple subsistencia.

La solución posible por medio del incremento de la producción nacional de alimentos que se revertiría en una disminución de los precios de los productos es una aspiración que todavía no parece cercana. La fiebre del cuentapropismo se ha concretado en la creación de alternativas de servicios. Los más recurridos de esos servicios, como los de gastronomía, requieren de insumos alimentarios, lo que está provocando un aumento de la demanda que se refleja en los mercados paralelos, no suficientemente abastecidos de determinados productos (arroz, azúcar, pan) como para satisfacer las exigencias del sector privado y del doméstico (pues la Libreta no suele cubrir las necesidades de todo el mes).

Resulta evidente que junto a las medidas económicas y a la búsqueda de soluciones productivas, se impone revisar con toda urgencia la estructura de la sociedad cubana para evitar que se cree un doloroso desbalance en el que un porciento de sus miembros se vea aun más imposibilitado de acceder a los productos básicos y mínimos para su alimentación. Quizás las soluciones, como se ha dicho, estén por la vía de la seguridad social y el compromiso político del Estado, gobierno y partido de no dejar desprotegido a ningún ciudadano: es decir, otra vez por el camino de las subvenciones.

Lo cierto es que, hoy, en Cuba, las dificultades económicas de muchos cubanos rozan los extremos de la subsistencia y la solución de los problemas vitales de esas personas dependen de la solidaridad familiar, vecinal o de la labor de instituciones no estatales (como ciertas iglesias). Por eso es preciso volver a preguntarse: ¿y qué ocurrirá si enterramos definitivamente a la vilipendiada y la vez querida Libreta?

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