La banda y el wifi

Hacer cultura en el siglo XXI.

La Banda Municipal de Camagüey ofrece su concierto cada noche de viernes en el Parque Agramonte. La ocasión congrega a un puñado de asiduos, así como a turistas extranjeros y curiosos locales. En los últimos años la añeja agrupación musical ha renovado sus filas con egresados de las escuelas de arte, lo que ha tenido un impacto decisivo en su trabajo profesional. Sus programas, ahora más ambiciosos, pueden incluir la obertura de la ópera Carmen y hasta atreverse con pasajes de la Tocatta y fuga en re de Bach, sin que esto les impida incursionar en los criollos danzones de Antonio María Romeu.

Hasta hace muy poco tiempo, la mayor parte de las personas presentes en el parque en el horario nocturno del viernes iban a escuchar la retreta, ahora, los ejecutantes tienen un poderoso rival: el céntrico parque es una de las zonas con acceso inalámbrico a Internet y más de un centenar de personas se concentra en él para conectarse a la milagrosa “wifi”.

Es una multitud casi silenciosa que enarbola teléfonos, laptops, tabletas, en busca de ese punto privilegiado donde la comunicación se supone más rápida y estable. Acompañados por los sones que la banda lanza al aire, los congregados procuran “chatear” con la prima que vive en Italia, hacer pedidos a los amigos asentados en México o simplemente disfrutar en línea de uno de esos inverosímiles torneos de lucha de la WWE o de la UFC. Los otrora vendedores de maní o caramelos han sido casi totalmente sustituidos por los que ofrecen tarjetas de Internet, que el Estado vende al precio de 2 CUC, pero algunos acaparan a 3 o más, dependiendo del día, la hora y las variaciones de la demanda.

Algo semejante ocurre en la vecina Plaza de la Soledad, donde el público deja apenas algún rincón libre en los escalones de su posmoderno y nada funcional parque. Hay una pequeña multitud hacia una esquina. Alguien ha podido contactar “cara a cara” con su hija, gracias a las bondades del programa Skype. La muchacha, que vive desde hace poco a Hialeah, conversa con su madre, pero pide continuamente que se asomen a la pequeña pantalla del teléfono parientes y conocidos. Todavía no se adapta al nuevo sitio y esta forma de comunicación ayuda a paliar las nostalgias.

Hasta hace poco tiempo solo podría reunirse un número semejante de personas en un espacio público de forma espontánea si los congregara la música, en vivo o grabada. Las zonas de wifi en Camagüey y otros puntos del país han generado modificaciones sociológicas impensables porque, a diferencia de lo que ocurre en conciertos públicos y carnavales, no se trata de una multitud bulliciosa e indisciplinada, formada por grupos más o menos amplios que interactúan entre sí. Ahora lo que contempla el paseante son grupos pequeños, no muy ruidosos y muchísimos solitarios concentrados en las pantallas de sus dispositivos, porque cada segundo es oro para comunicarse con otros o bajar de la red películas, libros, noticias, o aplicaciones para enriquecer sus equipos.

Ciertas instalaciones como el Café Ciudad, frente al Parque Agramonte, han visto ampliarse exponencialmente el número de usuarios. Obtener una de sus mesas al aire libre es una verdadera proeza. Pero el público nuevo no es bebedor y bullicioso como ese otro que rodea y asedia a los turistas. Los recién llegados apenas consumen un refresco o una taza de café para justificar su permanencia en el lugar donde es posible disfrutar sentados de las atracciones de la red de redes.

La reciente aparición pública de Internet en Cuba, si bien todavía harto limitada, ha generado ya un apreciable cambio cultural. Por primera vez cierto número de ciudadanos, no necesariamente intelectuales, ni funcionarios autorizados, han tomado conciencia de las características de la “aldea global”. Se han roto fronteras en la comunicación y el acceso a las redes sociales ha permitido una visión menos estrecha de la existencia.

Por otro lado, si bien algunos en el mar de Google se limitan a admirar ciertos desechos flotantes, para otros es la oportunidad de acceder a gran velocidad a noticias, informaciones tecnológicas o de arte que influirán en su labor profesional y en su vida particular. Ya no se espera por el recorte enviado desde el otro lado del mundo, la revista o el libro en papel, o el disco que se iría deteriorando de mano en mano.

Todavía la cifra de los que pueden pagar una línea de celular, adquirir una laptop o una tablet es bastante baja respecto a ciertos estándares internacionales, pero sin duda es creciente y la información que obtiene una persona se multiplica en las horas siguientes de manera exponencial. Camagüey y toda Cuba verán en muy poco tiempo los efectos de tal cambio, equivalente a aquellos que produjo la entrada en la isla del teléfono o del cine.

No todos son optimistas con estas transformaciones. Un músico de la banda me confió su temor de que, en plazo no muy remoto, los conciertos quedaran totalmente sin público y terminaran por desaparecer. Una tradición centenaria, que un viajero del siglo XIX llamara “la ópera de los pobres”, se iría sin dejar rastro, desplazada por una tecnología con opciones al parecer más atractivas. Le recordé que el surgimiento del cine no hizo desaparecer al teatro, así como el libro electrónico no arruinó totalmente la impresión de volúmenes en papel. Ahora, un grupo de personas vivía la fiebre de una forma nueva de cultura, que en la medida en que se generalizara y se hiciera de uso cotidiano, se manejaría con menos ansiedad y se le permitiría convivir con manifestaciones más antiguas, porque en último caso, la cultura cotidiana se hace con una integración de cosas viejas y nuevas que se armonizan de manera impensable.

La Banda Municipal de Camagüey puede continuar tranquilamente con sus ensayos y retretas. La música siempre encuentra el modo de resistir en cada etapa de la historia. No hay que olvidar que su más lejana antecesora, la Banda del Regimiento de León, llegada a la ciudad en 1821, tocó en un ambiente muy diferente: el de una soñolienta ciudad de tierra adentro cuyo único foco de cultura era la Real Audiencia asentada a pocos metros de la Plaza de Armas, lo no impidió que a inicios del siglo XX Camagüey pudiera ofrecer a la naciente República dos notables compositores y fundadores de bandas: José Marín Varona y Luis Casas Romero, este último, además, pionero de la radio en Cuba.

Para esta segunda década del XXI habrá que encontrar una manera propia y atractiva de ofrecer retretas, incluida la posibilidad de que alguien las trasmita en vivo o en video, gracias al wifi, para sus amigos o parientes nostálgicos en cualquier parte del mundo.(2015)

 

Un comentario

  1. Minerva Lezcano

    Me encanta esa imagen de lo real maravilloso.

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