La calidad y “el respeto al pueblo”

A propósito de marcas y precios.

Jorge Luis Baños - IPS

Lo cierto es que en cuanto al tema de la calidad aún queda mucho por resolver, incluso si se trata del mercado interno

Después de una larga e interminable cola en la famosa heladería Coppelia de La Habana, quizá usted -como yo-, haya intentado recuperar sin éxito el sabor extraviado de aquellos helados de su juventud o su ya lejana infancia. Una época en que todos reconocíamos las excelencias del “mejor helado del mundo”, a riesgo de parecer chovinistas y sin campañas publicitarias para convencernos.

Porque a pesar de haber vivido tanto tiempo de espaldas al mercado y bastante ajenos a la publicidad comercial, al parecer resulta incuestionable la tendencia a relacionar el nombre de un producto con sus características distintivas, lo que hasta cierto punto condiciona las expectativas del consumidor y en parte explica el efectivo uso de las marcas comerciales. No es extraño entonces que nuestra obstinada memoria se empeñe en recobrar el sabor perdido del helado Coppelia en la triste mediocridad del Varadero, cada vez que visitamos la famosa heladería.

El tema vuelve a la actualidad a propósito de un reportaje difundido por la televisión cubana, realizado en la mismísima fábrica del otrora célebre helado, donde se explican algunas de las causas que hacen prácticamente imposible mantener sus antiguos niveles de producción y calidad: el déficit de materia prima y sus altos costos en el mercado internacional.

Sin ir más lejos, en la elaboración del helado de coco antes se usaba la leche extraída de esa fruta, pero ni siquiera ese ingrediente se encuentra disponible, y en ocasiones hasta se ha tenido que utilizar azúcar importada para no interrumpir la producción.

El reportaje no se cuestiona por qué faltan todas esas cosas que, como las frutas o la propia leche (por no hablar del azúcar), podrían producirse en Cuba en cantidad suficiente para abastecer a la población y proveer además a la industria alimenticia, aunque sí deja claro que en su lugar se utilizan sustitutos que, entre otros factores, son los responsables de la innegable diferencia de calidad entre este producto elaborado por la misma fábrica Coppelia y comercializado en pesos cubanos en la conocida heladería habanera, y aquel que muchos conservamos con tanto agrado en nuestra memoria gustativa y ahora se reserva al mercado en pesos convertibles.

En el mundo moderno resulta tan difícil alcanzar el reconocimiento y el éxito de cualquier marca comercial, que son los propios fabricantes y las empresas comercializadoras los primeros interesados en velar por la calidad de sus producciones y proteger la imagen de un sello que en determinado momento logró ser reconocido y aceptado por los consumidores. Sin ir más lejos, una de las mayores garantías para asegurar la competitividad de los rones y tabacos cubanos destinados a la exportación es precisamente su calidad. Descuidarla podría comprometer la imagen del producto con la consiguiente pérdida de clientes y el descrédito de la marca. ¿Por qué entonces aceptar como un hecho natural la baja calidad de algunas producciones destinadas al mercado interno?

Tal vez ello se debe en gran parte a que ese requerimiento no resulta tan imperioso en nuestro caso, debido a que la oferta siempre se ha mantenido por debajo de la demanda y poco importa si el helado es Varadero o Coppelia, pues se venderá de cualquier forma con independencia de su calidad. Y como apuntaba una de las personas entrevistadas para el reportaje televisivo, haciendo gala de cierta resignada “filosofía” de consumidor a prueba de continuas escaseces: “es barato y es lo que tenemos”.

¿Y dónde queda entonces aquella frase, que ahora parece demodé, sobre el “respeto al consumidor”? Vaya usted a saber, pues con marcas comerciales o sin ellas, los altibajos en la calidad de nuestras producciones alimenticias no se limita a los helados.

Durante los años 1980, tras varias décadas en que prácticamente sólo era posible adquirir los alimentos normados a través de la libreta de abastecimientos, el estado fomentó por primera vez un mercado paralelo de venta liberada a mayores precios. Así reaparecieron la leche, los huevos, el pollo, la mantequilla y hasta un tipo de jamón que el ingenio popular bautizó como “plástico”, para diferenciarlo de aquel otro cuya textura, olor y sabor original había sido conservado por muchas personas en su memoria gustativa.

Algo parecido ocurrió después con el famoso picadillo “enriquecido” con soya, y que por muy sano y nutritivo que fuera, difícilmente podría sustituir en el imaginario popular al “verdadero” picadillo de res, ese elaborado con la llamada carne “de segunda”, y que preparado en recetas como el conocido “picadillo a la habanera”, con sus correspondientes aceitunas, forma parte incuestionable de la cocina tradicional cubana.

Aunque algo hemos avanzado desde aquellos “perros sin tripas” de dos décadas atrás, el problema de la calidad se extiende a otros productos que incluso no son tan baratos y hasta se venden en pesos cubanos convertibles (CUC), con la carga que ello representa para los bolsillos cubanos, ahora que la libreta ha quedado reducida a la mínima expresión.

Para comprobarlo solo hay que visitar los establecimientos que comercializan embutidos, salados y ahumados. Es bastante difícil encontrar dos jamones del tipo “vicking” iguales o de la misma calidad -aunque la libra nunca costará menos de 30 pesos MN-, y otro tanto sucede con las mortadelas, salchichones y jamonadas.

Sobre los chorizos y las morcillas ni hablar. Tanto si se toman como referencia los embutidos criollos elaborados en la desaparecida fábrica “El Miño”, enclavada en uno de los barrios capitalinos, o los embutidos españoles comercializados alguna vez en la red de tiendas recaudadoras de divisas, la diferencia es tan decepcionante que tal vez los actuales fabricantes de chorizos y embutidos cubanos deberían aclarar en la etiqueta que cualquier parecido con el original es pura coincidencia, como advierten ciertas películas de ficción inspiradas en hechos reales.

Ya ve usted, así como hay helados y helados…, hay chorizos y chorizos. Lo cierto es que en cuanto al tema de la calidad aún queda mucho por resolver, incluso si se trata del mercado interno y más aún cuando se encuentran implicadas determinadas marcas comerciales de reconocido prestigio. El respeto elemental hacia el consumidor supone un compromiso que en ningún caso debería ser ignorado, aún en aquellos productos que carecen de marcas, y especialmente en aquellos que ya vienen “marcados” por sus elevados precios.

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