La extraviada edad de la inocencia

Una epidemia universal.

Eran cinco niños y una niña –todos entre 8 y 10 años– en la cafetería, y uno de los varones era incitado por los otros para que cortejara a la niña, la cual no mostraba signos de enojo, o incomodidad, diríase que para ella la situación era “normal”. Los adultos presentes en el sitio no prestaban atención a estos hechos, solo yo me preguntaba dónde habría ido a parar la inocencia de esos menores.

Desde hace mucho tiempo temas afines despiertan inquietudes: fiestas para niños donde no hay juegos ni canciones infantiles, sino música tecno y reguetón, celebraciones que casi siempre terminan en altas horas de la noche, con ron, cerveza, y mucha bulla.

No hay que ser experto en el tema para saber que esas prácticas conllevan a graves consecuencias para la infancia. Los padres que exacerban la precocidad en sus hijos están violentando un proceso natural, favoreciendo la pérdida de esa etapa de la vida para los mismos, privándolos de descubrir, poco a poco, con sus ojos, el universo que les rodea. Los están condenando a la infelicidad.

El asunto es de ámbito global, pero cada país aporta causas propias. En Cuba, el régimen de escuelas en el campo que imperó durante unas cuatro décadas, contribuyó a una relación inarmónica entre los niños y adolescentes becados con sus padres y el resto de la familia.

Una gran parte de esos becados comenzaban muy tempranamente las relaciones sexuales, y muchas de las preguntas sobre sexo que se les hacen a los padres quedaban sin formularse. El erotismo se instalaba a destiempo, desterrando la inocencia.

Claro que no solamente las becas fueron el caldo de cultivo de la iniciación sexual y aprendizaje prematuros, también es así en hogares con un clima de promiscuidad, donde los niños deben convivir junto a varias generaciones, se comparte un lenguaje común y apenas existe privacidad. Aunque aún, en casos similares, hay padres y madres que educan a sus hijos adecuadamente, resguardan su pudor, una palabra cada vez más en desuso.

Es curioso como un hombre tan adelantado a su tiempo como José Martí, en carta a la niña María Mantilla, fechada en México, en 1894, le comenta: “… lo admirable aquí es el pudor de las mujeres, no como allá, que permiten a los hombres un trato demasiado cercano y feo”.

Se ha hecho común, en numerosas familias, que los niños y las niñas vean programas televisivos (seriales y telenovelas, principalmente) impropios para su edad, con lo cual acceden a zonas de la realidad que no les corresponden aún: conflictos amorosos, modos de vida, vestuarios, lenguaje de adultos, violencia, crimen, entre muchos.

Como consecuencia del seguimiento a esos audiovisuales, los niños reproducen, posteriormente, los lenguajes y modos de los personajes, con quienes se identifican y a los cuales tratarán de imitar en su forma de vestir, su gestualidad, su comportamiento.

El vestuario es otro de los elementos donde se han ido borrando las diferencias entre niños, adolescentes, jóvenes y adultos. Muchos padres introducen a sus hijos en el juego de la moda y la competencia con la ropa y el calzado, inoculándoles su propia confusión, su mal gusto. Vale la pena recordar, al respecto, otra de las cartas de Martí a María Mantilla:

“[…] Es como la elegancia, mi María, que está en el buen gusto, y no en el costo. La elegancia del vestido,–la grande y verdadera,–está en la altivez y fortaleza del alma. Un alma honrada, inteligente y libre, da al cuerpo más elegancia, y más poderío a la mujer, que las modas más ricas de las tiendas”.

Ciertamente, los niños y las niñas que, por un mal proceder de los padres, por un temprano embarazo, por necesidades económicas, o por otras causas, saltan abruptamente la etapa más hermosa de la vida, serán reproductores potenciales de esas mismas conductas con sus futuros hijos.

Se ha repetido bastante que los hijos se parecen más a su época que a sus padres, y la época en que vivimos es la principal impulsora de niños y niñas que cada vez más participan en actividades que debieran ser exclusivas de los mayores, pero es responsabilidad de las instituciones de cada sociedad, con la familia a la cabeza, hacer su papel educador para preservar la infancia.

Comencé esta crónica con el relato de un testimonio personal, y quiero concluir con otro: unos tres meses atrás, mientras viajaba en un ómnibus, vi a un niño de unos 7 años que, celular en mano, bailaba y se retorcía sobre el asiento, siguiendo el ritmo reguetonero que brotaba del teléfono, y sentí pena y lástima por aquel niño, cuyo gusto ya estaba deformado a tan temprana edad, y recordé una de las cartas del Apóstol dirigidas a María Mantilla; aquella donde dice:

“A mi vuelta sabré si me has querido, por la música útil y fina que hayas aprendido para entonces: música que exprese y sienta, no hueca y aparatosa: música en que se vea un pueblo, o todo un hombre, y hombre nuevo y superior. Para la gente común, su poco de música común, porque es un pecado en este mundo tener la cabeza un poco más alta que los demás, y hay que hablar la lengua de todos, aunque sea ruin, para que no hagan pagar demasiado cara la superioridad. Pero para uno, en su interior, en la libertad de su casa, lo puro y lo alto”.

(2015)

Un comentario

  1. Maikel

    “Quien tiene mucho adentro, necesita poco afuera. Quien lleva mucho afuera, tiene poco adentro, y quiere disimular lo poco. Quien siente su belleza, la belleza interior, no busca afuera belleza prestada: se sabe hermosa, y la belleza echa luz”.

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