La Habana múltiple y esquiva

Guía para conocer la capital cubana.

Cantada por poetas y trovadores como pocas ciudades, historiada y fabulada hasta el cansancio, La Habana arriba al medio milenio de fundación plantada en su imagen seductora y esquiva, inatrapable desde la postal, huidiza desde las leyendas que la confirman o la desmienten, pero abierta al encuentro de su diversidad, a la experiencia descubridora en sus infinitos caminos.

Quien quiera aventurarse en el intento por ir al encuentro de la diversidad de San Cristóbal de La Habana, debe echar a un lado los acercamientos en la superficie, abandonar el remanso turístico, la propaganda a favor y en contra, las visitas a Miramar, El Vedado, La Habana Vieja y Centro Habana, y partir hacia las periferias, no en taxi ni almendrón, sino en las atestadas guaguas que van a esos sitios que no aparecen en los paquetes de todo incluido.

Un posible inicio de la aventura puede ser “luchar” por el abordo de un P 11 frente al Capitolio, un ejercicio donde deberá correr de un lado a otro, a lo largo de la calle Prado, jugando al agarrado, ese juego donde tanto se divierten los choferes habaneros. Sería un buen comienzo para ponerse a tono con el ciudadano más común, a ras del suelo.

Digamos que ya usted abordó el P 11, incluso que pudo aferrarse a uno de los tubos y no está aún dando tumbos en el pasillo; pensemos además que no sufrió demasiado para subir al ómnibus, que conserva intacto su cuerpo y sus pertenencias y ahora trata de relajarse en el viaje, casi feliz porque emprendió un camino desconocido y prometedor. Pero mantenga los sentidos en alerta, no se relaje demasiado, recuerde el estribillo de Orichas: “Aquí no hay vida para los mareaos”.

Supongamos que el P 11 ya cruzó el túnel de la bahía y sobrepasó la entrada de las fortalezas de El Morro y La Cabaña; usted sigue de pie, lo que le permite, tal vez, mirar hacia ambos lados: a su izquierda encontrará, interrumpiendo la vista marina, el reparto Camilo Cienfuegos; a la derecha, el hospital Naval y, a sus espaldas, un cinturón de marginalidad profusamente habitado. No es necesario, en esta primera experiencia, llegar hasta allí: corre el riesgo de caer en un agujero negro fuera del tiempo.

El P 11 avanza por la carretera Monumental y usted avista, al norte, el muy deteriorado estadio construido para los Juegos Panamericanos de 1991: en sus pistas crece la yerba y pastan los chivos; seguidamente, la villa Panamericana, nacida con el mismo objetivo, fabricada con trabajo voluntario de los habaneros; al fondo, el pueblo de Cojímar; mirando al sur, a su derecha, el reparto Guiteras, obra de las microbrigadas.

Adentrarse en el reino de las microbrigadas es el objetivo supremo de este viaje a lo más intrincado de La Habana, pero para conocerlo en todo su esplendor hay que seguir en el P 11 hasta su destino final: Alamar.

Quien transite por la Vía Blanca rumbo a las playas del este de La Habana, o más allá, hacia Matanzas, Alamar es un espacio apenas advertido a su izquierda, entre Cojímar y playa Bacuranao; pero si usted penetra en su interior, es otra la historia y el paisaje.

Alamar es una extensión de la ciudad, cuyos orígenes datan de la década de 1950, envuelto en la expansión hacia el nordeste de la capital, dentro de la cual se construyeron la Vía Blanca, el Túnel de la Bahía, la Avenida Monumental; y los repartos Santa María del Mar, Balcón de Santa María, Mégano, Tarará, Celimar, Colinas de Villa Real, El Olimpo, Costa Azul de Alamar, Residencial Alamar, Parque Residencial Bahía y Residencial Vía Túnel.

En Alamar, aquel proyecto constructivo de los cincuenta recibió un golpe de timón unos pocos años después; a partir de los sesenta, en lugar de ser un paraje para el esparcimiento de la burguesía habanera, el gobierno revolucionario cambió “su objeto social”: se convirtió en sitio de hospedaje para colaboradores militares, ingenieros y técnicos procedentes de las repúblicas soviéticas, así como de varios países de Europa del Este; aunque todos, a nivel popular, recibieron el mismo apelativo: “rusos”.

En la década siguiente, Alamar vuelve a estar en el centro de otro proyecto: se torna en una gigantesca zona de crecimiento constructivo, el sitio donde se ejecuta la mayor cantidad de edificios para viviendas multifamiliares, construidos con la fuerza de trabajo de los futuros residentes (microbrigadistas), un proceso que se paralizó en los noventa.

Pero ahora usted debe estar atento, porque cuando el P 11 abandona la vía Monumental y se adentra en los predios alamareños, pierde el sentido de realidad: el ómnibus avanza, pero le parece que no es así porque sigue viendo el mismo edificio, una y otra vez el mismo edificio, el mismo edificio, el mismo edificio.

Hasta que, repentinamente, se avistan viviendas de una sola planta: son “las casitas de los rusos”, en la zona 1, donde se dieron las primeras manifestaciones de mercado negro en la capital, pues “las rusas” vendían o intercambiaban con los cubanos los productos adquiridos en las llamadas diplotiendas.

Todavía es posible encontrar una “rusa” en Alamar. Quedan pocas, pero su lenguaje las delata; son sesentonas nacidas en Kiev, Minsk, o una perdida aldea georgiana que no han vuelto a ver; ya están aplatanadas en la isla y divorciadas de los primeros maridos cubanos, con los que aportaron al ajiaco nacional algun(a) Liudmila, Tatiana, Yuri, o Serguey, a quienes también les dicen “rusos”.

En Alamar conviven personas procedentes de todos los municipios habaneros y de todas las provincias del país, las microbrigadas fueron un experimento de ingeniería social: en los edificios multifamiliares se mezclaron el médico, el ingeniero, el obrero, el artista, el asere, el militante comunista, el babalao, el católico y el testigo de Jehová: cuarenta y cuatro familias conviviendo en un mismo espacio, varios centenares acudiendo al mismo mercado, cientos de millares tratando de llegar a tiempo al centro de trabajo, al otro lado de la bahía.

Los edificios construidos por las microbrigadas transformaron una institución que nos dejó la colonia: el solar o cuartería, que en lugar de prolongarse horizontalmente, creció hacia arriba, originando los solares verticales, toda una aportación del modelo arquitectónico socialista que proliferó en los setenta y los ochenta.

Los vecinos de Alamar fueron los primeros en hacer uso de la criatura capitalina más mediática de las dos décadas anteriores, aquel híbrido de camión, tráiler y ómnibus donde se apiñaban varios centenares de pasajeros y que la terminología oficial nombrara eufemísticamente metrobús, pero que la sabiduría popular apodara camello, la palabra justa para nominar las nobles bestias que atravesaban el desierto habanero.

Los actuales ómnibus llamados P son una continuidad de aquellos mitológicos transportes que tantos turistas fotografiaron, pero que pocos se aventuraron a tomar para viajar hasta San Agustín, Alberro, El Calvario, Santiago de las Vegas, o Alamar.

Ahora que usted se embarcó en esta aventura, no se quede a medio camino, no solo de descubrir a la otra (y verdadera) Habana, sino de comenzar a entender Cuba: hospédese un par de semanas en un apartamento de Alamar y comparta la vida de allí con los más humildes. Será un ejercicio difícil, pero necesario para el conocimiento de una ciudad de 500 años, fabulosa y diversa, inatrapable desde la nata que oculta sus esencias.

(2015)

 

 

2 comentarios

  1. ALINA FRANCO

    excelente articulo.

  2. david

    Artuculo de lujo.

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