La lectura, ¿idilio o apocalipsis?

A propósito de la XX Feria del Libro.

Ángel Baldrich

Las estadísticas de librerías y bibliotecas permiten seguir un extraño derrotero sobre la lectura entre nosotros: se demandan hasta la exageración los títulos destinados a los niños

Cada año, cuando contemplo a las familias que bajan por las faldas de la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña, cargadas con sus bolsas de libros rumbo a los ómnibus, vuelvo a preguntarme si no exageran aquellos que se lamentan por la disminución, que consideran exagerada, del número de lectores. ¿Será que esas personas han invertido tiempo y dinero para adquirir algo que no van a consumir?

La sociología que estudié en la universidad y esa otra que aportan los años vividos, me han demostrado esa verdad de Perogrullo que es: la estadística de los libros vendidos no puede ser interpretada como constancia de títulos leídos.

Un título puede ser adquirido por alguien por razones de cortesía, de prestigio, de compromiso y ser devorado por el polvo y la humedad en un librero, en un closet o convertirse en materia prima reciclable, sin que persona alguna haya pasado la vista por sus páginas. Es una lástima que nadie haya estudiado las razones que hacen recalar un volumen en una librería de viejo, o peor, en las lomas de basura de un solar yermo.

¿Quiénes leen? ¿Qué se lee? Son preguntas que siempre se responden de manera aproximada e inexacta. Es mucho más sencillo saber quiénes practican deportes o asisten a centros nocturnos, e incluso, cosas mucho más delicadas como los hábitos y tabúes sexuales. Leer sigue siendo una cuestión misteriosa e íntima, que excede el acto físico de pasar los ojos sobre un texto, para convertirse en una operación intelectual compleja.

En Cuba, donde es tan difícil encontrar a un verdadero analfabeto y donde los libros – al menos los de la industria nacional-, a pesar de ciertos incrementos recientes en sus precios, siguen estando entre los más baratos del mundo, las acciones dirigidas a promover la lectura tienen ya una larga data. Quizá desde el nacimiento de la Imprenta Nacional con aquella edición popular de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, plagada de erratas y de grabados de Doré oscuros hasta lo inverosímil, pero que ponía el texto, pregonado hasta por los vendedores de periódicos, en manos de casi todo el mundo.

Hoy no sólo habría que preguntarse qué se hicieron aquellos miles de ejemplares, tan difíciles de rastrear actualmente en las bibliotecas privadas y públicas como aquellos otros títulos de gran tirada que recuerdo en los estantes pintados de esmalte blanco de mi escuela primaria: Los bienes terrenales del hombre, El pequeño ejército loco, Cómo el hombre se hizo gigante, Así se templó el acero; sino también ¿cuántos cubanos entre 1960 y 2000 han leído aunque sea algunos capítulos del Quijote?

Las estadísticas de librerías y bibliotecas permiten seguir un extraño derrotero sobre la lectura entre nosotros: se demandan hasta la exageración los títulos destinados a los niños. El maestro Herminio Almendros ignoraba, por ejemplo, que cuando compiló un grupo de cuentos y poemas clásicos destinados a la infancia o de lectura provechosa para ella, estaba forjando con su Había una vez un auténtico best seller, reimpreso una y otra vez durante décadas, sin que por ello quede jamás satisfecha la demanda, hasta el punto de que cualquier presentación pública de tal libro, necesite habitualmente del concurso policial para mantener a raya a los lobos y brujas del auditorio.

La demanda de libros para adolescentes y jóvenes, en cambio, es un poco menor. Muchos de los que ya transitaron por Perrault y Andersen no llegan hasta los brazos de Salgari, Nostlinger y Frabetti. Y en cuanto a los textos para adultos, son las novelas sentimentales las que continúan robando la atención de las lectoras -¿quién diría que la ya muy añeja Rebeca de Daphne du Maurier sigue gozando de una infatigable popularidad en nuestra isla? Mientras que los del sexo masculino –tampoco ellos solos- parecen inclinarse por las novelas policiales, como bien lo saben Padura y Chavarría, quizá los únicos escritores insulares cuyas obras pueden competir con los récords de Había una vez.

A esto habría que añadir el tráfico oculto de libros de moda en el mundo, no accesibles en nuestras librerías, pero que circulan hasta la saciedad, sea en sus ediciones originales o en versiones impresas en computadora. Gracias a esos caminos, no pocos han disfrutado de las sutiles fugas de Papillon, los vericuetos morbosos de las labores del Exorcista, las inacabables aventuras de Harry Potter o las no menos excesivas especulaciones seudomísticas de Paulo Coelho.

En los últimos tiempos los libros de autoayuda van acaparando cierto sector de los lectores, como en otras partes del mundo, y así mismo ya han retornado al barrio chino o a la Calzada de 10 de Octubre, aquellos viejecitos que junto a periódicos y revistas de vieja data, expenden de manera nada oculta, una que otra Biblia, el Libro de los espíritus de Allan Kardec y hasta un manual de brujería con recetas prácticas que parece muy prometedor.

A veces, un libro goza de una singular popularidad más allá de las intenciones de su autor. Así sucedió con Paradiso, la laberíntica novela de José Lezama Lima, cuya aparición en 1966 fue un suceso, tanto por la supuesta pornografía de su capítulo octavo, como por el intento de ciertos funcionarios de frenar su circulación. Durante años esa primera edición fue mercancía de muy alto valor y las dos primeras reediciones, hechas por Letras Cubanas, veinte años después, despertaron una furiosa avidez entre los lectores de una generación más joven. Sin embargo, es preciso confesar que la última edición de la novela, como parte de las obras completas de Lezama a propósito de su centenario el pasado año, no despertó igual interés público. Ya no se trata de alguien “problemático” sino de un autor establecido, publicado con tanta naturalidad como se haría con Cirilo Villaverde, y por tanto ya no atrae a los buscadores de lo sensacional. Paradiso hoy es lectura para ciertos académicos -¿quién lo diría?- o para algunos círculos de élite, aunque a veces haya sorpresas como la de cierta ama de casa camagüeyana, quien se impuso la tarea intelectual de leer el libro, con la asesoría de entendidos y hasta procuró extraer las enseñanzas espirituales que ella intuía allí ocultas.

No creo que haya que rasgarse las vestiduras porque ciertos medios de difusión parezcan arrebatarle público y tiempo a la lectura. Las novelas radiales primero y las televisivas después, parecieron monopolizar la atención de aquellos que en otra época se hubieran sumergido en los folletines de Rocambole y Fantomas o en las terroríficas novelas por entregas de Carolina Invernizzio. El cine, de manera más o menos incompleta, ha acercado a un número amplio de personas los dramas de Shakespeare, tanto como las novelas de Hemingway o Tolstoi. La computación y sobre todo la muy alabada y denostada Internet han venido a hacer más complejo el panorama y los impresores se llevan las manos a la cabeza y anuncian el Apocalipsis. ¿Ya no habrá personas que quieran comprar un volumen de papel y llevárselo al jardín o a la cama, para leer en paz?

Soy de los optimistas que no creen que el libro de papel vaya a desaparecer, aunque haya libros electrónicos y en un disco de texto puedan caber “Los cien mejores libros del mundo”, sólo que leer hoy significa otra cosa, muy diferente a otros tiempos.

Cuando en mi infancia, a causa de una precoz lectura de la Ilíada, en la nada potable traducción de Hermosilla (única disponible en aquel momento), me interesé en la mitología griega, debí acudir a un librito providencial: Mitos y leyendas de la Antigua Grecia y durante años tuvo que bastarme con ello, hasta que pude leer en francés y acercarme a los textos de Richepin, difíciles de hallar y desactualizados, pues no había otros hasta que se imprimieron en Cuba algunos títulos de Robert Graves.

Sin embargo mi hijo, sin apartarse de la computadora de su cuarto, ha tenido noticias de Zeus, de Artemis y de Afrodita, aunque eso alterne con videojuegos indeseables y filmes más torpes que aquellas truculentas series de Feuillade que arrastraban a los espectadores franceses cada semana al cinematógrafo, a inicios del siglo XX. Nuevos tiempos, nuevas formas de lectura y desde luego nuevos peligros para el humanismo, aunque éste, desde sus inicios, siempre haya estado amenazado por la violencia y la estulticia.

Por eso, cuando veo a las familias que salen de la inhóspita Fortaleza de San Carlos de la Cabaña, quiero creer que han gastado su dinero no sólo en artesanías exóticas o en meriendas y bebidas y que llevan en sus bultos algún libro que probablemente cambie la vida a los más jóvenes de ellos, da lo mismo que sea Había una vez, unos cuentos venezolanos o El hombre que amaba los perros.

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