La Virgen y la nación

Un evento dedicado a la Patrona de Cuba.

Jorge Luis Baños - IPS

Para los practicantes de la Regla de Ocha la Caridad ha sido asociada con Ochún

Los dieciochescos claustros del Convento de la Merced en Camagüey han acogido la celebración, entre el 9 y el 12 de junio, del VI Evento Nacional de Historia “Iglesia Católica y nacionalidad cubana”, auspiciado por la Sección para la Cultura de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba.

 

Su tema principal en esta ocasión fue “La Virgen de la Caridad del Cobre y la nación cubana”, en consonancia con la celebración el próximo año de los 400 años del hallazgo de la imagen en la bahía de Nipe.

El evento fue inaugurado con una conferencia a cargo del cardenal Jaime Ortega Alamino, pronunciada desde el presbiterio de la Parroquia de la Caridad, tercero de los templos erigidos en la Isla bajo esta advocación, en pleno siglo XVIII. Contó también con intervenciones especiales, ponencias y paneles, a cargo de figuras notables de la intelectualidad cubana como Eusebio Leal, historiador de la Ciudad de la Habana, el Dr. Eduardo Torres Cuevas y el Dr. Emilio Cueto, investigador y coleccionista cubano residente en Washington, DC, y otros invitados procedentes de Argentina y Estados Unidos.

Historia y leyenda se funden en los orígenes de esa advocación mariana, hallada hacia 1612, flotando sobre una tabla, por los hermanos Rodrigo y Juan de Hoyos, quienes iban a buscar sal en su bote, acompañados por el niño esclavo Juan Moreno. La imagen, que en realidad es una estructura de varillas con manos y cabeza, que debe ser vestida con trajes de tela, tuvo una accidentada ruta por tierras orientales, desde la costa de Nipe, pasando por el hato de Barajagua donde había fuertes huellas de la cultura taína, hasta hallar cobijo en una ermita ubicada en el Real de Minas del Cobre, muy cerca de Santiago de Cuba.

¿Cómo logró aquella modestísima figura “competir” con advocaciones tradicionales que contaban con el apoyo de la jerarquía eclesiástica, las congregaciones religiosas y las familias españolas asentadas en Cuba, fueran la Inmaculada Concepción, Nuestra Señora de los Dolores, la Virgen de los Desamparados y hasta la Virgen del Pilar, la popularísima “Pilarica”, Patrona de España? Los investigadores acumulan los argumentos, aunque en la cuestión hay mucho de azar y hasta de mito: los descendientes de los indígenas pudieron sincretizarla con Atabey; los trabajadores de las minas preferían esa imagen modesta, hija adoptiva de la Isla, a la enjoyada virgen venida de Toledo que sus explotadores veneraban en la parroquia del Cobre.

Muy pronto se le atribuyeron milagros. Se dice que cuando la imagen fue subida a la canoa, sus vestidos estaban secos. Que, sin embargo, algo mantenía de su condición de marinera, porque el ermitaño Matías de Olivera le reprochaba fugarse de su sitio y volver al amanecer con la ropa mojada, cuando no había peculio para comprarle otra nueva. Pronto comenzaron los fieles a solicitar y hasta a hurtar gotas del aceite de la lámpara que estaba ante ella, pues se afirmaba que curaba las úlceras y otros males.

Lo cierto es que en el siglo siguiente la devoción se había extendido a buena parte de Cuba y no sólo se levantaban templos, presididos por una réplica de la imagen en Sancti Spiritus y Puerto Príncipe, sino que los peregrinos remontaban caminos reales y veredas para llegar hasta el Cobre, con tales dificultades que el fraile franciscano José de la Cruz Espí se sintió llamado a crear una hospedería junto al asilo de leprosos que regenteaba en Puerto Príncipe, para que los viajeros tuvieran un lecho digno y algo de comida a su paso por esas tierras.

Aquella figura pequeña y de rostro moreno, fue cantada por poetas muy diversos. Baste con recordar los textos debidos a Juan Cristóbal Nápoles Fajardo (El Cucalambé), Luisa Pérez de Zambrana –nacida en las cercanías del Cobre-, el popular poeta neorromántico Hilarión Cabrisas, Gustavo Sánchez Galarraga y Emilio Ballagas, quien le dedicó todo un cuaderno titulado Nuestra Señora del mar. A ello habría que añadir numerosas canciones, entre las que se destaca “Imagen protectora” de Sindo Garay y un sinnúmero de décimas y coplas improvisadas.

Durante las guerras de independencia numerosos combatientes criollos llevaban una medalla suya o una cinta con la medida de la imagen, pues tales objetos debían de alejar de su poseedor los peligros. Medallas y cintas servían además para colocar sobre el vientre de las parturientas y librarlas de malos trances. Si los batallones de peninsulares llevaban a veces en sus estandartes a la Virgen del Pilar o a la de Covadonga, la de la Caridad fue tachada enseguida de “insurrecta” y hubo años en que algunas de sus imágenes tuvieron que ser puestas a buen recaudo para que no fueran confiscadas o profanadas por las autoridades coloniales.

Tal devoción explica, por ejemplo, que el estado mayor de Calixto García, fuera hasta su santuario a presentarle sus respetos, cuando los interventores norteamericanos impidieron que entraran en Santiago de Cuba para celebrar la victoria sobre España y también que fueran veteranos, capitaneados por Jesús Rabí y Agustín Cebreco quienes escribieran en 1915 al papa Benedicto XV, pidiéndole que la proclamara Patrona de Cuba.

De hecho, aunque para los practicantes de la Regla de Ocha la Caridad ha sido asociada con Ochún, a pesar de haber una abismal distancia entre la Virgen madre de Cristo y la sensual diosa de las aguas dulces y del amor promiscuo, hay toda una veneración popular, no estrictamente católica, pero tampoco fielmente sincrética, que se manifiesta en costumbres como “velar” la imagen con músicas y comidas en la víspera de su fiesta el 8 de septiembre, venerar sus imágenes y estampas y hacer promesas y peregrinaciones a su Santuario, de lo que dan fe los numerosos exvotos que éste atesora, entre los que pueden hallarse desde la medalla del Premio Nobel obtenido por Hemingway, libros de cualquier género, tesis y trabajos de diploma, preseas deportivas y un aluvión de documentos de que dan fe de alguna gracia recibida.

Era difícil escapar a veces de la fatiga en tan prolijo evento, donde de modo muy erudito se estudiaban cuestiones como los detalles de la iconografía de la imagen, en estudios que se preguntaban cuándo su imagen aparece con la barca de “los tres Juanes” y qué aspecto puede tener cada uno de ellos, o cómo se asocian con la moda de cada época los sucesivos vestuarios que la antigua imagen ha tenido.

Alguna vez salí de una sesión para reposar en las galerías o en el patio conventual, a la sombra de su vegetación centenaria y dejar vagar los recuerdos, entre ellos, uno muy lejano, remitido a mi más temprana infancia, cuando alguien me llevó de paseo y ante un inesperado chubasco hubimos de refugiarnos en el portal de un bar humilde y concurrido, precisamente en la barriada de la Caridad. Allí, en una de aquellas vidrieras o “puestos”, donde lo mismo se expendía una novelita policial que una pomada para los dolores de cabeza, había una pequeña litografía de la Patrona, esa, repetida hasta la saciedad, donde aparece la Virgen flotando en el cielo, escoltada por dos ángeles, mientras los Juanes luchan en su barca con el mar proceloso. Inmediatamente fui ganado por el atractivo de aquella estampa, tanto que insistí en adquirirla con el dinero que me habían dado para merendar y me acompañó en mi habitación durante unos años, aunque a mi madre le parecía de sospechosa ortodoxia. Cuando he vuelto a encontrarla reproducida en las páginas de los estudios de Fernando Ortiz, José Juan Arrom y Olga Portuondo, he sentido siempre que tengo una peculiar complicidad con ella.

Un tiempo después, visité con una tía Santiago de Cuba. Eran aquellos años difíciles, de confrontación entre la Iglesia y el Estado. Abordamos un auto de alquiler y mi tía debía decidirse por preguntar al chofer el modo de ir al Cobre. Ni su “traje sastre”, ni su collar, ni su perfume, eran los más tranquilizantes en aquellos tiempos donde católico, burgués y enemigo eran sinónimos, pero ella pasó por encima de todo y reveló nuestro propósito. Recuerdo que el dueño del auto la miró con complicidad y le explicó la ruta, no sin aclararle su particularísima teología: “Mire, yo no creo ni en Dios ni en los santos y mucho menos en los curas y obispos, pero aquí todos somos hijos de Cachita”.

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