Las voces auténticamente humanas para La Habana

Un lujo que nos trajo la Oficina de Leo Brouwer.

El Festival Les Voix Humaines ha convertido a La Habana durante casi un mes – desde el 25 de septiembre al 18 de octubre- en una de las plazas fuertes de la música en el mundo. Organizado por la oficina de Leo Brouwer con un extenso grupo de colaboradores, el encuentro reunió en la ciudad a un número apreciable de músicos de las más diversas latitudes, algunos de ellos casi desconocidos hasta la fecha para el público cubano, así como potenció la labor de muchos creadores insulares. Concursos, talleres de formación, ciclos de cine, exposiciones de plástica, contribuyeron también a este megaevento que ha sido un depurado sucesor de los legendarios encuentros de música de cámara que el gran guitarrista propició hasta fecha reciente.

Uno de los aspectos que el público valoró más fue el hecho de poder encontrarse con intérpretes que en muchos casos apenas conocía a través de grabaciones. Baste con recordar la presentación del grupo vocal masculino Take 6 de Estados Unidos en el Teatro Karl Marx el 26 de septiembre, así como las cantantes Dulce Pontes de Portugal, Maytén Martín de España y Jaramar de México. No habría que olvidar tampoco al cuarteto vocal The Hilliard Ensemble que en cuatro décadas de existencia ha ganado justa celebridad con sus interpretaciones de obras medievales, renacentistas y contemporáneas, entre estas últimas han promovido y grabado, con harta justicia, las obras del llamado “minimalismo sacro” del estonio Arvo Pärt (1935), músico brillante y de una franciscana sencillez humana con quien pude compartir hace pocos meses durante un encuentro en el Vaticano.

Desde mi punto de vista personal confieso haber quedado fascinado por dos de los recitales ofrecidos en el Teatro Martí. El primero de ellos, celebrado el 2 de octubre, bajo el título On the wings of the song por el Asteria Ensemble de los Países Bajos, lo considero una especie de clase magistral de lieder que jamás voy a olvidar. Hasta la fecha yo había escuchado, en recitales o grabaciones, un buen número de estas canciones basadas en textos de grandes poetas alemanes, debidas al genio de Schumann, Wolf, Brahms y otros autores. Sin embargo, habitualmente tuve la impresión de que el espíritu del texto casi siempre escapaba, en tanto las obras eran ejecutadas con una correcta frialdad y sin el más mínimo intento de poner un ápice de interpretación dramática en ellas. Esa noche ocurrió justo lo contrario: el cantante Sytze Buwalda, con una inusual tesitura de alto -registro ubicado entre las voces de contralto y mezzosoprano y no muy abundante en voces masculinas adultas- ofreció un auténtico espectáculo, acompañado por dos instrumentistas virtuosos y discretos: el mandolinista Ferdinand Binnendijk y la guitarrista Saskia Spinder. No solo leyó antes de cada interpretación la letra de la canción en un español bien fluido, sino que puso en cada una de las piezas de Schubert y Mendelssohn que ejecutó tanto los recursos de su canto excepcional como una gracia histriónica que nos remitió a los orígenes mismos del género, cuando estos autores tomaban textos de Heine, Goethe, Müller y los ponían en música para ser interpretados en tabernas y sitios de reunión de estudiantes y artistas, en oposición al gusto palaciego por la ópera italiana. Creo que por primera vez me sentí cómplice de ese refinado género de la lírica germana.

El segundo de los encuentros memorables ocurrió justo una semana después en el mismo escenario. Esta vez se trataba del célebre contratenor alemán Andreas Scholl, acompañado por el archilaúd del bosnio Edin Karamazov. Si el cantante pudo ganarse al público que llenaba el teatro con el barroco virtuosismo de la cantata Nel dolce tempo de Handel y con el misticismo sensible del coral Jesu meine freude, tomado de la Cantata BVW 147 de Juan Sebastián Bach, el momento inolvidable quedó reservado para la segunda parte cuando interpretó varias de las melancólicas canciones del compositor isabelino John Dowland (1563-1626), así como los Five English Folk Songs, obras anónimas en versión de Leo Brouwer. No hay que atribuir el éxito de la noche exclusivamente a la voz prodigiosa de Scholl sino al arte de Karamazov como demostró no sólo su sobria labor como acompañante sino la interpretación como solista del Preludio, sarabanda y giga de Bach.

Mas no todo el éxito del festival se debió a los invitados extranjeros. Gracias a la persistente labor de Ubail Zamora pudo celebrarse el Certamen de Contratenores en el Centro Hispanoamericano de Cultura, lo que contribuyó a dar visibilidad a un tipo de voz que hasta ahora solo era vista en la isla como una rareza destinada al gusto del Viejo Mundo. Así mismo, el Certamen de Voces a Capella, con un jurado presidido por René Baños, sentó sus reales en el Teatro del Edificio de Arte Cubano del Museo Nacional, una iniciativa necesaria en el ámbito musical cubano cuando comienza a extenderse esta modalidad musical, que ya tiene exponentes consagrados como el Conjunto Vocal Sampling.

La devolución de la zarzuela Cecilia Valdés al recién rescatado escenario del Teatro Martí fue otra de las jornadas memorables del evento. El público que abarrotó la sala en la función única del 26 de septiembre reconoció con sus aplausos la pertinencia de dar vida nuevamente a este clásico por antonomasia del teatro lírico cubano, que en esta puesta integral, dirigida por Juan R. Amán, hace relucir los valores fundamentales de la creación de Gonzalo Roig, en un montaje seguramente más riguroso que aquél de 1932, cuando fue estrenada en ese mismo coliseo por la mexicana Elisa Altamirano bajo la conducción musical del autor.

Otra función significativa fue la del domingo 11 de octubre en la Sala Avellaneda del Teatro Nacional, en la que el Teatro Lírico protagonizó la primera función de la ópera Alcina de Handel. Esta obra, con un libreto derivado del poema épico Orlando furioso de Ariosto, estrenada en Londres en 1735 –hace exactamente 280 años- es uno de los exponentes que han sobrevivido de la ópera barroca. Es la primera vez que la compañía sale de los límites de su repertorio habitual, centrado entre el romanticismo decimonónico y el verismo de los primeros años del siglo XX, para asumir esta compleja aventura, que incluye la dirección artística del joven cineasta Luis Ernesto Doñas, la asesoría musical de Ubail Zamora y el concurso de jóvenes cantantes entre los que se destacan Kirenia Corzo, Indira Echevarría, Teresa Yanet Pérez, Ulises Rodríguez y Luis Javier Oropesa.

No menos importante fue el concierto Un siglo entre natalicios: Esteban Salas y Laureano Fuentes, que tuvo lugar en la Iglesia del Espíritu Santo el sábado 3 de octubre. La ocasión reunió en la modesta parroquia colonial (que fue hace medio siglo, cuando la regía el Padre Ángel Gaztelu, el meridiano espiritual del grupo Orígenes), al Coro Orfeón Santiago, a la Camerata Vocale Sine Nomine, la Orquesta de Cámara de La Habana, el organista Moisés Santiesteban y diversos solistas vocales e instrumentales, quienes en la primera parte honraron la memoria del maestro Salas con obras poco conocidas de su autoría, entre las que nos parecieron especialmente significativas la antífona Tota pulchra II, interpretada por Sine Nomine y Moisés Santiesteban, así como el estreno del villancico Astros luminosos, compuesto para la Navidad de 1798, para tres tiples, acompañados por las violinistas Jenny Peña y Anabel Estévez, el cellista Roberto de la Mata y el clavecinista José A. Méndez.

En la segunda parte se estrenó el Stabat Mater dolorosa, secuencia a cinco voces con acompañamiento de orquesta, compuesto en 1872 por el compositor santiaguero Laureano Fuentes. Hasta la fecha la obra musical de este creador resultaba prácticamente desconocida para el público, a pesar de que a lo largo de su vida compuso obras de música religiosa, sinfónica, piezas para piano y voz y hasta una ópera, pero tales páginas parecían sepultadas en el olvido. Gracias a la musicóloga Iránea Silva esta composición destinada a ser ejecutada el Viernes Santo fue rescatada y transcrita. Aunque personalmente no creo que su interés vaya mucho más allá de lo histórico, en tanto Fuentes, a diferencia de Salas, no está profundamente compenetrado con el espíritu de la música religiosa, sino que toma como referente la música italiana marcada por el belcantismo operático de Rossini –autor también de un Stabat mater que Don Laureano pudo conocer- a Verdi, para producir una obra que más parece de exhibición vocal que de recogimiento litúrgico, sin lugar a dudas viene a llenar un sitio en nuestra historia de la música, la cual, gracias a Miriam Escudero y a sus alumnos  y colaboradores empieza a llenar muchos vacíos y despejar un sinnúmero de interrogantes. Fueron muy notables las ejecuciones en esta obra de los solistas Milagros de los Ángeles, Ubail Zamora, Eduardo Sarmiento, Roger Quintana y Reinaldo Cobas, así como el desempeño de la Maestra Daiana García al frente de la Orquesta de Cámara de La Habana.

Cuando pasen unos años y la ejecutoria de Leo Brouwer pueda ser considerada en toda su magnitud, no solo se reconocerá al guitarrista excepcional, al compositor meritorio que contribuyó a poner al día la música cubana, sino al dinamizador de nuestro ambiente artístico en diferentes épocas: hace décadas al frente del Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, en años más recientes rigiendo la línea artística de la Orquesta Sinfónica Nacional y ahora al frente de su ya legendaria Oficina que sabe convertir los imposibles en posibles y producir eventos con tal profusión de ofertas artísticas que solo parecerían realizables en las grandes capitales del mundo. Esa es una parte inalienable de su más auténtica labor creativa. (2015).

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