Leonardo Padura: Días de vino y rosas (1)

En dos entregas consecutivas, La Esquina…, publica fragmentos de un texto mayor concebido para la segunda edición del libro (A)cercando a Leonardo Padura, de José Antonio Michelena, crítico y editor cubano.

Algunos críticos consideran que el escritor caribeño alcanza una dimensión más universal con su novela El hombre que amaba a los perros, considerada, hasta ahora, su novela de mayor impacto internacional.

Foto: Tomada de www.las2orillas.co

En 1996, cuando su renovación de la novela policial cubana ya era un hecho, sostuve una larga conversación con Leonardo Padura. Publicada de forma parcial en 1997, vio la luz íntegramente hace apenas tres años. Dos décadas después hemos retomado el diálogo.[1]

Durante el tiempo transcurrido su obra siguió creciendo, sumando lectores y premios, de manera que el personaje de Mario Conde acumula ya nueve novelas y da nombre a una serie en la editorial Tusquets.

Por otra parte, la vocación histórica mostrada por el autor en La novela de mi vida y El hombre que amaba a los perros abrió nuevos cauces en su novelística y la ensancharon más a escala global. Sus últimas novelas, Herejes y La transparencia del tiempo, continuaron por ese camino.

Pero ni los premios ni la celebridad alcanzada han alterado la esencia humana del escritor y el hombre, quien mantiene el mismo empecinamiento con las palabras y la misma fidelidad a sus principios.

Padura, me gustaría retomar nuestra conversación de hace veintidós años por la última pregunta que te hice entonces, aquella donde respondes que en esta vida ya no serías ni un estelar pelotero ni un escritor genial. En aquel momento estabas escribiendo Paisaje de otoño, lo que iba a ser, dijiste, el último acto del ciclo novelístico de Mario Conde. Sin embargo, no fue así, Conde sigue vivo y actuante; y por otra parte, no has tenido que esperar a la reencarnación para demostrar la altura de tu talento. ¿Ninguna premonición te lo dejaba entrever?

Cuando escribía Paisaje de otoño estaba atravesando una crisis de crecimiento que me hacía sentir un poco inseguro. Escribía esa novela con las mismas exigencias de estructura, estilo, lenguaje de las tres obras anteriores de la serie y me sentía prisionero dentro de mi propia creación. Sabía que quería escribir algo distinto, que necesitaba hacerlo, pero debía cumplir con el empeño de que esas cuatro novelas de Conde tuvieran la coherencia de poder funcionar como episodios de una gran novela, Las cuatro estaciones.

Padura junto a los actores Jorge Perugorría (Mario Conde) y Carlos Enrique Almirante (sargento Manolo Palacios), protagonistas de la adaptación cinematográfica de Las cuatro estaciones.

Foto: Cortesía de Padura

Mientras, habían pasado dos cosas decisivas en mi vida: había ganado el Premio de Novela Café Gijón y la editorial Tusquets —ese sueño que siempre creí imposible— me había publicado Máscaras y publicaría Paisaje. Editorial y económicamente aquellos dos hechos habían significado una revulsión tremenda de mis expectativas y aspiraciones, a lo que se sumaba el hecho de que Máscaras ya se estaba traduciendo a tres o cuatro lenguas extranjeras.

Definitivamente, mi vida había cambiado. Estaba donde nunca había pensado llegar y no era capaz de sentir «premoniciones» de que podrían llegar otras cosas como las que me han llegado, porque todo, todo, ha sido el resultado del trabajo, el esfuerzo, la paciencia, la perseverancia. Y tú lo sabes.

Con respecto a Mario Conde, pues pensaba que con cuatro salidas al cajón de bateo había cumplido su ciclo vital; en Paisaje dejaría la policía, terminaría su recorrido por la ida cubana de aquellos años, y no pensaba «casarme» con él para siempre.

Después pasaron otras cosas importantes: comencé a escribir La novela de mi vida, en la que ensayaba lenguajes y estructuras diferentes, en la que me movía por épocas también diferentes; pero la escritura se volvió tan agónica que en un momento tuve que dejarla y fue cuando escribí, de un tirón, en tres meses, Adiós, Hemingway, a petición de mis editores brasileños de entonces, y decidí recuperar a Conde, diez años más viejo, para resolver mis problemas «personales» y artísticos con el maestro de mis primeros años de escritura.

Gracias a esa novela breve, hallé las soluciones que no encontraba para la grande y pude continuar y terminarla. Entonces mi gratitud hacia el personaje de Conde se convirtió en compromiso, en revelación de su capacidad de moverse en el tiempo, en la ciudad, en la historia, y por eso todavía hoy (2018) andamos juntos por el mundo. Y el de las premoniciones es Conde, no soy yo.

En tu novelística posterior a Fiebre de caballos, en solo dos ocasiones no has utilizado a Mario Conde: en La novela de mi vida y en El hombre que amaba a los perros. Para establecer el contrapunto —con los personajes históricos— que necesitabas en esas dos novelas tuviste que crear a Fernando y a Iván. ¿Cuán difícil te fue prescindir de Conde y la creación de esos dos personajes? ¿Puede haber una novelística futura sin Conde?

En esas dos novelas la posibilidad de introducir a Conde habría sido limitar mis necesidades de entrar en otros conflictos, formas de vivir y pensar, a pesar de que Iván y Fernando Terry son contemporáneos de Conde (incluso los tres se conocen) y expresan todos los diversos traumas de mi generación. Por lo tanto no fue difícil prescindir de Conde.

Lo difícil es mantener el trabajo con Conde después que ha pensado y hablado sobre casi todo lo humano y hasta lo divino. Su mundo es muy suyo, sus reacciones son muy personales, se revuelca en su universo que él mismo desea que sea cerrado (su barrio, su casa, su mujer, sus amigos, sus libros, su perro) y es cada vez más difícil enfrentarlo a conflictos nuevos, pues, para colmos, se está poniendo viejo.

Por suerte, al moverlo en el tiempo pues encuentro situaciones diferentes dentro de un mundo —el cubano— donde en esencia seguimos por años más o menos en lo mismo. Pero lo cierto es que entre el año 1989 de «Las cuatro estaciones» y el 2014 de La transparencia del tiempo han pasado muchas cosas —que no voy a anotar aquí— y que me han permitido variar su reflexión sobre la realidad cubana sin que cambie en lo más íntimo y personal su forma de ver la vida y la sociedad.

Por eso creo que aún lo conservaré en próximas novelas, no sé si más policiales o más sociales, pero seguro que Conde volverá. La realidad que vivimos es cada vez menos comprensible, y Conde me ayuda, si no a entender, al menos a fijar la forma en que asumo esas alteraciones que vienen de la sociedad y de mi propio cuerpo (el envejecimiento, la densidad de la memoria, la nostalgia…).

En la adaptación cinematográfica, Jorge Perugorría logra captar las esencias y da vida a un Mario Conde espectacular, declaró Padura.

Foto: Tomada de diariolasamericas.com

¿Cuáles son las consecuencias advertidas de que tus novelas hayan comenzado a ser versionadas para el cine y distribuidas a escala global con probado éxito, y cómo el Padura cineasta convive ahora con el Padura literario?

De mi relación con el cine hablo bastante en el libro que se editó en el 2016 y que tiene como cuerpo central el guión de Regreso a Ítaca. Ahí explico lo traumático de la relación entre dos tipos de escritura que tienen fines y técnicas diferentes. Mientras el guion es algo que debe ser representado, se escribe como labor de servicio y donde, por ejemplo, la adjetivación suele ser funcional, en la literatura todo se hace ˊ—o debe, o debería— hacerse desde la libertad y como fin en sí mismo.

El hecho de que los libros ahora sean material para algunas películas es muy satisfactorio, pero no cambia nada en lo esencial en cuanto a la creación. Incluso, no creo que haya aumentado en un porciento notable el número de mis lectores, aun cuando haya tenido una cantidad notable de espectadores gracias a la difusión que tiene el audiovisual y a la suerte que llevó a la serie de Conde, «Cuatro estaciones en La Habana» a un plataforma tan extendida y recurrida como es Netflix.

O sea, tengo ahora películas basadas en mis novelas, he dedicado tiempo a escribir guiones, soy quizás más conocido, pero a la hora de escribir, esos hechos y posibilidades no me resuelven los grandes problemas de la creación. (2018) (Primera parte, continuará…)

Nota:

[1]. La entrevista puede ser leída completa, y unificada con la de 1996, en José Antonio Michelena: (A)cercando a Leonardo Padura. Ed. Lenguaraz, 2018.

Normas para comentar:

  • Los comentarios deben estar relacionados con el tema propuesto en el artículo.
  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los comentarios que incumplan con las normas de este sitio.