Lezama Lima cumple cien años

Lezama Lima falleció en La Habana el 9 de agosto de 1976, diez años después de la primera edición de su novela Paradiso.

Tomado de 80 grados

La poesía y la ensayística de Lezama han sido profusamente estudiadas

El escritor cubano José Lezama Lima cumpliría cien años el 19 de diciembre de 2010 y el interés por su obra no cesa en todo el ámbito hispánico y más allá del mismo. Así quedó evidenciado en el Coloquio Internacional celebrado en La Habana para conmemorar la efemérides.

Estudiosos de diez países sesionaron durante tres días en el Instituto de Literatura y Lingüística de la capital cubana para exponer trabajos relacionados con su obra poética, narrativa, ensayística y periodística. Los actos por su centenario incluyeron, además, la develación de una tarja en el sitio donde laboró en el Instituto, una peregrinación a su tumba en el Cementerio de Colón y un encuentro en la Casa-Museo de Trocadero 162, recién abierta después de una reparación capital.

Lezama Lima falleció en La Habana el 9 de agosto de 1976, diez años después de la primera edición de su novela Paradiso y treinta y nueve de la publicación de su primer volumen de poesía, Muerte de Narciso, libros relevantes dentro de la literatura hispanoamericana, sitios de continuas visitas de lectores de todas partes, de constantes asedios académicos.

Paradiso fue uno de los ejes temáticos del Coloquio y ocupó el centro de siete ponencias sobre diferentes aspectos de la novela, tales como el humor, la forma de manifestarse el destino, la presencia de la muerte, las causas narrativas de su poesía, la utilización del símil, la comida, la estrategia discursiva, la nominalización, o el mito de la cubanidad concurrente.

Como toda la obra de Lezama está sustentada por su sistema poético-filosófico, cada lectura de alguno de sus textos reclama la atención hacia ese centro de gravedad, objeto de examen permanente en cualquier estudio. Disímiles trabajos discutidos en el Coloquio fueron hacia allí, ya fuera para indagar en su estética o en las diversas concurrencias que tienen lugar en la misma.

La proeza de la escritura de Lezama Lima para la literatura hispánica fue resaltada en la conferencia inaugural de Julio Ortega (“Lezama Lima y la teoría cultural transatlántica”), quien argumentó la insuficiencia de la lengua española para expresar la poesía. Ortega citó los ejemplos de Miguel de Cervantes y César Vallejo y recordó el verso del poeta peruano: “Quiero escribir pero me sale espuma”.

Otro ilustre conferencista, Alain Sicard, llamó la atención sobre el tratamiento de imagen, figura y utopía en Lezama y Julio Cortázar, una referencia perpetua en los estudios lezamianos y cuyo texto “Para llegar a Lezama Lima”, en 1966, fue medular en la apertura universal de Paradiso. “¿Por dónde saco la cabeza para respirar, frenético de ahogo, después de esta profunda natación de seiscientas diecisiete páginas, Paradiso?”, expresaba el autor de Rayuela en el primer párrafo de su artículo que, más adelante señala:

“Pobre de aquel que quiera viajar por Paradiso como viajaría por el ‘libro del mes’, por esa apremiante televisión en la pantalla de papel de las novelas usuales. Desde un primer encuentro con la poesía de Lezama he sabido lo que Paradiso propone ahora en la coronación de una obra imperial”. La novela recibió también, unos meses después, el aval del ahora Premio Nobel, Mario Vargas Llosa, para quien, “…en Paradiso, toda la historia de la humanidad y la tradición cultural europea, aparece resumida, deformada hasta la caricatura, pero a la vez enriquecida ‘poéticamente’ y asimilada dentro de una gran fábula narrativa americana”.

Pero si la narrativa, la poesía y la ensayística de Lezama han sido profusamente estudiadas, hay una zona de su obra menos investigada: su periodismo y, especialmente, los textos que publicó en el Diario de La Marina entre septiembre de 1949 y marzo de 1950 en una columna sin firma titulada “La Habana”. Fueron ciento doce flechas de un arquero anónimo, disparadas hacia un centro imantado, la ciudad capital.

Ocho años más tarde, en 1958, ochenta y cinco de esos textos renacieron en un nuevo contexto, como parte del libro Tratados en La Habana. En su re-nacimiento, como “Sucesivas o las coordenadas habaneras” se integraron a un misterio mayor, el cosmos literario de José Lezama Lima, quien esta vez, en la nueva morada, sí los reconoce.

La Habana es el epicentro nervioso, la araña que impregna su energía en todo el ámbito de la colección, pero especialmente en varios textos ella muestra su cifra de magia y esplendor. Un día antes del aniversario de su fundación, el 15 de noviembre, Lezama, citando a Herbert Read, Nietzche, Goethe y Pico della Mirandola, dedicó un ensayo a realzar el orgullo de los habaneros, porque “A veces el que transcurre en pequeña ciudad, complejo inesencial de muchos habaneros, cree que todos los signos le son hostiles, y que es esa misma pequeñez la causa de sus males e imposibilidades”.

Hace sesenta años, cuando la globalización cultural aún no se mencionaba, Lezama identifica una “política planetaria” de “los grandes estados contemporáneos”, quienes, “devorados por la vastedad de sus propios planteamientos, no pueden tener la levadura de donde salieron las interrogaciones metafísicas y las respuestas de forma y expresión”. Distanciado de ese mal, reconociendo por refracción que “su sabiduría descendía de aquella ciudad” y que “solo allí su saber alcanzaba la mayor tensión de la cuerda de su arco”, Lezama convoca a burlar la hipertrofia con “los números de agrado, la medida linda, la respuesta a los cariños de la mano que todavía alcanza La Habana”.

Esos textos que por comodidad llamamos periodísticos por el sitio donde se publicaron primero, en realidad son textos mestizos que frecuentan el discurso de la crónica, el ensayo, la reseña, el artículo, incluso del relato de ficción y, todo eso, en un espacio menor de dos cuartillas.

Lo más interesante de “Sucesivas o coordenadas habaneras” es que muestran a un Lezama que se sale del mito de magister, docto, erudito, que ciertamente fue, pero también, un ciudadano que conocía el alma de la ciudad y de la nación, que la recorría en los libros y en las calles y opinaba no solo de filosofía, arte y literatura, sino de los asuntos más cotidianos y terrenales como el estado de abandono de una construcción civil, la agonía de esperar una guagua, o el juego de béisbol. Un cronista que conversa con el lector y le muestra los parques, los mercados, las playas, las librerías, o las delicias de la cena navideña.

Una lectura de “Sucesivas o las coordenadas habaneras” permite observar la diversidad de discursos que conviven en sus textos; la manera en que Lezama se desplaza por los géneros periodísticos y literarios y las mutaciones del estilo; pero también es importante conocer esos textos que no figuran en Tratados en La Habana, porque, en sus asuntos, hallamos a un Lezama inmerso en los mil laberintos de la polis, no solo por las salas de concierto, las librerías, los teatros, las galerías, la Ciudad Letrada; un Lezama que tuvo la humildad de escribir, durante seis meses, una columna anónima, apenas 45 líneas en el exuberante Diario de La Marina, pero esa columna, junto al resto de su obra, estaba destinada al cielo.

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