Literatura sin etiquetas

Un comentario a propósito de Palabras sin velo, libro de Helen Hernández Hormilla.

Archivo IPS Cuba

La autora con algunas de sus entrevistadas

En cierta ocasión le pregunté a la investigadora y ensayista Luisa Campuzano hasta qué punto resultaba positivo diferenciar, distanciar, extraer del corpus literario, la literatura escrita por mujeres o de temática femenina. Y aunque el procedimiento sigue sin complacerme del todo, reconozco como válida la respuesta que me dio la doctora en aquel momento: “si se estudia aparte la literatura escrita por mujeres es para rescatarla, para hacerla visible”.

La propia Campuzano ha dicho que en el caso de la literatura cubana, la presencia de un grupo significativo de escritoras con una producción más o menos constante e indiscutibles niveles de calidad, es un fenómeno bastante reciente que comenzó a hacerse más visible desde mediados de los años 1990 y se manifestó con mayor fuerza a partir del 2000, cuando estas voces empezaron a ser escuchadas incluso más allá de nuestras fronteras.

Si traigo a colación este fenómeno es a propósito del libro Palabras sin velo (Editorial Caminos, La Habana 2013), que insiste nuevamente en agrupar a varias mujeres escritoras, quizá porque aún entre nosotros continúa latente esa necesidad a la que hacía referencia Campuzano, de “hacer visible” esa literatura.

Sin embargo hay que hacer una aclaración: Palabras sin velo, de la periodista Helen Hernández Hormilla, no se conforma con dar mayor visibilidad a estas narradoras, sino también –y sobre todo-, les permite hacerse escuchar, compartir criterios estéticos, experiencias de vida y reflexiones sobre su lugar en la sociedad, a través de las entrevistas que acompañan a los cuentos seleccionados en este libro de difícil clasificación, en tanto reúne en un mismo volumen periodismo y literatura.

Aunque se echan en falta nombres como el de Ena Lucía Portela (con una obra ya consolidada), y de otras escritoras más jóvenes (con un potencial muy fuerte), podría decirse que el acercamiento a las diez escritoras escogidas para formar parte de este libro, permite formarse una idea de los derroteros que ha seguido la producción literaria femenina en los últimos veinte años.

Con excepción de Esther Díaz Llanillo (1934) María Elena Llana (1936) y Mirta Yañez (1947), que publicaron sus primeros libros entre 1960 y 1970, el resto de las narradoras empezaron a darse a conocer a finales de años 1980 y 1990 del pasado siglo. En este segundo grupo se encuentran Marylín Bobes (1955), Aida Bahr (1958), Nancy Alonso (1949), Laidi Fernández de Juan (1961), Mylene Fernández Pintado (1963), Anna Lidia Vega Serova (1968) y Karla Suárez (1969).

La presencia de tal cantidad de autoras que comenzaron a publicar o retomaron su carrera durante esos años, parece confirmar que fue precisamente la crisis resultante de la disolución del campo socialista, denominada oficialmente Período Especial, la que de alguna forma catalizó la llegada de tantas voces femeninas a las letras cubanas, aportando el tratamiento de nuevos conflictos individuales y sociales desde un punto de vista casi inédito. Sin embargo, la lectura de algunas de las entrevistas realizadas por Hormilla, ayuda a comprender que ese momento determinó un punto de giro mucho más profundo y determinante, ya que a pesar de todas las ganancias que había entrañado el triunfo revolucionario para la mujer cubana, tanto en el aspecto social como legal, en el terreno de la creación ellas también sufrieron las consecuencias de una política cultural que en muchos sentidos devino un freno para la expresión y el desarrollo de una literatura que se considerada ajena al canon propuesto como adecuado para ese momento histórico.

De esa forma Mirta Yañez se refiere a una cierta tendencia que se instauró como hegemónica entre los años 60 y 70 del siglo XX, que postergó la literatura que no se ajustaba al canon épico, y prácticamente desterró la fantasía, la ciencia ficción y otros “sospechosos habituales”, por no ajustarse a lo que se suponía que debía reflejar un escritor revolucionario. Esta idea es apoyada por el testimonio de Esther Díaz Llanillo y María Elena Llana, quienes tras publicar sus primeros libros en la década del 60, también sintieron que sus historias de tendencia fantástica o referidas a conflictos más personales estaban fuera de lugar y se retiraron de la escena para no reaparecer hasta pasado ese quinquenio gris o decenio negro, que, por supuesto, no sólo afectó a las mujeres. Marylín Bobes, una escritora más joven que ellas, recuerda que en los años setenta asistió por primera vez a un taller literario y cuando terminó de leer sus poemas, relacionados casi todos con cuestiones femeninas, la libertad sexual y la religión, le dijeron que sus textos no interesarían a nadie y estaban preñados de prejuicios pequeñoburgueses. Confiesa que a raíz de esa experiencia intentó escribir sobre temas obreros, pensando que sus textos serían mejor recibidos, pero nunca lo consiguió.

No sé si las mujeres en realidad son más sensibles que sus congéneres masculinos o es que tienen menos reparos en mostrar su sensibilidad. En Palabras sin velo se indaga sobre la existencia (o no), de una sensibilidad femenina cuyo reflejo en la literatura constituye una cualidad diferenciadora (o no), del trabajo de las escritoras. En ese sentido, nunca ha dejado de hablarse sobre cuánto marca la escritura (de manera consciente o no), el género del autor. “¿Existe una literatura escrita por mujeres, distinta de la escrita por hombres, justamente porque la escriben mujeres?”, se preguntaba en una ocasión la investigadora Campuzano. “¿O se trata de algún modo de poner en lo que se escribe la marca de una actitud ante la vida determinada por el género, por la sociedad que nos construye como hombres y mujeres, colores específicos y costumbres?”, volvía a preguntar la especialista.

La respuesta a estas interrogantes, ya sea como premisa estética o declaración de principios, es otro de los atractivos que depara la lectura de este libro.  “Escribo desde lo que soy y felizmente soy mujer”, dice María Elena Llana. “Soy mujer y no me imagino como hombre, no imagino qué pudiera escribir si no fuera mujer”, dice Anna Lidia Vega. Y aunque entre ambas hay una diferencia de edad de 36 años, ambas reconocen que su condición de mujer es inalienable de su identidad como creadoras. Sin embargo, ello no implica que su literatura deba medirse con una vara diferente o un listón más bajo. Para Aida Bahr, por ejemplo, hay “rasgos que identifican la literatura escrita por mujeres, como los hay que identifican la literatura escrita por cubanos a diferencia de las de otras nacionalidades. Es una cuestión de identidad”. Y más adelanta remata: “la buena literatura no tiene sexo”.

Como afirmó en una ocasión la investigadora Zaida Capote y se hace evidente en Palabras sin velo, “lo imprescindible es entender que hablar de literatura femenina no implica un menoscabo de los valores de esa literatura, sino el reconocimiento de que esta proviene de sujetos genéricamente marcados, cuya pertenencia a un género específico puede haber influido en su elección de temas o estrategias”.

Por tanto no piense el lector (sin distinción de géneros), que estamos ante un libro sólo para mujeres. Muy por el contrario, las diez escritoras expresan, de una forma u otra, su total resistencia a que su obra tenga que ser etiquetada como literatura femenina para ser consumida. Los diez cuentos que también incluye el libro de Helen Hernández Hormilla, Palabras sin velo, así lo prueban (2014).

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