Lorenzo García Vega

Una nota al margen de su muerte.

Tomado del blog Escombros hablaneros

Lorenzo García Vega

Hace alrededor de cuatro décadas, todavía en mi adolescencia, encontré en la biblioteca de mi padre un ejemplar de Las mejores poesías cubanas compiladas por Cintio Vitier. En lecturas sucesivas o dispersas pude familiarizarme casi a la vez con la oda “A la piña” de Zequeira y “Fidelia” de Zenea, sin olvidar la “Noche insular, jardines invisibles” de Lezama y “Cuerpo del delfín” de Fayad Jamís.

Pero un autor de aquel conjunto me sobresaltó: era un poeta incógnito, representado por textos más o menos fragmentarios e impenetrables, que mezclaban cierta socarronería criolla en aquella expresión tartamudeante y al parecer invertebrada:

La noche de los pasmosos arlequines.
Los reyes, los astros de euforia rubrican.
¡Qué brincan las viejas campanas!
Madre, ah sí, en tanto oscuro, vuelven.
Miro. La madre en los lentos portales, las nucas del lloro,
las viejas campanas, taladrados sopores.

Nadie supo, por entonces, explicarme quién era Lorenzo García Vega. Como eran años rubricados por el Quinquenio gris, lo más que obtuve fue una respuesta típica de esos tiempos: “Ese es uno que se fue del país”, lo que por entonces equivalía a una lápida definitiva.

Mi curiosidad por el autor vino a completarse unos años después, cuando hallé en la biblioteca de mi Preuniversitario, un ejemplar arrinconado y con las páginas aún sin abrir de Cetrería del títere. Leí el volumen de inusuales cuentos con algo de placer y mucho de estoicismo. El sentido último de aquellas páginas se me escapaba, había en ellas una dificultad intrínseca, pero muy diferente de la que podían plantear las grandes construcciones verbales de Lezama: el drama que parecía existir allí, era continuamente escamoteado por un lenguaje áspero y dominante, lo que obligaba a una especie de lectura “a tropezones”.

La noticia del fallecimiento de Lorenzo el pasado 1º de junio en el Metropolitan Hospital de Miami me hizo advertir que yo, como la mayoría de mis colegas escritores – y no hablo de los lectores cubanos que de modo casi absoluto ignoran su obra- seguía teniendo una imagen harto dispersa y fragmentaria de este autor.

Desde su juventud, García Vega parece haber nadado en contra de la corriente. Quizá resultó dramática su ruptura con la infancia al salir de Jagüey Grande o demasiado oscura su experiencia como pupilo de un internado religioso. Llama la atención que quien tuviera como mentor nada menos que a Lezama para la edición de su Suite para la espera (1948), cuando apenas contaba con 22 años, y luego recibiera el Premio Nacional de Literatura en 1952 por su novela Espirales del cuje, pudiera declarar un tiempo antes de su muerte en una entrevista, preguntado por el ambiente literario cubano de su juventud, que era “una cosa para salir corriendo, para meterse debajo de la cama” y en cuanto al grupo Orígenes: “No tengo muy buena impresión de aquellos años. No los culpo a ellos; seguramente la culpa era más bien mía: era insoportable”.

Siempre contaré entre mis torpezas de provinciano en La Habana el haber preguntado a Cintio Vitier por Lorenzo en 1976, en mi primer encuentro con él en la Biblioteca Nacional. Hoy no puedo recordar exactamente sus palabras, dijo que había sido el “niño mimado” de Lezama más que un miembro propiamente de Orígenes y que había salido del país guiado por algo que -creo recordar- calificó, quizá con ciertos matices, como rencor e ingratitud.

Años después, cuando se celebró en la Casa de las Américas el coloquio por el cincuentenario de Orígenes, vi como algunos autores jóvenes, especialmente los vinculados al grupo Diáspora, esgrimían las ocurrencias de García Vega en Los años de Orígenes (1979) para enfrentar la imagen canónica del grupo defendida por Cintio y Fina.

Solo poco a poco se nos va revelando la totalidad del quehacer de aquel poeta e investigador. Por ejemplo, en su Antología de la novela en Cuba, aparecida en 1960, publicó un fragmento de Paradiso, acompañado por unas páginas que son la primera de las críticas notables a un texto que sólo vería la luz seis años después.

Personalmente, no creo que García Vega deba ser clasificado como un autor de Orígenes, a pesar de haber participado en el proyecto editorial y haber tenido contactos con sus integrantes. Su obra, desde Suite para la espera, procede de la poesía experimental de la primera generación de vanguardia y como afirma Enrique Saínz es “el ejemplo de un modo de hacer poesía que no tuvo homólogo en Cuba en aquellos años. Esa característica inencontrable está precisamente en la filiación vanguardista del autor y en su extraordinaria capacidad para asimilar el espíritu de las propuestas transformadoras de los decenios 1910-1930”.

Contrario no sólo a cualquier fe religiosa, sino a todo posible proyecto grupal, fue esencialmente un solitario, un transgresor de toda costumbre, que debe ser estudiado como una poética singular en su tiempo.

Cuando leemos que su voluntario exilio no le trajo la paz, que en Madrid, en Caracas, en Nueva York y hasta el Miami donde residió hasta su muerte, no se sintió en lugar propio y que sus últimos años debió vivirlos en un home, nombre eufemístico de una residencia para ancianos, podemos comprobar la amargura del que jamás logró ser un escritor establecido. Solitario y corrosivo como otros grandes del siglo XX, no buscó el suicidio físico, sino la lenta disolución de su ser, envenenado por el cinismo y la marginación. El hombre que durante años subrayó el componente onírico en su literatura, parece haber tenido en sus últimas décadas de existencia muy pocos sueños.

¿Debemos aceptar como buenas las aseveraciones de Antonio Ponte?:

García Vega, dice, acepta ser “un inmaduro en busca de una Forma que, para enredar más la cosa, quisiera que fuese una Forma inmadura, o una Forma para inmaduros”. Escritor para escritores, de él podría hacerse un discernimiento más: es escritor para escritores descreídos. Otros se han desvelado por construir sistema que los ampare, él practica toda clase de incapacidades frente a esas exigencias. La obra de Lorenzo García Vega tiene el inconveniente (que es para mí ventaja) de su inutilidad como bien público, puesto que ninguna facción política asumiría tal programa perdedor.

Más allá de cualquier política, sus pérdidas personales, por la paradoja del arte, han enriquecido la auténtica literatura cubana. Habrá que encontrar un modo justo de leerle y estudiarle.

Normas para comentar:

  • Los comentarios deben estar relacionados con el tema propuesto en el artículo.
  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los comentarios que incumplan con las normas de este sitio.