Los “almendrones” y la crisis cotidiana

Un actor que se roba los titulares en Cuba.

Foto: Archivo IPS Cuba

Un chiste, que ya tiene varias décadas, dice que en Cuba solo hay tres problemas: el desayuno, el almuerzo y la comida, como si únicamente la alimentación fuera la angustia de cada día. El transporte es también un dolor de larga data, de mañana, tarde y noche, tan estresante como los apagones y el temor de que vuelvan, tal si fueran las oscuras golondrinas.

Ahora que el bombillo de alarma se ha prendido y la palabra crisis es un fantasma que regresa, arropado en el traje que no pasa de moda, el de todas las épocas y estaciones (el combustible), hay un actor que se roba los titulares, asociado al traslado de pasajeros en La Habana: el botero o taxista por cuenta propia. Pero ¿qué está pasando al respecto?

Recientemente, los boteros sufrieron una alteración en su principal fuente en el suministro de combustibles: el mercado negro; entonces comenzaron a subir los precios y a “picar” la carrera, es decir, a cubrir la mitad del tramo que recorrían anteriormente. Como este servicio es muy demandado las protestas de los pasajeros no se hicieron esperar. En consecuencia, la Dirección General de Transporte en La Habana, estableció tarifas fijas, reguladas de acuerdo con los precios vigentes hasta el 30 de junio en los diferentes recorridos, con la advertencia de que se tomarán medidas muy severas con los incumplidores. Y se habilitó un número de teléfono para denunciar las posibles violaciones.

En el debate con relación a este tema, a través de los medios digitales, se observan varias posiciones: mientras unos aplauden la medida como justa —la mayoría—, otros justifican el derecho de los boteros a su defensa por la cantidad de gastos que deben asumir, y otros acuden a los números para clarificar el asunto y responder a la pregunta de si era necesario que los taxistas subieran los precios.

Es cierto que mantener esos Frankestein rodantes, los almendrones, comporta gastos que cuando se adicionan al costo de la licencia y el combustible suman una buena cantidad, pero también es verdad que el dinero que obtienen los taxistas en cada jornada de trabajo les deja un saldo nada despreciable, una cifra que no gana, ni de lejos, el cirujano mejor pagado en la isla.

Pero los servicios por cuenta propia, desde su surgimiento en Cuba, están dominados por la idea de la súper ganancia, en tanto el ciudadano que se introduce en estas prácticas, por lo general, no sabe hasta cuándo continuará en las mismas, no está pensando a largo plazo, realiza un trabajo que considera transitorio: está “resolviendo”, haciendo un dinero para cubrir otros asuntos de mayor interés. Todo eso late por debajo, forma parte de los secretos a voces de la sociedad, como el mercado negro del combustible.

Los servicios de taxi por cuenta propia se comportan como un mercado de oferta y demanda, y muchos de quienes ofrecen el mismo aprovechan todas las ocasiones posibles para subir los precios. En rutas como la de Alamar-Centro Habana, desde hace tiempo, las tarifas variaban de acuerdo con la hora del día, porque en determinados horarios hay más demanda que en otros, por tanto los precios subían. Igualmente sucede con el estado del tiempo: después de un aguacero sostenido por varias horas, se produce un colapso en el transporte, la demanda se eleva y el precio de la carrera aumenta.

En realidad, varios de los recorridos habituales ya se dividían por tramos mucho antes de julio, cuando se dispararon los precios. Así ocurría, por ejemplo, en la ruta Víbora-Calle Línea, la cual se cortaba en Boyeros y Cerro. Sin embargo, algunos choferes continuaron haciendo el trayecto completo por la tarifa de diez pesos. Eso debe reconocerse. Aquí no cabe la frase “todos son iguales”.

Está claro que los boteros operan en las brechas que deja el servicio estatal, en sus enormes deficiencias, que son muy antiguas, porque la crisis del transporte es una enfermedad crónica en el país y, por cierto, la capital no es su peor rostro: en el resto de las provincias se siente con mayor rigor.

El precio más común, en La Habana, por el recorrido a bordo de un almendrón, es de diez pesos moneda nacional, una cifra que representa la mitad del salario diario para una buena cantidad de cubanos y cubanas, pero el viaje hacia los sitios más alejados del centro de la urbe (El Cotorro, Santiago de las Vegas, Alamar, Guanabacoa) cuesta el doble. Sin embargo, cuando alguien lleva una hora al sol en una parada de guagua y no sabe cuánto más deberá esperar, toma un taxi, sin pensar demasiado en la lesión que ocasiona en su economía. Se consuela con la idea de que es algo transitorio y hay que “resolver”, después veremos. Es un pensamiento de resistencia para lidiar con la crisis.

Las últimas generaciones de habaneros desconocen el sepultado proyecto de construcción de un metro en la capital. Tampoco conocieron de los cientos de ómnibus que reforzaban el transporte hacia las playas del este en el verano, ni, por supuesto, las guaguas que pasaban cada cinco minutos. Mucho menos saben de los taxis que iban desde Marianao hasta el Capitolio por 2 pesos. Ellos solo han visto camellos (oficialmente llamados metrobús) y otros eufemismos; taxis cuyo taxímetro no funciona; y almendrones, ese Frankestein que no es japonés, ni francés, ni ruso, ni norteamericano, esa postal folclórica que los turistas retratan sin saber qué tiene adentro, qué esconde, cómo es posible que camine después de tantos años. (2016)

Un comentario

  1. pasajero

    Fuera los contaminantes e inseguros almendrones, transporte público de calidad y abundante ya!

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