Los escritores ausentes

Leonardo Padura Fuentes comparte la literatura desconocida por los lectores cubanos

Ángel Baldrich - IPS Cuba

En la actualidad, el lector cubano ha visto constreñidas sus posibilidades a la lectura de obras de autores nacionales publicadas por editoriales nacionales

Hace unos años, como parte de la autocomplacencia con que la propaganda adornaba la vida cubana, resultaba frecuente escuchar en los medios y en las arengas que los cubanos éramos (y debemos serlo todavía) un país tocado por la sabiduría: gozábamos la condición de ser el pueblo más culto del mundo, se dijo muchas veces, y se exaltó con esa frase el sistema educativo de la isla y su posibilidad y capacidad de consumir cultura, a pesar de las difíciles circunstancias económicas que por largo tiempo nos han acompañado.

 

Pero aquel entusiasmo triunfalista (que no se limitaba a este terreno) desconocía o tapiaba muchas de las coyunturas difíciles que, afortunadamente, en los últimos tiempos se debaten e incluso tratan de superarse con cambios de diversa profundidad y alcance.

No hay duda alguna de que la democratización de la educación y la intensificación del consumo y disfrute de cultura por un gran por ciento de la población han sido dos de las más notables ganancias del país en el último medio siglo. Tampoco se puede poner en duda que las extremas condiciones económicas que se comenzaron a vivir hacia 1990 afectaron notablemente esos dos territorios en donde las subvenciones estatales y la capacidad de gastos e inversiones oficiales resultan decisivas.

Las recientes modificaciones del sistema educacional del país, en busca de una recuperación de su calidad, han advertido a las claras que la realidad no siempre se correspondía con las intenciones ni con el discurso. Al mismo tiempo, la crítica generalizada a la pérdida de valores éticos y de comportamiento pusieron una flecha que indicaba, entre otros problemas sociales y económicos, a las deficiencias educativas y culturales que habían crecido con los vientos propicios de la crisis y de las medidas de emergencia.

Un elemento del complejo panorama espiritual cubano que no deja de preocuparme, y al cual debería dársele la mayor importancia y emprender la búsqueda de posibles soluciones (es obvio que muy complicadas soluciones, pues apuntan directamente al plano económico) es el relacionado con el decisivo aspecto, de carácter educativo y cultural, de la literatura a la que hoy tienen acceso los habitantes de la isla. En este sentido nadie puede negar que, en la actualidad, el lector cubano ha visto constreñidas sus posibilidades a la lectura de obras de autores nacionales publicadas por editoriales nacionales (y no siempre en la cantidad de ejemplares reclamados) y a las contadas ediciones de autores extranjeros, títulos y posibilidades a los que se suman unos pocos ejemplos llegados a la isla en ocasiones especiales, como las ferias del libro.

De más está decir que hoy resulta imposible, desde todo punto de mira, las dos opciones que podrían aliviar esta sequía: la producción nacional y/o la importación de obras, pues en lo fundamental, ambas dependerían de la creación de un mercado del libro que, en las condiciones económicas del país y de sus ciudadanos, es simplemente una utopía. Mientras en otras manifestaciones como el cine (visto por la televisión o distribuido por redes alternativas) o la música (incluido el reggeaton) el acceso a las nuevas producciones es mucho más fluido, mientras en la literatura la acumulación de deudas crece constantemente y a un ritmo geométrico.

Tal vez algunos colegas o lectores piensen que exagero e insisto demasiado en asuntos como el papel del mercado del libro y la urgencia del acceso de los cubanos a textos más diversos, actuales y motivantes. Pero considero que el enfrentamiento con la literatura que hoy se publica, lee y difunde en el mundo es una necesidad apremiante para el desarrollo cultural del país e, incluso, para los rumbos de la creación artística de sus profesionales y aficionados y también para la formación de gustos y preferencias estéticas de las mayorías, pues ambos grupos solo acceden a ciertos textos por vías rocambolescas… o nunca acceden a ellos.

Iniciativas como Cruzada Semanal “para el fomento de la lectura inteligente” emprendida por la Casa del Escritor de Manicaragua, en la provincia de Villa Clara siempre resultan bienvenidas. Allí, a nivel municipal, un grupo de entusiastas, advertidos por esta escasez de posibilidades de que vengo hablando, se han propuesto la lectura y debate de obras y autores prácticamente desconocidos en el país. Pero esta muy loable y necesaria “cruzada” es, evidentemente, un curita que apenas logra cubrir una enorme herida en las urgencias intelectuales de toda una nación con las altas y peculiares exigencias literarias que hoy tiene Cuba.

Recientemente esta Casa del Escritor villaclareña propuso la lectura y debate de un texto del escritor norteamericano Paul Auster titulado Experimentos con verdad, en el cual este importante novelista reflexiona sobre la relación entre literatura y ficción. Pero el mismo hecho de que se escoja la lectura de este ejemplar de Auster (editado por Anagrama, en España) alerta sobre lo más dramático del caso: ¿cuántos cubanos han leído o siquiera tienen noticias de la literatura inquietante de Paul Auster, uno de los nombres claves de la actual narrativa universal?

No pretendo hacer una lista de ausentes en el panorama de lecturas de los cubanos, pues sería un empeño irrealizable. Pero entre los muchos autores que se le “deben” a los consumidores de literatura en la isla, existe uno cuya ausencia me parece grave, alarmante y dolorosa: el del chileno Roberto Bolaño, quizás el más grande narrador en lengua española de las últimas generaciones.

Nacido en 1953 y muerto en el 2003, a causa de una afección renal, Bolaño dejó una obra compuesta por varias novelas y libros de relatos, pero sobre todo dos piezas que, a mi juicio, compiten –y en muchos casos superan- incluso las míticas obras de los años del boom de la novela latinoamericana.

La primera de estas obras, Los detectives salvajes, de 1998, ya fue capaz de convertirlo en una referencia indispensable no solo entre los novelistas de su generación, sino en el ámbito de la literatura de la lengua y más allá. Pero la edición en 2004 –un año después de su muerte- de la monumental novela 2666, una obra capaz de provocar a nivel universal una “bolañomanía” (que literariamente nada tiene que ver con modas como las de Harry Potter o popularidades como las de un Paolo Coelho), hacen de este autor chileno de nacimiento, mexicano de juventud y español de madurez uno de los indispensables de la literatura universal… casi totalmente desconocido en Cuba.

Como ya dije, las soluciones para esta coyuntura son de muy compleja puesta en práctica, especialmente por las pesadas razones económicas que nos acompañan. Pero la realidad, preocupante, es que el lector cubano (una ganancia cultural valiosísima) vive desde hace demasiado tiempo de espaldas a mucha de la mejor literatura universal, y esa situación lo limita y lo marca. Quizás de manera indeleble.

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