Los grabadores im-presionaron en la Oncena Bienal

Las miradas de los grabadores.

Jorge Luis Baños - IPS

La Bienal de 2012 registró 80 sitios como Sedes Oficiales en su programa

La Oncena Bienal de La Habana trajo muchas nueces con muchísimo ruido. Tanta fue la algazara que no se escucharon todas las voces, no se distinguieron bien todos los mensajes.

Se ha hecho costumbre, por las instituciones culturales cubanas, realizar megaeventos. Así es la Feria del Libro, el Festival de Cine y otros, pero esta cita de las artes llegó más lejos, “apretó”.

La Bienal de 2012 –que en realidad es Trienal porque desde 2009 no se celebraba– registró 80 sitios como Sedes Oficiales en su programa, distribuidos en 6 municipios de la capital, y como habilitaron un Programa Colateral, había muchos más centros expositivos aún. Sin embargo, la multiplicación de los espacios no fue acompañada por una adecuada promoción y el bosque no dejó apreciar los árboles.

Los organizadores de la Oncena Bienal no privilegiaron a la Fortaleza de La Cabaña como espacio central, sino colateral (¿?), a pesar de haber reunido allí la más amplia y nutrida muestra de arte cubano que pueda imaginarse.

Quizás esa fuera la razón (colateral) por la cual, quien pasara por la Vía Monumental, si no estaba enterado, no podía saber lo que ocurría en el espacio de la Fortaleza porque no había un solo cartel que lo indicara. Tampoco existía señal alguna en el tránsito interior hacia el recinto.

Sin embargo, en ese ámbito, siete pabellones con 78 salas, acogieron a 72 muestras –más siete en exteriores– en las que cohabitaron varias generaciones de pintores, escultores, grabadores, fotógrafos, con un registro muy diverso de técnicas, representaciones y formas expresivas.

A diferencia de gran parte de las muestras de La Cabaña, los grabadores cubanos, quienes ocuparon dos salas en el pabellón K de esta instalación, sí identificaron la suya (“Haciendo presión”) con un cartel y distribuyeron un catálogo. Allí señalaron que su exposición “Es la evidencia de la libertad con que se asume este medio en Cuba moviendo sus coordenadas entre la experimentación, la rigurosidad técnica, la estampa manipulada y la matriz como obra”.

Los diecisiete artistas que se integraron a la expo exhibieron en sus obras la variedad de técnicas que permite esta manifestación plástica en sus soportes y modos de imprimir, al tiempo que marcaron, individualmente, un discurso propio como demuestran los ejemplos que siguen.

El conjunto de calcografías de Sandra Ramos ofreció elaboradas metáforas construidas desde referentes universales y locales. Soñando otra Ítaca, A orillas del río Lete, Las parcas, podían leerse como una serie protagonizada por una niña (cubana) quien dibuja una ciudad que emerge de las aguas; mira hacia lo hondo de una embarcación mientras la observan el Bobo de Abela y un asiático; y da forma a la isla de Cuba con una cuerda que tejen el Bobo y el asiático.

Con matrices de calcografía, Dania Fleites propuso Los frutos del poder: un machete, un hacha y una sierra de dimensiones variables donde las impresiones (textos e imágenes) enunciaban el juego de las diferencias de género y los apoderamientos, en una mixtura de íconos y símbolos diversos. Una exquisita narración que des-anda “el miedo a ser iguales”.

La xilografía de Alejandro Saínz exhibía, como pieza central, siete buzos, De uno en fondo y tomando distancia, quienes portaban diferentes instrumentos de trabajo y tomaban el aire de un letrero ídem por encima del agua. A ambos lados, un mar encrespado con una palmera y un avión.

Norberto Marrero, poeta y grabador, utilizó una matriz de xilografía para su obra, que llamó Islas, tres piezas cargadas de humor mordaz, corrosivo, articulado en las representaciones de los personajes: piratas, prostitutas, bufones, transportados en una isla rodante.

Las serigrafías de Liudmila López invitaron al espectador a degustar del humor cautivante del conjunto de muñecas en las que ella misma se involucró; juego de imágenes y frases del imaginario culto y popular, legado de la posmodernidad, que tan bien han aprovechado los artistas cubanos de las últimas generaciones.

Janette Brossard grabó en PVC su Haikú de la brevedad, título irónico para un conjunto donde las tiñosas planean sobre un mar distante y una bandera cubana arriada; igualmente en Haikú de la evanescencia, dibuja las estelas de humo sobre el mar y la tierra, dejadas por tres aviones.

Muy singular fue el experimento gráfico de Hanoi Pérez, quien realizó una matriz de grabado, luego de imprimir la imagen de las sardinas que él mismo pescó, secó y entintó. Las imágenes de esos peces ocupaban una parte de la pared y subían hacia el techo de la instalación como una “marea”, título de la obra.

La calcografía de Octavio Irving Hernández, llamada Garden, era un objeto que simulaba ser una embarcación/terreno, donde emergían flores/ falos/ frutos; una provocación que cautivaba en la ambigüedad de su imagen.

Particularmente atractivo, provocador, resultaban las litografías de Eduardo Hernández, tituladas Todo lo que parece no es, quien construyó un collage litográfico con fragmentos de periódicos desde el cual leemos, desciframos, la narración del artista a través de los mensajes subliminales de los textos y la representación de la oratoria de un personaje.

El resto de la muestra es igualmente rico en propuestas temáticas y expresivas y hace valer, como los artistas nombrados, lo que enuncia el catálogo: “aún cuando los intereses conceptuales son diferentes, una buena parte de las obras participan de una especie de juego con los límites del género; donde la trasgresión está vinculada a un interés consciente por mantener elementos esenciales constitutivos del mismo. El resultado es una obra que pertenece indudablemente al universo del grabado, pero que penetra en otros ámbitos y por tanto no tiene una definición en términos preestablecidos”.

Con un compacto sentido de grupo, estos diecisiete artistas reivindicaron la pujanza del grabado en la isla, aún cuando sus creaciones no fueran suficientemente atendidas, como merecían, en el Pabellón K de La Cabaña. Pero ellos dejaron claro que el grabado no es un arte colateral.

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