Los jóvenes cubanos y el tatuaje: ¿moda o marca generacional?

A pesar de los estigmas que tiene en la Isla el diseño corporal, el tatuaje se abre paso como distintivo de una generación.

Foto: Jorge Luis Baños_IPS

Dicen que los marineros lo introdujeron en Cuba y que fue una secta religiosa, la de los ñáñigos, quien primero lo asimiló. Lo cierto es que el tatuaje es hoy una práctica usual entre jóvenes cubanos a pesar de que sus padres o abuelos lo sigan viendo como característico de un mundo marginal.

Recuerdo que la primera vez que mi sobrino llegó a su casa tatuado, mi hermana puso el grito en el cielo. Nuestros padres nos trasmitieron que esos dibujos corporales eran símbolo de mal gusto y atributos que correspondían a presidiarios, prostitutas y elementos pertenecientes a las capas más estigmatizadas de la sociedad cubana.

Los adolescentes y jóvenes de hoy ven a sus ídolos del cine, la televisión y el deporte profusamente tatuados y, aunque según los especialistas, no son mayoría aquellos que con él se identifican, cada día son más las personas entre 15 y 30 años que llevan en sus brazos, espalda o pecho, dibujos con los que manifiestan una rebeldía inespecífica: no política, ni antisocial sino, sencillamente, hacia las generaciones precedentes.

Pudiera decirse entonces que el tatuaje es en Cuba, más que una moda—aunque lo sea también— una marca que cuenta ya con un numeroso grupo que lo ostenta y con un puñado de realizadores que, para asombro de muchos, no están comprendidos entre los trabajadores por cuenta propia a los que el Estado entrega licencias, lo que algunos identifican como una prohibición.

Sin embargo, la Asociación Hermanos Saiz, institución oficial que agrupa a los jóvenes artistas cubanos, ha realizado encuentros con quienes se dedican a este oficio, considerado por la casi totalidad de ellos como un arte.

Y es posible considerarlo así puesto que los tatuadores cubanos, generalmente, son graduados de las escuelas de arte en la especialidad de pintura y al tomar como soporte el cuerpo no desmerecen la calidad de su obra.

Ellos aseguran que es más difícil pintar sobre la piel que sobre un lienzo o una cartulina y, en muchos casos, sugieren al cliente lo que debe llevar. Los precios de su trabajo oscilan entre los cinco y 35 CUC y sus talleres se expanden a lo largo de todo el territorio nacional, aun cuando no están autorizados para realizar este trabajo sui géneris.

El año pasado, sin embargo, abrió en la calle Obrapía, de La Habana Vieja el complejo “La Marca” que tiene entre sus funciones la pintura corporal, el maquillaje, grabados en el cuerpo como centro de la expresividad y accesorios de todo tipo para conformar en el cliente una imagen identitaria.

En “La Marca” trabaja un numeroso grupo de jóvenes ya con cierto currículo en el panorama de las artes plásticas cubanas. Ellos afirman que con este proyecto pretenden darle al tatuaje cubano un sello.

En el Centro de Investigaciones Culturales Juan Marinello y en el de Estudios sobre la Juventud diferentes especialistas se han dedicado al estudio del tatuaje en el marco de la sociedad cubana. Entre ellos uno de los más sobresalientes es Jaime Santana quien ha afirmado que los tatuajes contribuyen a construir la identidad de diferentes culturas juveniles.

Es más habitual encontrarlos entre los llamados “rockeros” que tienen a este tipo de música como la preferida y usan también ropas oscuras, piercings y cadenas. Ellos prefieren los dibujos corporales más universales.

Pero otros muchos jóvenes se identifican con símbolos nacionales y según las investigaciones realizadas al respecto son la Virgen de la Caridad del Cobre, la bandera cubana y la imagen del Che Guevara los tópicos más recurrentes en sus tatuajes.

El “tatoo”, como también se le llama, es un símbolo juvenil en todas las sociedades contemporáneas y, en mi opinión, debería ser tan aceptado como en generaciones precedentes en las que terminaron por imponerse las melenas y las minifaldas.

Por otra parte el Estado debería reconocer a los tatuadores como trabajadores independientes y ello contribuiría a que se le proveyera con los insumos necesarios y se velara por las medidas higiénico-sanitarias que no siempre se toman, y acarrean consecuencias perjudiciales para la salud de quienes se someten a esta operación dolorosa y complicada.

El auge del tatuaje en Cuba se produjo a partir de los años noventa y generó no pocas críticas y estigmatizaciones por parte de los que veían en él una práctica relacionada con la marginalidad, de la que ya hemos hablado.

Quizás el carácter permanente de una marca identitaria generacional —que es también una moda— genere preocupaciones en aquellos que lo ven como algo irreversible a pesar de que ya existen algunas técnicas para borrarlo.

De todas maneras parece que su aceptación es un hecho consumado por parte de muchos padres que, como mi hermana, han visto crecer en la piel de sus hijos numerosos dibujos y hasta letreros que simbolizan para ellos algo que muchas veces escapa a nuestra comprensión.

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