María Elena Llorente y el legado del ballet cubano

La huella de una singular bailarina.

Foto: Tomada del sitio web del Ballet Nacional de Cuba.

María Elena Llorente ha recibido el Premio Nacional de Danza 2015 como reconocimiento a su destacada trayectoria en el mundo del ballet por más de medio siglo, primero como intérprete y luego como profesora y coreógrafa. Exigente, rigurosa, educada en la tenacidad para vencer dificultades, ella ha estado vinculada a momentos excepcionales en la historia del Ballet Nacional de Cuba.

Con apenas cuatro años su familia la condujo hasta la casona de la calle Calzada que servía de sede a la Sociedad Pro Arte Musical y la matriculó en la Escuela de Ballet, allí comenzaría a encauzar su precoz amor por la danza, curiosamente en el mismo edificio que acogería años después al Ballet Nacional. En 1954 se trasladaría a la Academia Alicia Alonso, en busca de una formación más rigurosa.

A  los  ocho  años,  estimulada  por   mi madre, ingresé   en   la   Academia de   Ballet  Alicia Alonso,  donde   encontré   un  rigor,  una  disciplina  y una  exigencia  que  no conocía. En  las clases de la argentina  Marta  Mahr, del  puertorriqueño José Parés  y  de  Fernando  Alonso, tomé   conciencia   de   todos   los  defectos  que traía  y   empecé  realmente  mi  camino.  En  el período de  l956 a 1958,  me   mantuve en  la Academia  por  «amor  al  arte”, ya  que con un futuro tan incierto  nadie  podía  pensar  seriamente  en  convertirte  en  bailarina.

Al año siguiente participó en la puesta en escena de El lago de los cisnes ofrecida por el Ballet de Cuba -encarnaba a un pajecito- aunque su debut escénico profesional no ocurriría hasta el 11 de junio de 1959 cuando participó en un montaje de Cascanueces presentado en el modesto escenario del Teatro de la Escuela Normal de Maestros de La Habana con el Centro Vocacional Artístico de Guanabacoa.

Sólo en 1962 se decidió a emprender una carrera profesional con el Ballet Nacional. Aunque entró a la compañía como parte del corps de ballet, ya al año siguiente participaría en el estreno mundial del ballet Imágenes de Menia Martínez sobre música de Claude Debussy, inspirado en esculturas de Rodin. María Elena formaría parte de la pareja “Los enamorados”.

En 1967 alcanzó la condición de solista en la compañía. No fue difícil para sus profesores y para el público descubrir que se trataba de una danzarina con buena técnica, pero que no apuntaba hacia un virtuosismo más o menos sensacionalista sino que buscaba poner un énfasis lírico en sus ejecuciones, como demostró en la variación “El amanecer” del III acto de Coppelia, en Las sílfides o en el pas de deux de Tema y variaciones de Balanchine  y muy especialmente encarnando a la fría y altiva Mademoiselle Grahn en el Grand pas de quatre. Entre los muchos papeles que tuvo a su cargo, me place recordar su fina creación de Lisette en La fille mal gardée, de la que dijo el crítico español Ángel del Campo: “María Elena Llorente se ganó al público por su soltura, clase y picardía, en gestos y figuras y por su buen estilo, antiguo, genuino”.

A pesar de esto, la intérprete no permitió que la encasillaran en los “ballets blancos”. Su trabajo con el entonces joven coreógrafo Iván Tenorio la introdujo en las peculiaridades del ballet contemporáneo. Como ella afirmó años después:

Por esa época, trabajé dos ballets de Iván Tenorio que proponían retos diferentes: Introducción a una idea me exigía bailar con un ataque muy fuerte, cargadas riesgosas y estar prácticamente en escena durante toda la obra, que duraba cerca de veinte minutos. Adagio para dos me permitió descubrir nuevas formas de movimiento, que se apartaban de lo académico; pero principalmente requería que el baile saliera desde adentro, impulsado por el sentimiento. Recuerdo que para lograr el momento de la separación, me vi obligada a revivir experiencias y sensaciones. Fue la primera vez que usé el recurso de la memoria emotiva para lograr una interpretación.

La medalla de bronce que obtuviera en el IV Festival Internacional de Ballet de Varna en 1968 vino a confirmar que era una intérprete apreciable. Si los espectadores menos avezados consideraban por entonces que su mejor interpretación era la del Grand pas classique de Gsovski-Auber, otros más agudos, se detuvieron en los hitos que ella fuera colocando en las obras contemporáneas que enriquecían el repertorio de la compañía. Fue muy aplaudida por la lírica inocencia de su Esperanza en Tarde en la siesta de Alberto Méndez, pero también por la energía erótica y el gesto poderoso de la Ochún de El río y bosque, del mismo creador. Gustavo Herrera encontró en ella a la Isabel Ilincheta ideal, contrapartida de la protagonista en Cecilia Valdés. Iván Tenorio la buscaría para dar cuerpo a la Adela en La casa de Bernarda Alba, en espera de la enloquecida Ofelia del Hamlet y la Julieta de Los amantes de Verona.

En 1976 fue reconocida como Primera bailarina del Ballet Nacional. Al año siguiente actuaría como figura invitada de la prestigiosa compañía Alvin Ailey Dance Theatre de New York. Escenarios de América, Europa, Asia y Australia acogieron sus ejecuciones.

Ya en 1989, cuando celebró los 30 años de su debut profesional, coincidían en Llorente la condición de intérprete con la de maestra. Agradecida por la formación recibida, se sentía custodio de una tradición, de un modo de hacer:

El legado de nuestra escuela es muy grande y todos los que formamos parte de ella tenemos el deber de preservarlo. Yo lo he visto siempre como algo más que una forma técnica e interpretativa de bailar, de hacer clases y ensayos. Hay un criterio de profesionalismo que se nos ha enseñado siempre; éste incluye todo lo anterior y también los cuidados del vestuario, el maquillaje y el comportamiento escénico; detalles que no pueden, ni deben olvidarse. Esa conciencia de lo colectivo, de saber qué te rodea -tanto los decorados y la utilería, como el resto de los bailarines que comparten la escena contigo-, ha logrado que la escuela cubana de ballet sea ante todo un hecho colectivo.

Tales conceptos se habían hecho visibles ya el año anterior, cuando el Ballet Nacional estrenó el 6 de julio un montaje integral de Don Quijote, con coreografía revisada bajo la dirección artística de Alicia Alonso, por Marta García, Karemia Moreno y María Elena Llorente. No se trataba solo de asumir el clásico ruso, sino de lograr una puesta más coherente con el referente cervantino y el folclor danzario español que le servía de base. Todo se revisó: el libreto, la pantomima, el vestuario, la escenografía, los detalles estilísticos. El resultado fue una puesta viva y atractiva, que lleva ya más de un cuarto de siglo en el repertorio de la compañía y que ha tenido éxitos resonantes en la mismísima España. En los primeros tiempos María Elena encarnó con éxito el rol de Quiteria, pero cuando se retiró de la escena, su huella permaneció en la obra.

La artista hizo su última presentación en público el 28 de octubre de 2002, en la Gala de Apertura del 18 Festival Internacional de Ballet de La Habana, cuando estrenó la obra Souvenir con coreografía de Eduardo Blanco y música de Massenet. A partir de entonces, se consagró a su labor pedagógica, tanto en el Ballet Nacional como otras instituciones del mundo, entre ellas el Instituto Colombiano de Ballet Clásico de Cali, Colombia. Es profesora titular adjunta de la Facultad de Artes Escénicas del Instituto Superior de Arte.

El jurado que le otorgó el Premio Nacional de Danza estaba presidido por Alberto Méndez, que alguna vez fue partenaire de la danzarina o la seleccionó como intérprete de sus creaciones. El acta destacó que se le concedía el lauro por “su huella como singular bailarina y por ser ejemplo de tenacidad, salvaguardia creadora y por el magisterio dancístico compartido en Cuba y en el extranjero”. (2015).

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