Mirar el país

El costumbrista José María de Cárdenas y Rodríguez.

Tomado de Ecured

La nómina de escritores cubanos que cultivó el género en la isla durante el siglo XIX es extensa y notable

Hace doscientos años, en 1812, nació en Limonar, Matanzas, José María de Cárdenas y Rodríguez, el más reconocido escritor cubano de artículos de costumbres en la primera mitad del siglo XIX, pero cuyo bicentenario está pasando en silencio.

El artículo de costumbres emergió desde las páginas del Papel Periódico de La Havana (1790) y creció con el desarrollo del periodismo en el siglo en que se forma la conciencia nacional. A imagen y semejanza de la prensa francesa, inglesa y española, los articulistas reflejaban costumbres y conductas de la burguesía local al tiempo que criticaban sus vicios y malos hábitos.

La nómina de escritores cubanos que cultivó el género en la isla durante el siglo XIX es extensa y notable: Manuel de Zequeira, Buenaventura Pascual Ferrer, Gaspar Betancourt Cisneros, Antonio Bachiller y Morales, Cirilo Villaverde, Manuel Costales, José Victoriano Betancourt, Anselmo Suárez Romero, Francisco de Paula Gelabert, Julián del Casal y Ramón Meza, estuvieron entre ellos.

Si Zequeira y Ferrer fueron señalados precursores del costumbrismo literario, Cárdenas lo asume en su etapa de crecimiento. En Colección de artículos satíricos y de costumbres (1847), con prólogo de Cirilo Villaverde, recogió Cárdenas los textos que había ido dando a conocer en diversos periódicos y revistas; algunos de ellos pasaron, cinco años más tarde, a la antología Los cubanos pintados por sí mismos, la primera de su tipo en Hispanoamérica. El escritor matancero estaría igualmente bien representado en la siguiente, Tipos y costumbres de la Isla de Cuba (1881), prologada por Antonio Bachiller y Morales.

En Costumbristas cubanos del siglo XIX (Biblioteca Ayacucho, 1985), el historiador y crítico literario Salvador Bueno incluye diez artículos de José María de Cárdenas. Sólo a José Victoriano Betancourt, la otra gran figura del género, le dedica igual espacio en el libro. En la selección están algunos de los más afamados textos del escritor y son una muestra de sus preocupaciones temáticas y de sus formas expresivas.

Al referirse a Cárdenas en el prólogo, Bueno anota: “observamos el cuidado de su prosa de índole castiza. La lectura de sus artículos revela en él a un cuidadoso lector de los clásicos españoles”. Y a propósito, más adelante cita a Cirilo Villaverde, para quien “el género satírico de Cárdenas participa más del carácter festivo e irónico del de Cervantes, a quien sin duda se ha señalado como modelo, que del mordaz y contundente del de Larra”.

Bueno coincide con el autor de Cecilia Valdés, porque para el historiador, “estos cuadros costumbristas de Cárdenas no llegan nunca a la ironía cáustica ni al ataque enérgico, sino que con suave mano va destacando los aspectos ridículos o humorísticos en escenas y personas. Como en Cervantes, entrevemos a través de sus páginas una sonrisa leve que nunca se trueca en mueca sarcástica ni en ademán iracundo”. Por sus características, Cárdenas era comparado con Ramón Mesonero Romanos, el gran costumbrista español.

La irrupción literaria de Cárdenas está ubicada en la época de nacimiento de la narrativa cubana y aunque él no publicara novelas o cuentos, en muchos de sus artículos utiliza recursos propios de esos géneros, incluso alguno pudiera ser incluido en una compilación cuentística.

Tal es el caso de “Pésames”, relato de un funeral en 1847 donde el personaje de Jeremías de Docaransa (seudónimo de Cárdenas) es narrador y testigo de los sucesos. La narración describe todo el proceso que sucede al entierro y los siguientes nueve días de duelo, intercalando diálogos entre los personajes asistentes y reflexiones del narrador.

El propósito del artículo es criticar una “infernal costumbre”, a esas alturas ya arcaica, solo observada en familias aristocráticas. A pesar de cierto didactismo presente en el discurso del narrador, el relato logra establecer fuerte carga emotiva del lector hacia el único doliente verdadero en el funeral, un padre que ha perdido a su hijo y debe soportar nueve días de banquetes en su casa, una tortura adicional a su dolor, según se describe: “Suelen ser los nueve días de estos duelos […] nueve días de diversión y broma para todos los que a ellos concurren, y nueve siglos de prolongado martirio quien, a pocos pasos, quizás con una sola pared de por medio, escucha aquellos brindis , aquellas festivas ocurrencias y destempladas risas…”

Un artículo muy reproducido, incluso en otros países, es el nombrado “¡Educado fuera!”, donde, desde el primer párrafo, el autor muestra su propósito temático: “…las ventajas e inconvenientes de enviar a educar a extraños países los hijos que en este quiso darnos la bondad o nuestra fatalidad”. La educación de los hijos era un tema recurrente en Cárdenas desde diferentes enfoques.

Si la costumbre descrita en el funeral era un anacronismo de la aristocracia cubana, la conveniencia o no de educar a los hijos en el extranjero es un debate de más larga data, y aunque mucha agua ha corrido desde entonces, varios asuntos esenciales, tratados por Cárdenas, conservan vigencia; entre ellos, que hasta determinada edad, los hijos necesitan de su familia tanto como los padres merecen, y disfrutan, verlos crecer.

Distinta resulta la materia tratada en “Fisiología del administrador de un ingenio”, un artículo que asume otros derroteros expresivos. Está estructurado como un ensayo científico, con introducción, cinco capítulos y conclusiones.

Desde el título se vislumbra la parodia y ciertamente lo es, pero sobrepasa al personaje que retrata. Como un cuento de Chejov, lenguaje incluido, Cárdenas nos ofrece la deliciosa sátira de un funcionario corrupto, un espécimen que, este sí, conserva toda su actualidad.

Aunque su bibliografía solo registra –además– poemas y comedias, por el dominio del lenguaje, de los imaginarios sociales, y de las estructuras y funciones narrativas, José María de Cárdenas pudo haber sido un novelista de primer rango. De hecho, en algunos de sus artículos de costumbres vemos a Cervantes, vemos a Balzac, vemos una época y una proyección artística que ya quisieran muchos periodistas y narradores de hoy, ciento cincuenta años después.

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