Monólogo sobre ruedas

A bordo de un almendrón.

El chofer del almendrón que tomé en el Parque de la Fraternidad tenía deseos de hablar. Comenzó refiriéndose a la conducta irresponsable y suicida de los transeúntes que atraviesan las calles sin percatarse del tráfico, en franco desafío a las leyes del tránsito y la seguridad de sus vidas, pero después pasó a otros temas durante el viaje.

El auto, un engendro con carrocería de Dodger de los cincuenta y motor japonés, avanzaba por la Calzada de Monte sonando el claxon para advertir a caminantes que, mientras cruzaban la vía, conversaban como si estuvieran en el Paseo del Prado, o hablaban desde un teléfono celular en mitad de la siempre atestada arteria capitalina.

Según el taxista, esas malas costumbres llegaban al colmo en algunos sitios de La Habana Vieja, en los que ponían mesas de dominó en plena calle, y comentaba que conducir en esta ciudad era muy difícil, además, por el lamentable estado de las vías.

Nada más cierto: el sistema vial de la capital cubana, además de estar totalmente desfasado, de obedecer a una estructura urbana de uno y hasta dos siglos atrás, presenta un acusado deterioro, salvo en algunas avenidas. Ni hablar de las calles en los repartos, son intransitables; mientras que las malas costumbres en los espacios públicos forman parte de una trama de indisciplina social que afecta a la sociedad en su conjunto.

Cuando el vehículo entró en la Calzada de Luyanó nuestro conductor dejó atrás el tema vial y pasó a ser, junto a su auto, el protagonista. El carro, dijo, era para él algo tan preciado que “lo complacía” más que a su mujer porque de él vivían todos. Y argumentó: “Con este carro mantengo a mi mamá, mi esposa y mis tres hijos, repartidos en dos casas donde el único que trabaja soy yo”.

Para apoyar lo anterior, reprodujo un cuadro de costumbres hogareño: “Si llego ahora mismo a mi casa me los encuentro a todos en la sala viendo series y telenovelas, esperando que les lleve la comida. Pero bueno, es mi familia, qué le voy hacer, tengo que seguir en la lucha con mi carro”.

El hombre, que rondaba los cuarenta años, en apenas diez minutos, nos dio acceso al mundo particular de un sector de la sociedad que, si no la representa, hay que tomarlo en cuenta porque es parte de ella. Pero, ¿cómo será ese sector?

Almendrones y bicitaxis asoman una y otra vez dentro del paisaje habanero en las imágenes de viajeros y periodistas foráneos, quienes, al capturarlas, piensan que se están llevando un pedazo esencial de la ciudad, cuando lo que han tomado es apenas una pequeña capa de la superficie visible.

La diversa complejidad existente en la actual sociedad cubana provoca constantes errores en la visión de los visitantes, pero eso no solo les sucede a ellos porque esa diversidad es acaso inatrapable, esquiva, extremadamente- difícil de aprehender.

Desde la década de los noventa, cuando llegaron las crisis al país y las guaguas casi se extinguieron, botear se convirtió en una atractiva profesión emergente a la cual ingresaron no pocos ingenieros, maestros, exmilitares, exdeportistas y hasta médicos. Una gran parte no regresó más a sus oficios y profesiones y han continuado recorriendo las calles como boteros.

Como la crisis del transporte en La Habana se ha eternizado, en los años siguientes la masa de taxistas siguió incrementándose, pero con otras aportaciones generacionales y etáreas en una abigarrada composición social; ahora vemos a muchos jóvenes al timón de los almendrones, pero no pocas veces el chofer no es el propietario del auto, sino un arrendatario que debe pagar no menos de 500 pesos (20 CUC) diarios al dueño; de ahí que el arrendatario debe esforzarse para sacar su propio beneficio.

Hay personas que reciben los tributos de varios arrendatarios pues poseen varios autos bajo esa condición. El arrendador presenta una condición económica superior al arrendatario, en posición subalterna respecto al primero. Entre uno y otro estaría ubicado quien explota su propio auto.

Desde hace una buena cantidad de tiempo los boteros establecieron una tarifa estándar de 10 pesos en la mayoría de los recorridos, pero cuando estos son a sitios alejados del centro de la ciudad (Alamar, Guanabacoa, El Cotorro, Playa, La Lisa, Santiago de las Vegas, San Francisco) puede elevarse a 15 o 20. La baja o alta demanda de pasaje, en dependencia de la hora o el estado del tiempo puede determinar el precio de la carrera.

Existe un mundo paralelo en ese universo: los taxistas piratas, quienes ejercen de noche en los recorridos establecidos, o trabajan fuera de las rutas, en centros comerciales y aeropuertos fundamentalmente.

Y hay aún otra categoría: aquellos que solo atienden solicitudes y nunca botean porque, como los piratas, tampoco tienen licencia. Sus carreras más frecuentes son a los aeropuertos y a los hospitales.

Nos hemos referido solo a los autos particulares, pero flotando en un limbo inasible y evasivo circulan por la ciudad los orinegrostaxis estatales que cobran en moneda nacional. Estos no poseen rutas fijas, nadie sabe nunca para dónde van ni de dónde vienen, o por qué no obedecen las señales de parada. Solo paran si quieren hacerlo.

Los taxis de cobro en divisas pertenecen a otra galaxia y la población solo acude a ellos en casos de extrema necesidad. Quien los aborde debe saber que sus taxímetros casi nunca son activados por el chofer y debe ajustar la carrera antes del arranque.

El proverbial sentido de solidaridad del cubano se ha resentido bastante en lo concerniente a la llamada botella (auto-stop), una práctica que ha quedado restringida a las mujeres jóvenes porque cada auto –tanto privado como estatal– es un taxi virtual y si se detiene es porque –casi siempre– está boteando.

Nada acerca más al día a día del cubano que trasladarse en un almendrón, pero cercanía no es conocimiento. Entre viajeros y taxistas discurre un universo que tiene sus leyes, códigos, lenguaje y estructura. Y eso no es apresable en una imagen. (2015)

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