Nobel a Bob Dylan: ¿esnobismo nórdico o injusticia artística? *

Este artículo, del afamado escritor cubano, fue publicado originalmente en portugués en Folha de Sao Paulo y se reproduce en español gracias a un acuerdo con IPS Cuba.

Padura durante la presentación en Cuba de su novela Herejes.

Foto: Jorge Luis Baños_IPS

Hace dos años ando sumergido en la escritura de una nueva novela. Aun cuando un escritor lleve mucho tiempo practicando un oficio, la escritura de una novela es siempre —y creo que resulta semejante para casi todos los escritores que se respeten a sí mismos y a sus presuntos lectores— un ejercicio arduo y agotador. Ya necesité cuatro para terminar mi novela Herejes y cinco para poner el punto final de El hombre que amaba a los perros. ¿Por qué es tan difícil escribir una novela? ¿Por qué el escritor, aun el más profesional, siente que nunca ha dicho lo que pretendía decir del mejor modo en que es (o cree que es) capaz de decirlo, y vuelve una y otra vez sobre lo escrito, suda, duda, teme?
Hemingway confesó una vez que había escrito casi cuarenta veces el final de Adiós a las armas. Cuando le preguntaron cuál había sido el problema dio una respuesta tan sencilla como terrible y reveladora: el problema era el orden de las palabras, confesó. Porque en realidad, todo se resume a eso: a colocar una palabra detrás de otra para lograr expresar algo que tenga un sentido y conseguirlo del modo más bello y claro posible. Lo difícil es lograrlo.

Milan Kundera, por su lado, ha hablado de una característica peculiar del arte de la novela: y es que el escritor que comienza a escribir ese libro es diferente del escritor que ha terminado de escribirlo. Por dos razones: el proceso de escribir una novela, de sacarte de dentro tantas cosas para hablar de los misterios (o las evidencias, o las miserias, o lo que sea) de la condición humana, te cambia, quieras o no. Y la otra razón resulta aún más dramática: para escribir una novela puedes necesitar dos, tres, cinco años, a veces más, y entre una fecha de inicio y una de terminación, ese tiempo transcurrido hace que no seas el mismo entre uno y otro momento. Eso es ley de vida.

Gabriel García Márquez contó varias veces qué debió hacer para escribir Cien años de soledad. El novelista renunció a todas sus labores de supervivencia, se encerró a escribir con sus cafés y sus cigarrillos, y confió en que pudiera pasar algo con su libro, pues de lo contrario su familia estaría del otro lado del famoso borde de la quiebra. Y así escribió durante años.

Parece evidente que el oficio literario entraña esa cierta dosis de masoquismo, de autoinmolación, un proceso con dolor a lo largo del cual el artista debe combatir contra todos los demonios que seamos capaces de imaginar. Por supuesto, siempre me refiero a los verdaderos escritores, los que hacen de su arte un instrumento para penetrar en “el alma de las cosas”, como pedía Flaubert. Pero ese verdadero escritor asume los riegos y se empeña en su tarea. ¿Por qué? Pues porque no puede evitarlo.

Estoy convencido de que nunca seré un escritor con las cualidades de Hermingway, Kundera, García Márquez o Flaubert, por solo mencionar a los ya citados. Pero si algo he aprendido en mis casi cuarenta años luchando con la escritura es que escribir literatura es un oficio tremendamente difícil, en ocasiones lacerante, plagado de incertidumbres y, por lo general, después de tanto esfuerzo, premiado con la indiferencia. Porque solo un buen libro entre muchos buenos libros alcanza a convertirse en una referencia, en un éxito comercial (un éxito que, como cabía esperar, le resulta más asequible a algunos malos libros).

Los poetas, esos seres empecinados en descubrirnos que la vida se puede expresar con otras palabras, se dedican a su obra sabiendo, por lo general, que apenas recibirán recompensas por su trabajo. Nunca la poesía se ha vendido bien y, aunque en ciertos tiempos y coyunturas históricas los poetas han gozado de gran prestigio social y cultural, su empeño pocas veces alcanza mayor resonancia. Hoy en día todos dicen que “la poesía no se vende”, y en verdad, se vende. Pero los poetas existen, sueñan, cincelan los idiomas, iluminan la mente. Porque son poetas y no pueden evitarlo.

¿Y los dramaturgos? ¿Es más fácil escribir teatro? Como en el caso de la poesía, en mi juicio no me acompaña la experiencia personal, pero el hecho de mover delante de los ojos de otros a unos personajes y contar a través de sus palabras algo tan difícil de armar como un verdadero drama, implica sin duda un esfuerzo creativo mayúsculo.

Solo diré que con sorpresa he visto cómo se le concede la recompensa literaria que se supone sea la más importante del mundo a un escritor de letras de canciones. Uno de los más grandes e influyentes creadores de letras de canciones. Un poeta de la canción. Claro, el gran Bob Dylan. El Premio Nobel de Literatura. ¿Esnobismo nórdico o injusticia artística? No lo sé, pero creo que a nadie se le habrá ocurrido otorgarle un Premio Grammy —pongamos todas las distancias existentes entre uno y otro reconocimiento— a un poeta o un novelista o un dramaturgo por la musicalidad de sus textos. Alejo Carpentier y Carlos Fuentes, entre otros, murieron sin el Nobel de Literatura. Milán Kundera y Philip Roth, entre otros que se lo merecen, esperan por el suyo… Más que nunca, la respuesta de la Academia Sueca está flotando en el aire.

*Este artículo fue publicado originalmente en portugués en Folha de Sao Paulo.

2 comentarios

  1. Alejandra Estrada

    Un placer, como siempre, leerlo Sr. Padura… Tuve el honor de verlo y escucharlo en Bs. As esta semana, entonces se imaginará que tengo “paduritis aguda”. Me parece muy acertada su nota respecto al Nobel de literatura de este año… Un saludo enorme. Lo abraza una colombiana que lo admira mucho.

  2. Dick Cluster

    Amigo Leonardo, maestro, como dijo Martí, “las escuelas filosóficas, religiosas o literarias, encogollan a los hombres, como al lacayo la librea,” y ¿por qué no aplicar esa crítica a las divisiones de género? Me limito a los ejemplos norteamericanos, pero dentro de ellos, seguro que yo acudo uno, dos, enésimo veces a la letra de Dylan para tratar de entender al mundo, al hombre y mujer, o a mí mismo – lo que, para mí, no es el caso con Philip Roth.

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