Nueva historia de un lobo en la pelota cubana

El triunfo pinareño en la serie 50.

Tomado de Perlavisión

Ciego de Ávila llegó hasta la final por primera vez, pero los pinareños los superaron en las tres líneas de juego

La serie de oro de la pelota cubana ya tiene un campeón, Pinar del Río. El conjunto de Alfonso Urquiola lo es merecidamente, pero: ¿quién duda que fue extraña esta temporada? Divorciada de los pronósticos, la finalizada serie nacional no constituyó el adecuado balance de medio siglo, ni tampoco un acertado reflejo de la calidad del béisbol de la Isla.

Cuando se corrieron las cortinas de la serie, aún seguía latente, palpitando, la electrizante final entre Industriales y Villa Clara de la campaña anterior, considerada por algunos la más emotiva y espectacular de todas las celebradas.

En realidad, la serie 49 fue el verdadero “broche de oro” de la última etapa en un largo relato comenzado en 1961 con cuatro equipos, cuando el archipiélago estaba dividido en 6 provincias y apenas dos años antes los Cubans Sugar Kings habían ganado la Pequeña Serie Mundial en un abarrotado Gran Estadio del Cerro.

La I Serie Nacional mostró por primera vez, para todo el país, que en cualquier rincón de la Isla había peloteros de calidad. La selección de Occidentales fue el primer campeón: en 27 desafíos, le sacó ventaja de 5 juegos a los combinados de Azucareros y Orientales y 8 al Habana.

En la temporada siguiente, el Habana fue sustituido por Industriales para dejar casi estructurado el grupo de los grandes, junto a Azucareros y Orientales, que mucho después dieron lugar a Villa Clara y Santiago. El cuarto miembro eminente del reino, Pinar del Río, llegó en 1967 y ocupó el último lugar. Demoraría diez años en ascender a la cima con el nombre de Vegueros.

En muy pocas ocasiones algún otro seleccionado ha podido ganar un campeonato si no es miembro del selecto club, en el cual estuvieron los combinados matanceros hasta su declinar luego de dos coronas sucesivas y un segundo lugar como Henequeneros en 1992, última temporada con 18 conjuntos.

Solo en dos ocasiones –en las 19 temporadas con 16 novenas–, los cuatro grandes han cedido la cima: a Holguín, en 2002 y al Habana, en 2009. Al parecer Holguín demorará mucho tiempo en ascender de nuevo y el Habana ya jugó su última campaña.

Volviendo a la serie 50: luego de los play off del 2010 y con un equipo reforzado, los Industriales salieron con un marcado favoritismo para retener el título. Sus parciales, con justificada euforia, pensaban que los capitalinos no ganarían menos de 60 juegos en el torneo. Pero no fue así. Las sorpresas fueron muchas, no solo por la debacle del trabuco azul.

El protagonista de la serie de oro fue el batazo de cuatro esquinas. Las estadísticas de la campaña están repletas de jonrones. La Mizuno 150, una bola extremadamente viva, fue la pesadilla de los lanzadores. Por esta causa se implantaron récords de cuadrangulares que hicieron palidecer la época del bate de aluminio.

Pero no solo hubo jonrones en exceso, pues la pelota japonesa (a veces con la ayuda de terrenos mal preparados) también tuvo que ver con la gran cantidad de errores cometidos por los jugadores a la defensa. Los “balazos” salidos de los bates viajaban a velocidades endemoniadas y, en muchas ocasiones, la bola saltaba abruptamente, burlando al fildeador.

Sin embargo, las grandes víctimas de la Mizuno 150 fueron los lanzadores. La bola asesina convirtió en slugger a todo el mundo. Cualquier envío bateable podía ser castigado con alevosía y no pocos partidos fueron decididos por bateadores mediocres.

La sobreabundancia ofensiva ha creado espejismos, porque ni los pitchers cubanos son tan erráticos, desconcentrados y faltos de ideas como tanto se ha repetido, ni son tan poderosos los bateadores de la Isla. Los actuales resultan reflejos falsos, como los números de las series donde se bateó con aluminio.

Más desconcertante resultó la torpeza en las estrategias de dirección, presentes en la mayoría de los conjuntos. ¿Cómo conciliar, por ejemplo, el abuso del toque de bola en una campaña donde predominó –y determinó– la fuerza? La insistencia –fallida– en esa jugada registró otra estadística desafortunada: nunca se vio tantos toques que terminaran en doble play.

Acciones increíbles –como el squeeze play con bases llenas– también estuvieron a la orden del día. Lamentablemente, cuando salieron bien, recibieron elogios por “audaces”, y “atrevidas”.

Pero es en el manejo de los lanzadores donde se observan las mayores dificultades. En teoría, los equipos tienen diseñada una estructura de abridores y relevistas, incluyendo cerradores, mas, en la práctica, sucede otra cosa.

Descontando que unas veces los directores extraen muy temprano a los pitchers y otras los demoran en exceso, solo el Habana ha desarrollado una estrategia inteligente en esta área esencial del juego.

Si bien la mayoría de los desafíos resultaron reñidos, hubo partidos de la post temporada que fueron “de manigua” y no solo por los abultados marcadores, sino por horrores –más que errores– en la mecánica de juego. Eso frenó el avance hacia la cima de escuadras poderosas en el ataque, pero con deficiencias que no corresponden a este nivel.

Como no es bueno que jugando mal se alcance la victoria, resultó justo que los dos conjuntos enfrentados en el play off final fueron los que mejor jugaron, los que mayores méritos hicieron.

Ciego de Ávila llegó hasta la final por primera vez, pero los pinareños los superaron en las tres líneas de juego. Contra todo pronóstico, con un equipo que parecía el más discreto de los ocho que avanzaron a los play off, Pinar del Río se convirtió en gigante. Su magia fue jugar mejor que los demás.

Desde 1998, un conjunto de la provincia más occidental de la Isla no ganaba una serie nacional. Es la novena ocasión que alcanzan la corona; ahora, sin los grandes nombres de otros momentos. Sin ruido, pero de manera convincente, lograron la victoria y ahora son los Lobos de Pinar. Otra fiera más en la competencia y otra sorpresa de la serie de oro.

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