Otro cubano en proceso de beatificación

El agustino José López Piteira: un hombre que practicó el diálogo.

Jorge Luis Baños - IPS

El territorio camagüeyano está considerado tradicionalmente como uno de los bastiones más fuertes de la Iglesia católica cubana

La Santa Sede ha otorgado recientemente su anuencia para iniciar el proceso de beatificación de otro cubano.

Hasta el momento, son dos las figuras vinculadas a la Isla que han recibido el título de beatos: el agustino José López Piteira, fusilado durante la Guerra Civil Española y el fraile de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, Fray Olallo Valdés, quien sirvió casi toda su existencia en el hospital de su congregación en Puerto Príncipe (Camagüey) y goza de una amplia devoción popular.

El pasado 15 de junio, el Arzobispo Angelo Amato, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, remitió una comunicación a Monseñor Juan García Rodríguez, Arzobispo de Camagüey, para notificarle que no había objeción alguna para proceder en la Causa de beatificación de Monseñor Adolfo Rodríguez Herrara, quien fuera Arzobispo de esa Diócesis.

Resulta llamativo que tanto los beatos ya proclamados, como Monseñor Rodríguez, quien, a partir de ahora, lleva el título de “Siervo de Dios”, estén vinculados de un modo u otro, al territorio camagüeyano, región considerada tradicionalmente como uno de los bastiones más fuertes de la Iglesia católica cubana.

López Piteira nació cerca de Jatibonico, entonces territorio de aquella Diócesis, aunque todavía niño emigró con sus padres, de nacionalidad española, a la Península, donde desarrolló su breve vida. Valdés era habanero, pero la mayor parte de su existencia está asociada a Camagüey y al Hospital de San Juan de Dios, en cuya capilla reposan hoy sus restos. Adolfo Rodríguez nació en el poblado de Minas el 9 de abril de 1924 y fue obispo de la Diócesis entre 1964 y 2002. Falleció en la ciudad principeña el 9 de mayo  de 2003.

Lo singular en este caso es que, a diferencia de la mayoría de los procesos de beatificación, que habitualmente se inician décadas o hasta siglos después de la muerte de la persona, este comenzó a instruirse apenas transcurrido un lustro y ha sido promovido por Monseñor Juan García, sucesor de Rodríguez en la sede episcopal camagüeyana.

No hay que olvidar que, desde hace años, la Congregación para las Causas de los Santos tiene en su poder otro expediente de un cubano en espera de ser elevado a los altares: el del presbítero Félix Varela Morales, pedagogo, pensador y publicista cubano. A pesar de la limpieza de su ejecutoria como sacerdote, del indiscutible valor de su pensamiento no sólo para la Iglesia sino para la conformación de la cultura cubana en general y de que es una figura respetable aún en medios anticlericales o ateos, no hay trazas de que la causa esté próxima a concluirse. ¿Por qué abrir entonces otro proceso?

Cuando se revisa la ejecutoria de Monseñor Rodríguez se hace evidente que no sólo realizó su labor pastoral en condiciones difíciles, sino que se destacó en ella por promover la reconciliación y el diálogo, en un ambiente caldeado por las pasiones políticas y, de hecho, su labor en el episcopado fundamentó la imagen actual de la Iglesia cubana.

En 1936 había ingresado en el Seminario Santa María de Camagüey y continuó sus estudios en el de San Basilio en Santiago de Cuba y en El Buen Pastor en La Habana. Fue ordenado sacerdote el 18 de julio de 1948, en la Universidad Pontificia de Comillas, donde completó su formación para el presbiterado.

De regreso en Camagüey, fue nombrado primero coadjutor de la Catedral, hasta que se le destinó en 1952 a la parroquia de Vertientes, un poblado al sur de la provincia, junto a un central azucarero y a amplias colonias de caña y arroz. En menos de una década de trabajo allí, el joven clérigo reedificó el ruinoso templo, promovió la fundación de tres escuelas, llevó a una congregación religiosa: las Carmelitas Misioneras para auxiliarlo en la labor educativa, impulsó la fundación de un dispensario médico y otras labores asistenciales y promovió el desarrollo religioso y humano de un laicado que todavía le recuerda como a un familiar muy querido.

Su vida sufrió un vuelco radical en 1961. Las confrontaciones entre la Iglesia y el Estado revolucionario llegaron a un momento crítico. No sólo fueron intervenidas las instituciones docentes religiosas en el mes de mayo, sino que se produjo un éxodo masivo de clero y religiosos, unos expulsados por disposición oficial, otros por decisión personal o de sus superiores, temerosos de que se produjeran hechos de violencia como los ocurridos durante la Guerra Civil en España. En unas horas quedaron vacíos los conventos y casas religiosas de la diócesis. Parecía el fin.

Adolfo llegó a La Habana, en pocas horas debía salir del país. Entonces, diría después a algunas personas de confianza, llegó para él una iluminación: se quedaría a todo riesgo. Regresó a Camagüey donde sólo permanecía un sacerdote escolapio catalán, Ramón Clapers. Entre ambos desempeñaron por un tiempo todo el trabajo que era posible hacer en la diócesis.

Como el Obispo titular, Carlos Riu Anglés, permanecía en el extranjero indefinidamente pero sin renunciar a la sede, Rodríguez fue nombrado, en agosto de 1962, Vicario General y Gobernador Eclesiástico. Al prolongarse esa situación es designado por Juan XXIII como obispo auxiliar en mayo de 1963, y sólo al año siguiente, obtenida por la Santa Sede la renuncia de Riu, puede ser declarado Obispo Titular.

La labor que se presentaba ante él parecía excesiva: reorganizar la vida religiosa de la diócesis con un número mínimo de sacerdotes, aplicar las reformas litúrgicas conciliares con un laicado disperso, cuyas figuras más notables optaban por emigrar, y lograr una presencia en la sociedad, en el momento en que el Estado reafirmaba un ateísmo militante con la convicción de que toda manifestación religiosa desaparecería en pocos años.

Cuando alguien manifestaba al Obispo que una decisión suya o de alguna otra estructura eclesiástica insular le parecían conservadoras él repetía: “La Iglesia cubana no es conservadora, porque no tiene nada que conservar”. La pérdida de las viejas estructuras pastorales – medios de difusión, asilos, conventos, colegios- obligaban a una actitud abierta a lo novedoso, creativa, no apegada a modos tradicionales. Fue, por unos años, el obispo más joven de la Conferencia Episcopal y aprendió muy pronto que ciertas actitudes de confrontación con las autoridades no beneficiaban su labor, y prefirió optar por el diálogo, aún en tiempos en que este parecía casi un monólogo.

Más de una vez fue nombrado presidente de la Conferencia Episcopal y desde ese cargo le tocó contribuir a la organización y dejar inaugurado el Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC) en 1986. Era el primer gran evento que pudo preparar la Iglesia cubana desde el Congreso Católico de 1959. En su discurso de apertura, afirmó:

“No aspira nuestro ENEC a una reconquista de poderes, o a un rescate de posiciones, favores o privilegios para la Iglesia. La Iglesia no quiere otra cosa que el espacio necesario para cumplir su misión; para dar también su juicio ético, moral, no político, aun sobre problemas no estrictamente religiosos, pero sí humanos, lo cual no constituye un privilegio sino un derecho y un servicio…”.

Tuvo una especial habilidad diplomática. Aún se recuerda su labor mediadora, junto al resto de los obispos, entre el gobierno cubano y el de James Carter en Estados Unidos, para facilitar la salida de un buen número de presos que fueron liberados por aquellos años, hacia aquel país. Esas dotes se hicieron especialmente notorias años después, en la preparación de la visita del papa Juan Pablo II a la Isla en 1998. Sus encuentros con las autoridades a diferentes niveles no sólo aseguraron la óptima preparación de ésta, sino que facilitaron contactos posteriores y establecieron nexos amistosos que aún hoy, años después de su muerte, rinden frutos.

En su discurso ante el Sínodo de Obispos, en Roma, en 1985, destacó entre los méritos más significativos del Concilio Vaticano II: “[…] la palabra diálogo, que nos abrió nuevas perspectivas cuando la Iglesia cubana se replegaba sobre sí misma en actitud defensiva. El diálogo nos llevó a incluir al otro en nosotros, a tomarlo en serio, a escucharlo, que es la forma de ser más justos con él, respetando siempre nuestra identidad, sin hipotecar la conciencia, sin concesiones doctrinales”.

Este diálogo se daba en él de forma espontánea y cotidiana. Mantuvo abiertas las puertas del obispado para todos los que querían ir a su encuentro, tanto para los ciudadanos más relevantes como para los más sencillos. Hombre culto y de amplias lecturas, prestó un mecenazgo muy poco conocido a varios intelectuales y artistas del territorio, a quienes apoyó con extrema generosidad. Era un conversador excepcional, quizá porque sólo hablaba lo necesario y dedicaba la mayor parte del tiempo a escuchar atentamente a sus visitantes.

La caridad y el servicio a los necesitados fueron parte visible de su quehacer pastoral, a él se deben las gestiones para que retornaran a Camagüey órdenes y congregaciones que colaborarían en la asistencia a los más necesitados como las Siervas de María y los hermanos de San Juan de Dios, así como la apertura del Hogar Padre Olallo, con sus servicios de rehabilitación. Proyectó un asilo de ancianos, hoy en proceso de construcción. Discreto y sencillo a la hora de dar, gestionó en el mundo muchas donaciones de alimentos, medicamentos, equipamientos para hospitales, que entregó a las autoridades o al pueblo, sin hacer de ello una noticia sensacional ni reclamar reconocimientos públicos.

El 5 de diciembre de 1998 la Santa Sede reconoció a Camagüey con el título de Arquidiócesis. La instauración oficial fue el 6 de marzo de 1999, con Monseñor Adolfo como primer Arzobispo. Menos de un mes después, el 1 de abril, ocho días antes de cumplir sus 75 años, este presentó su renuncia al Papa, a tenor de lo estipulado por el Código de Derecho Canónico. Juan Pablo II le solicitó que permaneciera algún tiempo más en su sede y sólo aceptó oficialmente su renuncia el 10 de junio de 2002.

El prelado, ahora Arzobispo Emérito, permaneció en Camagüey, residiendo durante décadas en la misma casa que ocupaba en la calle Cisneros, junto con su anciana madre. Allí falleció el 9 de mayo de 2003, a consecuencia de un infarto del miocardio. Sus exequias, celebradas en la Catedral, fueron una manifestación de duelo en la que participó no sólo la Iglesia local, sino representantes de toda Cuba. En 2007 sus restos mortales fueron trasladados solemnemente a ese templo.

Es muy temprano aún para saber si este proceso de beatificación podrá llegar a buen fin en un período breve, pero es indudable que la figura de Adolfo Rodríguez resulta actual y congregante para la Iglesia cubana.

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