Paisajes, tramas y juegos en el Museo Nacional

La XII Bienal recorrió La Habana.

La XII Bienal de La Habana llenó la ciudad de imágenes, instalaciones, performances y propició una explosión de artes visuales imposible de conocer en su totalidad por el dilatado espacio de representaciones: La Cabaña, los dos edificios del Museo Nacional, el Centro Wifredo Lam, el Hotel Nacional, La Fábrica de Arte, el pueblo de Casablanca, el Malecón, los barrios, las comunidades…tantos sitios que nos inquietaba.

Obviamente debíamos seleccionar cuáles muestras podían interesarnos más, establecer una jerarquía de lugares entre el amplio espectro de la Bienal, sin dejar de pensar por qué nos obligan a esta disyuntiva y no hay una proyección de este nivel más escalonada en el tiempo.

Aunque las artes visuales han hecho de los espacios públicos objeto de intervenciones frecuentes, esta Bienal acentuó ese propósito; así, en el Malecón, entre muchos otros sitios, podíamos ver una instalación que semejaba una playa; una peculiar escultura en forma de cake; un gigantesco cubo de cristal; o una ingeniosa exposición de imágenes del Premio Nacional de Artes Plásticas, Ernesto Fernández, tecnológicamente manipuladas por su hijo de igual nombre.

Una ganancia notable de la Bienal fue haber incrementado la presencia de artistas cubanos residentes en el extranjero, de algunos de los cuales teníamos información actualizada, pero con otros no había sido así. Ellos y ellas estuvieron presentes en espacios institucionales y espacios públicos de la urbe.

Entre los institucionales sobresalían las curadurías montadas en el edificio de arte cubano del Museo Nacional (Palacio de Bellas Artes) con obras de Tomás Sánchez, Gustavo Pérez Monzón y Wilfredo Prieto, por la rica diversidad de formas expresivas representadas. Los dos primeros, protagonistas de la revolución temática y expresiva de los ochenta y cuyos nombres se inscriben en la historia y la leyenda de las artes visuales cubanas. Igualmente notable fue la muestra del Museo del Bronx (Nueva York) expuesta en el edificio de arte universal del propio museo.

 

Los Paisajes de Tomás Sánchez

La obra paisajística de Tomás Sánchez desborda el juicio crítico, la apreciación estética, porque sus piezas acontecen y discursan desde la espiritualidad del creador buscando la conexión espiritual con el receptor, sin pasar por alto el elevadísimo nivel de la ejecución, la exquisitez técnica.

Luego de haber apreciado la soberbia belleza de sus paisajes de décadas anteriores, cuando nos encantó con la serenidad que emanaba de aquella conjunción entre arte y naturaleza, la entrada de ese elemento discordante que es el basurero agregó una oposición, un rompimiento del orden, proveniente de la sociedad.

Ahora, en las ocho piezas que exhibe en Bellas Artes, discurre esa batalla (así nombra una de las obras) entre el ser, el espíritu, la naturaleza, la civilización, el orden, el caos, la creación, y nos recuerda esa máxima del zen: “su misión [la del arte y el artista] es revelar la armonía secreta de las cosas y la presencia invisible que las sostienen”.

Así, una tela de 250 x 200, pintada de acrílico y óleo, nos muestra un basurero hiperrealista, con centenares de objetos –tantos como los asesinatos descritos por Roberto Bolaño en 2666, donde los basureros formaban parte de la escena criminal– que llegan hasta el horizonte marino. Un cielo oscuro mira desde lo alto en esa pieza de 2015 nombrada con el sugestivo título de Con la puerta abierta, por el protagonismo que se le confiere al objeto puerta en la composición.

A ella le continúa otra obra de 1992 donde la basura llega hasta la silueta de un horizonte montañoso, pero en lugar de una puerta hay un hombre yacente sobre una cruz: Hombre crucificado en el basurero. A diferencia de la pieza anterior, el cielo aquí está claro. En el cuadro siguiente, de 2015 (La batalla), el artista muestra árboles cercados por la basura que se difumina en el horizonte y un cielo claro.

Una lectura simbólica de estas obras nos remite a Lévi-Straus, a la oposición naturaleza-cultura en las investigaciones antropológicas; y nos encamina, obviamente, a la imagen de la crucifixión en el arte cristiano en un tejido con otros símbolos como el de árbol del mundo.

Aquí también podemos colocar la pieza Antagonismo (2015), en la cual es presentado, en primer plano, un atado de hule color plata oscura enmascarando algo (¿la basura, el mal?); en el fondo, el bosque; más lejano, el horizonte nublado, semioscuro.

Como un balance a esas cuatro piezas, en el otro cuarteto (Orilla, 1996; Adoración, 2005; Aislado, 2015; y Entre silencios, 2015) la naturaleza se ofrece en serena comunión consigo misma, el hombre se integra a esa armonía, y el blanco y el verde no antagonizan, sino cambian los tonos. Allí también está el hombre, entre esos silencios, entre la horizontalidad y la verticalidad de la composición, en medio de una isla, o sumido en el silencio, cumpliendo su karma, aspirando a entrar en el estado de conciencia pura.

 

La trama de Gustavo Pérez Monzón

Tramas, la curaduría de la obra de Gustavo Pérez Monzón es una joyita. Un amigo, crítico de arte, me dijo que en su opinión, era lo mejor que él ha visto en Cuba en lo que a arte abstracto se refiere. Totalmente de acuerdo.

Aquí se ofrece una muestra significativa de su obra: una selección de la colección de Ella Fontanals Cisneros y tres instalaciones realizadas por el artista, donde se evidencia su talento, creatividad, imaginación, que justifican el mito Pérez Monzón. (Mito alimentado por su retiro en el poblado mexicano de Itzamatitlán.) Como apoyo de las obras, los textos de la propia Ella Fontanals, de Corina Matamoros, y de Elsa Vega-René Francisco Rodríguez, complementan la información.


El Ping-Pong de Wilfredo Prieto

Si después de haber visto los paisajes de Tomás Sánchez en la tercera planta del museo y la trama tejida por Pérez Monzón, en la segunda, el espectador aún tiene tiempo y energías, puede relajarse con las piezas de Wilfredo Prieto diseminadas por la planta baja, y armado con un mapa, puede ir hallando los disímiles objetos dispuestos en la escena montada para Ping pong cuadrícula: dos ventiladores, un neumático, un frasco de veneno y su antídoto, una bola de cristal, dos cajas (de metal y de cartón), un chícharo pintado, dos zapatos, dos medias, una pila de arena, otra de cal, etcétera. Todo un ejercicio de búsqueda, reflexión, razonamiento, humor, para coronar una rica jornada de arte. (2015)

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