Palabras por un premio

El 7 de diciembre fue entregado el Premio Roger Caillois 2011 a nuestro colaborador, el escritor Leonardo Padura.

Ángel Baldrich

Leonardo Padura es el autor, además, del libro

Un día del invierno de 1991 vine por primera vez a París. En aquel entonces nadie en la ciudad supo de mi paso por ella, y aquel viaje solo sirvió para alimentar mi deslumbramiento por un sitio que ya me era conocido y al que me sentía conectado a través la literatura de Balzac, Carpentier y Hemingway, la pintura de Degás y Picasso, el cine de Truffaut y el último tango de Bertolucci, la música de Legrand, las canciones de Edith Piaff y las baladas de Ives Montand.

Pasé tres días en la ciudad, durmiendo en un sitio que nunca he podido volver a ubicar, comiendo como comen en París los pobres latinoamericanos que pretenden ser escritores, y visitando cada uno de los monumentos y lugares imprescindibles que el tiempo, la fatiga y los clichés me permitieron visitar.

Ese mismo año, unos meses más tarde, se publicó en México mi novela Pasado perfecto, y había comenzado para mí, sin yo imaginarlo, una etapa crucial del camino que hoy me volvería a traer a París.

Por supuesto, en estos 20 años de mucho trabajo y zozobras, he vuelto varias veces, quizás muchas, a París. He vuelto de la mano de mi editorial y su creadora, Anne Marie Métailié, he vuelto a festivales, a dormir en casas de amigos, a perderme en las calles del Barrio Latino y del Marais, pero, siempre, gracias a mis libros.

Principalmente gracias a ellos estoy ahora en París para algo tan improbable y caprichoso como recibir un premio por una de mis novelas y por el conjunto de mi obra. Como ya se sabe, en la lotería de los premios literarios son muchos los factores que avalan la suerte del ganador. Porque hay, entre esos premios (por cierto, algunos muy, muy jugosos económicamente), toda una gama de matices. Existen premios, incluso, que han sido otorgados antes de anunciarse su convocatoria, en los que los intereses comerciales y de las editoriales pesan más que la literatura o simplemente prescinden de ella.

Ha querido mi suerte y mi trabajo que este regreso a París haya sido motivado por la concesión de un premio que, avalado por el imprescindible nombre de Roger Caillois, apoya su prestigio en otras condiciones, relacionadas siempre y únicamente con la literatura. Esa es la primera razón de mi orgullo de esta noche y el motivo por el cual agradezco a la Maison de América Latina, al Pen Club Francés y a la Sociedad de amigos de Roger Caillois, que hayan tenido la generosidad de escoger mi trabajo para merecer el reconocimiento de este año 2011 en la categoría de literatura latinoamericana. La segunda razón es que un premio verdaderamente literario se hace con el rigor de los patrocinadores y con los nombres de los escogidos y el Roger Caillois exhibe una lista de congratulados, franceses y latinoamericanos, en la que mi nombre y mi obra parecen tan diminutos que todavía no me creo que esté ocurriendo lo que está ocurriendo. Pero está ocurriendo, y eso justifica mis orgullos.

El hecho de ser el primer escritor cubano que merece esta distinción, siendo además un escritor cubano que ha decidido libre y personalmente permanecer en mi país y trabajar desde él, se suma a esa maravillosa satisfacción. No ha sido fácil sostener por estos veinte años un trabajo literario y periodístico que se ha impuesto a las penurias materiales de muchas ocasiones y ha resistido las incomprensiones, las miradas torvas, los comentarios cargados de resquemores o los silencios sepulcrales de ciertas instancias y personajes, e incluso, a los ataques, la envidia y las devaluaciones de compatriotas radicados tanto dentro como fuera de la isla.

Me han sostenido en ese empeño y me han ayudado a realizarlo, ante todo, mi esposa, Lucía López Coll, y con ella, millones de lectores cubanos, de dentro y fuera de la isla, que me han dado su respaldo y aliento para continuar; me han apoyado y sostenido mis amigos cubanos, dentro y fuera de la isla, y amigos de medio mundo (por fortuna están hoy aquí algunos de ellos), con diversas formas de generosidad, la más valiosa de ellas su amistad; me han impulsado y sostenido mis editores de todos estos años, entre los cuales, por supuesto, tengo siempre que destacar a mis guardaespaldas de Tusquets Editores, en Barcelona, y a mi ángel guardián parisino, Madame Anne Marie Métailié.

Mi gratitud hacia todos ellos es inconmensurable. Mi agradecimiento a los promotores del premio Roger Caillois es infinita. Mi orgullo de escritor cubano afincado en Cuba es más alto que la torre Eiffel.

Pero me ha apuntalado durante estos años, sobre todo y más que nada, la voluntad de trabajar cada día, pues nada de lo otro hubiera ocurrido sin esa premisa. Por eso, con independencia de premios, mi compromiso con mi vida y con la literatura sigue siendo el mismo: intentar humilde, empecinada y cotidianamente, allá en mi casa de Mantilla, convertir en palabras mis pensamientos y obsesiones, ordenar esas palabras del mejor modo posible, y armar frases, oraciones, párrafos y páginas en las que la literatura respire del mejor modo que en cada instante soy capaz de lograr con todos mis esfuerzos. Solo por eso y para eso escribo. Por tal razón no deja de sorprenderme que los premios lleguen y, cuando llegan, como el Roger Caillois, me regale el orgullo de ubicarme en una constelación de nombres que brillan like diamonds in the sky de la literatura contemporánea.

Muchas gracias a mis libros y todos los que hoy me han permitido volver, orgulloso, a París.

Leonardo Padura Fuentes

Maison de la América Latina

7 de diciembre de 2011.

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