¿Por qué escribo novelas negras?*

Este artículo, del afamado escritor cubano, fue publicado originalmente en portugués en Folha de Sao Paulo y se reproduce en español gracias a un acuerdo con IPS Cuba.

Foto: Tomada de Sputnik

Cuando un periodista me pregunta cuál va a ser el futuro de Cuba o cuánto cambiará Cuba en los próximos años o, en la más reciente versión del mismo tema, cómo será Cuba sin Fidel, lamento el estado de calamidad de un periodismo (¿o será solo de algunos periodistas?) que toma a los escritores por adivinos y trata de resolver su misión del modo más pedestre. Lo curioso es que preguntas de ese tipo se repiten con alarmante frecuencia en las muchas entrevistas que realizo en el año, desde hace varios años, y aunque la realidad cubana ha demostrado muchas veces sus altos grados de predictibilidad y de impredictibilidad (todo al mismo tiempo) y yo mi incapacidad de vislumbrar el futuro, la persistencia de la interrogación demuestra que para esos periodistas importa más lo que pueda especular un escritor que lo que escribe ese autor.

Por eso llego a sentirme feliz y realizado cuando un periodista me pregunta por qué escribo novelas negras. Algo tan simple y tan preciso, pero tan fundamentado en una evidencia —ocho novelas— y en una singularidad, que solo yo sé y puedo explicar por qué escribo de una forma y no de otra, de un asunto y no de otro.

La novela negra, o policial, o detectivesca ha sido por décadas un género o tipo de literatura considerado popular y menor. Cultura de masas. Sin embargo, en las últimas décadas incluso la más rancia y elitista academia ha tenido que aceptar su pertinencia e, incluso, reconocer su calidad artística. Y no precisamente porque las academias sean comprensivas y abiertas, sino porque la novela negra se ha ganado un espacio literario y social en el ámbito de la cultura (y no solo de masas) de la postmodernidad.

Obras de alta valía estética y de aguda reflexión sobre una realidad, creadas por autores de nombres adornados con prestigio, premios, sensibilidad literaria y social han contribuido a la concreción de ese proceso. Umbeto Eco y Leonardo Sciacia, en Italia; Rubem Fonseca, en Brasil; Manuel Vázquez Montalbán, en España; HenningMankell, en Suecia; Benjamin Black, en Inglaterra forman parte de un listado cada vez más largo y poderoso de escritores que han ganado todo o parte de su reconocimiento escribiendo novelas policiales (o casi policiales) y han entregado al género calidad literaria, capacidad de penetración social y, con ello, respetabilidad artística y cultural.

Para la mayoría de esos autores el impulso que los ha llevado a escribir novelas negras parte de dos condiciones: la alta capacidad de este modelo novelesco para expresar las más diversos y oscuros conflictos de una sociedad, y su generosidad estética como forma de expresión abierta a todas las posibles experimentaciones y profundizaciones literarias.

El resultado de tales bondades ha sido que, junto a una novelística policial que continúa apegada a los recursos fáciles de la creación de un misterio atractivo, se ha ido creando un cuerpo literario sólido y cada vez más prestigioso, que participa activa, y en ocasiones decisivamente, de la creación de una imagen cercana de las sociedades en que vivimos. La recurrencia a asuntos tan complejos y polisémicos como la corrupción, el miedo, la violencia, el tráfico de drogas y personas, el crimen organizado, la degradación de la política (y de los políticos) y el juego de influencias, la prostitución y el proxenetismo, el comercio de armas, el crimen de Estado y la marginalidad, entre otras realidades de peso creciente en el mundo contemporáneo, han permitido a la novela policial no solo participar del juego social, alcanzar calidad literaria sino, también y sobre todo, convertirse en uno de los más ágiles y eficaces recursos para reflejar la decadencia de un mundo o, cuando menos, sus más álgidos padecimientos.

Por eso, cuando me colocan en función de oráculo y me preguntan cómo será Cuba en el futuro respondo siempre que no sé. Apenas presumo que será algo distinto a lo que es hoy, por simple cuestión de creencia en la dialéctica, el desarrollo, la evolución. En cambio, cuando me empujan a hablar de mi preferencia por la novela negra, despliego todos esos argumentos antes anotados y agrego uno: porque me gusta contar historias que tengan principio y final, en las que pasen cosas capaces de interesar al lector, y en las que, ante tanta falta de justicia y verdad en las sociedades contemporáneas, haya un poco de sentido de la justicia, algo que siempre resulta reconfortante.

Por eso escribo novelas negras… y seguramente por eso, usted, lector, también lee novelas negras, incluso en estos días de fiestas con los que cerramos un año dramático y nos asomamos a otro que puede ser tremendo… ¡Aunque no sé cómo ni cuánto! (2017)

 

*Este artículo fue publicado originalmente en portugués en Folha de Sao Paulo.

Normas para comentar:

  • Los comentarios deben estar relacionados con el tema propuesto en el artículo.
  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los comentarios que incumplan con las normas de este sitio.