Realismo y realidad

Subsidios, salarios y vida real.

Jorge Luis Baños - IPS

El poder adquisitivo de las personas ha disminuido porque, al mismo tiempo, muchísimos salarios han sido congelados en sus cifras insuficientes

Por diversas vías, incluida la prensa, la ciudadanía cubana ha sabido cuánto cuesta cada una de nuestras visitas al médico de la familia o al especialista del hospital, cuánto nuestros análisis de sangre y hasta las intervenciones quirúrgicas.

Aunque tal vez muchas personas ni siquiera hayan leído estos recordatorios, distribuidos por diversos medios y, pienso, por todo el país, lo importante es que ahí están, poniendo en blanco y negro las cifras. Presumo, sin embargo, que entre los que lo han leído, pocos han sacado cuentas (atropellados por las exigencias de la vida cotidiana), pero tal vez quienes lo hicieron, sienten que hay algo que no encaja entre el precio socialista de una consulta y el monto socialista de un salario, o de dos: el del paciente que no alcanzaría para pagarse la salud y el del médico que está tan mal retribuido respecto a lo que, vuelvo a presumir, pues no soy economista, debería ganar por sus servicios.

En cualquier caso, el baño de realismo propuesto por este recordatorio de lo que siempre se ha considerado un derecho ciudadano y se ha anunciado como gratuito para los que desde hace medio siglo vivimos en la isla, ha estado rodeado desde hace unos años de otras certezas que se van imponiendo y modificando los conceptos de la vida y la sociedad cubanas.

Una nueva ley tributaria, de carácter universal –extrañamente muy demorada en su publicación, como si fuese uno más de los secretos habituales cuando para nada debería serlo-, impulsa aun más al país hacia su nueva realidad social y económica. Por lo sabido, a partir de la entrada en vigor del reglamento contributivo, todos los ciudadanos deben hacer su declaración de renta, bajo el principio de que pagarán más quienes ganen más –y algunos entregarán al fisco hasta el 50 por ciento de sus beneficios. También ha trascendido que los trabajadores del Estado o el gobierno, en virtud de sus bajos salarios reales, estarán de momento exentos de pago fiscal y, posiblemente, de hacer su declaración jurada. Los afectados, desde ahora, parece que serán más o menos los mismos que fueron incluidos en la ley anterior, firmada en 1994: o sea, trabajadores por cuenta propia y creadores artísticos, a los que se agregaron los empleados de empresas mixtas que recibían o reciben una compensación por parte de sus patronos foráneos y a los que se unirán los cooperativistas que al parecer sumarán unos cuantos miles de personas. Resulta curioso, cuando menos, que quienes más pagarán serán, a la vez, algunos de los que más trabajan, pues habrán sido los más exitosos en sus pequeños negocios o en sus labores específicas. A tal responsabilidad, por cierto, bien le vendría que la adornaran algunos beneficios, como la posibilidad de comprar automóviles con cierta normalidad, adquiridos con el dinero pagado y gravado con esos impuestos más elevados o la facilidad de viajar fuera del país y vacacionar con sus ahorros. Parecería lógico en un ambiente realista como el que se está fomentando en la Cuba actual.

Al mismo tiempo, regulaciones endurecidas, como la nueva Ley de la Aduana de la República y del Ministerio de Finanzas respecto a las importaciones de paquetes postales o mercancías por parte de los viajeros, también afectará a una parte notable de la población, y no solo a quienes viajan con mayor frecuencia, o a las “mulas” contra las que, en principio, parece estar dirigida la medida. Porque muchos son los que hoy visten, calzan y hasta comen con artículos llegados de allende los mares, enviados por los parientes emigrados o comprados en los nuevos negocios particulares montados en todo el país. El encarecimiento de esta posibilidad o actividad generará su disminución o su alza de precios que, como resulta fácil colegir, afectará a muchos, sobre todo a los más necesitados.

El realismo económico emprendido por el gobierno cubano ha tenido como uno de sus principios la eliminación de subsidios y las llamadas gratuidades indebidas, una opción que parecía necesaria y, más aún, inevitable para una economía tan endeble como la cubana. Pero los precios de los productos o servicios eliminados del sistema subsidiado se van convirtiendo en una pesadilla para el mayor por ciento de la población del país. Si al mismo tiempo aumentan el precio del jabón, del corte de pelo, del papel higiénico, de varios alimentos, y a la vez se mantienen gravados los productos ofertados por las tiendas recaudadoras de divisas, en las que se debe comprar desde el aceite hasta los zapatos (a menos que le sean comprados a un artesano cuentapropista, a precios tampoco demasiado asequibles), el resultado es que el poder adquisitivo de las personas ha disminuido porque, al mismo tiempo, muchísimos salarios han sido congelados en sus cifras insuficientes –como lo ha reconocido la dirección del país- y seguirán además en estado de hibernación por un período de tiempo no fijado.

El resultado de todos estos factores, por la más simple ecuación económica, es que en realidad muchas personas hoy ganan menos, consumen menos, sus opciones de elección son más limitadas… y si tuvieran que pagar la salud pública a los precios advertidos por el Estado, el problema caería en el absurdo económico y matemático, muy lejos del realismo pretendido.

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