Resurrección y gloria de Virgilio

Homenajes y celebraciones para el próximo centenario de Virgilio Piñera.

Magazine Cultural del ICRA

Para el venidero centenario de su natalicio, se prepara un “año virgiliano”

Uno de los episodios históricos más conocidas de una condena a “muerte civil” fue la que los líderes religiosos de la comunidad judía de Ámsterdam impusieron al filósofo Baruj (Benito) Spinoza en 1656.

Considerando que sus ideas atacaban directamente los dogmas del judaísmo ortodoxo y ofendían profundamente al Creador, los miembros del consejo conocido como mahamad aplicaron sobre la persona del polemista una cherem o excomunión de por vida que le retiraba todos los derechos de pertenencia a la comunidad, lo maldecía de los modos más diversos y totales y le prohibía al resto de los judíos sostener cualquier relación con el hereje. “Por lo tanto, se advierte a todos que nadie debe dirigirse a él de palabra o comunicarse por escrito, que nadie llegue a prestarle ningún servicio, morar bajo el mismo techo que él, ni acercársele a menos de cuatro codos de distancia”, decidía y concluía el consejo rabínico de aquellos judíos, los mismos que, en ese momento acogidos en la muy tolerante ciudad de Ámsterdam, poco antes habían sido acusados a su vez de herejes, para ser perseguidos y masacrados por la Inquisición ibérica.

El pecado de Spinoza, juzgado por los líderes religiosos, había sido el de aplicar métodos de análisis racionalistas a las cuestiones religiosas, sin cuestionarse la existencia de un Dios, pero sí la de los mediadores entre la divinidad y el resto de los humanos. Lo más terrible de aquel suceso histórico es que, visto en la perspectiva de su momento, resulta lógico aceptar que los creyentes dedicados a perseguirlo y condenarlo tenían el deber de hacerlo. Lo más aleccionador del caso es, sin embargo, que para la historia importan mucho más las ideas del filósofo Baruj Spinoza que esos perseguidores, los cuales creyeron imprescindible condenarlo por el bien de la comunidad, la fe y la preservación de unos dogmas sagrados.

Cuando se revisan otros casos de “muerte civil” ocurridas en diversas épocas y latitudes no resulta demasiado difícil recordar el episodio ejemplar protagonizado por el filósofo judío holandés y, sobre todo, las empecinadas reparaciones que suele realizar la historia, colocando cada cosa en su sitio. Tal ocurre, casi inevitablemente, con la evocación del episodio que empañó la última década de la vida del escritor cubano Virgilio Piñera y la reparación de su imagen y su obra de que luego ha sido objeto, justa recuperación que pretende alcanzar un clímax cuando, el año próximo, se festeje con bombo y platillo –como tal vez le hubiera gustado decir a Virgilio- el centenario de su natalicio.

No es para nada ocioso citar una y otra vez la sintética explicación conseguida por Antón Arrufat (Virgilio Piñera, entre él y yo) de la condena a que fueron sometidos, en los años 1970, Virgilio Piñera y otras varias decenas de intelectuales, considerados (ni siquiera acusados) de ser cultural y socialmente perniciosos por sus preferencias sexuales, religiosas, literarias o por determinadas dudas o inconformidades sociales. Cumpliendo su deber (pues tenían que hacerlo, como los rabinos en la Holanda del siglo XVII, en nombre de una pureza ideológica y la preservación de un status quo): “La burocracia de la década nos había configurado en esa ‘extraña latitud’ del ser: la muerte en vida. Nos impuso que muriéramos como escritores y continuáramos viviendo como disciplinados ciudadanos. (…) Nuestros libros dejaron de publicarse. Los publicados fueron recogidos de las librerías y subrepticiamente de los estantes de las bibliotecas públicas. Nuestros nombres dejaron de pronunciarse en conferencias y clases universitarias, se borraron de las antologías y de las historias de la literatura cubanas compuestas en esa década funesta. No sólo estábamos muertos en vida: parecíamos no haber nacido ni haber escrito nunca”.

Sumido en esa compacta muerte civil le llegó a Virgilio Piñera la muerte física en 1979. No es imposible, aunque arduo, imaginar lo que había atravesado el escritor a lo largo de esos diez años finales de residencia en la tierra, luego de haber conocido, por única vez en su vida, la fama y la gloria de que disfrutó en los años 1960. La muerte le llegó sin imaginar por cuánto tiempo su nombre seguiría siendo ignorado, más aún, execrado. Los años de marginación los había vivido como un paria, mal vestido y peor alimentado, recibiendo la ofensa y el rechazo de muchos (evitaban acercársele a “cuatro codos de distancia”) y la amistad, la solidaridad y la devoción de unos pocos que, por tal desacato, pagaron también su precio, como bien lo ha recordado el escritor Abilio Estévez, uno de esos escasos fieles, también él castigado por su cercanía con el apestado.

Unos pocos años después de la muerte del poeta y narrador, el dramaturgo fundador del teatro moderno cubano, animador de proyectos como la revista Ciclón y el semanario Lunes de Revolución, comenzó una silenciosa recuperación del nombre y la obra de Virgilio Piñera, como si la ausencia física lo borrara todo. Varios de los libros en los que trabajó durante su “muerte civil” fueron estampados entonces (Muecas para escribientes y Un fogonazo, ambos de Letras Cubanas, 1987), sus obras volvieron a los escenarios, los estudiosos y estudiantes regresaron al examen de su trabajo. Ya en la década de los años 1990, tan devastadores en lo económico, la recuperación de la compleja personalidad del escritor fue absoluta (la revista Unión editó una pequeña autobiografía en la que Piñera hablaba abiertamente de su homosexualidad) y con textos como el de Antón Arrufat (Virgilio entre él y yo) y más tarde de Abilio Estévez (Inventario secreto de La Habana) se reveló, de primera mano, las proporciones de la tragedia de marginación, desprecio, olvido a la que fue abocado mientras estaba “muerto en vida”.

Ahora, para el venidero centenario de su natalicio, se prepara un “año virgiliano” a lo largo del cual se pretende, según se ha comunicado, saldar “una de las más grandes deudas de la cultura cubana”. Para ello se ha creado una comisión organizadora de los homenajes, presidida justamente por Antón Arrufat, que espera darle alcance internacional a los eventos previstos: conferencias, ediciones de libros, puestas en escena de sus obras, exposiciones de fotos y documentos y hasta la cancelación de un sello alegórico, entre otros actos.

Conocida y revisada la historia de su marginación y condena a “muerto en vida”, recuperada y exaltada la dimensión grandiosa de su obra literaria, la celebración por todo lo alto de un año virgiliano es un acto final de justicia con el que a la vez se puede recordar que todos los represores y censores, a pesar de sus fueros temporales y de la pureza ideológica o social a la que han dicho representar, nunca serán capaces de vencer la gran creación del pensamiento humano cuando esta es fruto del talento y la empecinada voluntad de un artista que, incluso en la marginación, no puede dejar de serlo.

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