Sitio de Fina

Dedicado a la poetisa de 94 años, Fina García Marruz, imprescindible voz de la lírica cubana, cuya obra ensayística sobresale por su originalidad y profundidad.

Durante la reciente Feria Internacional del Libro de La Habana, las Ediciones Boloña presentaron un volumen con el parco nombre de Sitio, tras el que pocos podrían adivinar el regalo de una antología personal de la poesía de Fina García Marruz que incluye textos de sus libros desde Las miradas perdidas (1951) hasta Habana del centro (1997), y concluye con algunos poemas inéditos o no compilados hasta ahora.

No pude estar presente en el portal del Museo de la Ciudad el día del acto, pero, ahora que tengo entre las manos un ejemplar, no puedo dejar de recordar aquella tarde de 1976 cuando fui a la Biblioteca Nacional a conocer a Cintio y a Fina. El matrimonio trabajaba en uno de los cubículos que precedían la Sala de la Colección Cubana. Ellos me acogieron como si me hubieran esperado desde hacía mucho, ponderaron con generosidad los juveniles poemas que sometí a su consideración y quisieron presentarme a sus amigos: Octavio Smith, Roberto Friol, Teresita Proenza. Yo estaba empeñado en redactar un ensayo sobre la estética martiana y ellos me facilitaron algunas de sus propias fichas de contenido, volcadas en tarjetas de modesta cartulina, para encaminar mi trabajo, aunque este no llegó a dar frutos visibles.

Los admiré todavía más cuando descubrí que, a pesar de que ya por aquellas fechas habían publicado algunos de sus poemarios más notables y el primer tomo de sus Ensayos martianos, una torcida política cultural los relegaba a la sombra. Por esos días, apenas aparecían en eventos públicos, sus nombres eran poco recomendables en los listados bibliográficos de las tesis académicas y algunos en la Biblioteca los miraban desde lejos como si fueran víctimas de una enfermedad infecciosa. Sin embargo, ellos se trasladaban en ómnibus todos los días desde su casa de la calle Figueroa en La Víbora hasta el trabajo, almorzaban como los demás en el sótano y alguna vez encontré a Fina, acompañada por Octavio, en la Terminal de Ómnibus buscando un helado para completar el magro menú del mediodía.

Después llegaron las rectificaciones y mis visitas se trasladaron al Vedado, al Centro de Estudios Martianos. No olvido tampoco un evento sobre crítica literaria celebrado hacia 1982 en el balneario matancero de San Miguel de los Baños. Las ponencias del encuentro eran, incluida la mía, muy poco interesantes, pero desayunar con ellos o pasear por los jardines de aquel hotel que parecía trasladado piedra a piedra desde la Europa de la Belle Époque con sus fuentes termales y sus árboles añosos, sirvió para nutrir mi intelecto y dotarme de algunos de los recuerdos más felices de esos tiempos.

Fina, no solo esposa, sino fiel colaboradora de Cintio en sus labores de investigación, tuvo siempre una labor intelectual personal que habitualmente no era aquilatada en todo su valor. Su arraigada timidez, su modestia cultivada como virtud cristiana, hacía que muchos la vieran a ella como otra Zenobia junto a Juan Ramón Jiménez o María Teresa León al lado de Rafael Alberti. Un patriarcalismo difícil de rendir le colgó el marbete de “la esposa de Cintio” y la relegó a la última fila.

No hay que olvidar que ella estuvo entre los colaboradores de Lezama en la aventura de Espuela de plata y junto a Cintio, Eliseo, Octavio, patrocinó otro sueño editorial que pretendía escapar de la atracción devoradora del autor de Muerte de Narciso: las hermosas entregas de Clavileño, donde lo mismo se homenajeó a Tagore que se ejerció la crítica de arte con tino y galanura. En la casa de Neptuno 308, altos, entre Águila y Galiano, donde Fina y Bella recibían a sus novios mientras su madre, Josefina Badía, daba lecciones de música a los seres más alucinados de La Habana, se preparaban estos cuadernos que hoy son una rareza bibliográfica.

En los últimos años se le ha podido juzgar con más acierto, en primer término por la originalidad y profundidad de su labor ensayística y bastaría con recordar piezas emblemáticas como el abarcador: “José Martí” publicado antes del Centenario del Apóstol y que es uno de los textos introductorios más profundos escritos sobre su vida y obra; o “Hablar de la poesía”, una poética explícita que nos ayuda a valorar más sus versos; sin olvidar sus agudas indagaciones sobre autores como Gustavo Adolfo Bécquer, Juan Francisco Manzano o María Zambrano.

Hojear Sitio nos permite volver a las páginas memorablemente íntimas de Las miradas perdidas, ese libro cuyo título tuvo algo de profético porque ha sido prácticamente desconocido por lectores y críticos durante muchas décadas. Allí está el soneto “Ama la superficie casta y triste”encabezado elocuentemente por el epígrafe de Píndaro: Sé el que eres:

Ama la superficie casta y triste.

Lo profundo es lo que se manifiesta.

La playa lila, el traje aquél, la fiesta

pobre y dichosa de lo que ahora existe.

Se trata de enunciar una poética humilde y a la vez ambiciosa, mientras los filósofos y algunos poetas procuran desechar las apariencias a favor de las esencias ocultas, ella elige la envoltura exterior, lo que se muestra y encuentra en su humildad aparente una auténtica poesía.

Ella apuesta por el encuentro con “lo exterior desconocido”, en una actitud dialogal y de aceptación de la alteridad, como argumenta en el ya citado “Hablar de la poesía”:

Reparemos que sólo hay dos realidades absolutamente exteriores a la imagen que de ellas tenemos o nos hacemos: nosotros mismos y Dios. He aquí dos imprevisibles poéticos, dos desconocidos. ¿Es que, hasta hoy, se habían constituido alguna vez en objeto para la poesía? Es evidente que no. La pureza e ingenuidad del ojo clásico confirió a las cosas una cierta ilusión de independencia (que hizo posible esa actitud de entregar un bien heterogéneo y sin angustia para su “disfrute”), en tanto que la malicia romántica acuñó con aire pretenciosamente individual sus paseos por el ámbito más bien general y anónimo de la caída, con idéntico aunque inverso espejismo. Si el sentir clásico fue ante todo un sentir de lo externo, en tal grado, que para el poeta aún su propio sentimiento es sustancia, cosa […], es claro que se trató siempre de lo exterior — conocido, pero no de aquello que ahora nos ocupa, lo exterior — desconocido, dentro y fuera de nosotros.

Fina emplea procedimientos equivalentes a los de un pintor para exaltar la belleza en escenas donde pocos se detienen a encontrarla: ante “La demente en la puerta de la iglesia” no sólo describe su apariencia, sus gestos, además parece modelar la atmósfera en torno a ella, establecer gradaciones en la luz para no quedarse en los bordes de la figura sino en ese halo que irradia, el resultado es algo semejante a un lienzo prerrafaelista:

Vedla sentada a la puerta de su rostro, guardadora de un

misterio perdido,

ved a la oscura lúcida, general como el viento, materia del

milagro,

su ignorancia ha abarcado nuestro orgullo, se sienta en la

otra orilla,

con distracción sagrada toca una vihuela suave y anacrónica.

Mientras la mayor parte de nuestras poetisas, con voces fieras o lánguidas, cantaron sus amores secretos o la doblez de la condición masculina que las relegaba a la sombra, Fina buscó sus temas en otra parte: la indagación de la inocencia que parece perderse con la adultez, la contemplación del lado más indefenso de la sociedad que la rodea: niños vagabundos, mujeres envejecidas, artistas ambulantes. Su estilo mezcla la aparente fragilidad de la voz con la intensidad y hasta la furia del pensamiento, así como tras la engañosa sencillez de sus versos hay una notable densidad filosófica.

Ya en La poesía contemporánea en Cuba (1927-1953) Roberto Fernández Retamar había escrito: “Esta poetisa desea ofrecer dentro de una hermosa vestidura su obra de fervor cristiano, pero valiéndose de sencillos recursos, dejándola en esa poderosa desnudez de toda plegaria.”

A ella se deben algunos de los textos más memorables de la segunda mitad del siglo XX: “Una dulce nevada está cayendo”, “Canción para la extraña flor” y “Transfiguración de Jesús en el monte”, todos de Las miradas perdidas. Visitaciones (1970) incluye “Ya yo también estoy entre los otros” y el magnífico oratorio “En la muerte de Ernesto Che Guevara” donde procura conciliar el pensamiento del héroe con su sentir cristiano, texto valiente, lejano a todo formalismo, poco comprendido en su tiempo y que va revelando en los últimos años toda su grandeza. En Habana del centroestán incluidos dos ciclos ejemplares, los Créditos de Charlot y Los Rembrandt de L’Hermitage.

Hoy sigue resultando actual la nota que precede a sus textos en la antología Diez poetas cubanos (1948), allí Cintio apuntaba:

[…] los poemas no constituyen para ella fines en sí mismos, sino sencillamente y estrictamente caminos o instrumentos que sirven al progreso del alma y la visión. La poesía es lo que abre nuestra capacidad de ver; sus más perfectas cristalizaciones no pueden sustituir el objeto a que el propio rapto poético tiende, o sea, la intemperie de la realidad, el ser virginal de lo exterior que es al mismo tiempo la más inefable intimidad de la Creación.

En los últimos años, la escritora pudo sumar al Premio Nacional de Literatura, obtenido en 1990, el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y el Premio Federico García Lorca. Su escritura se ha hecho más visible, pero en sus gavetas hay todavía muchísimos inéditos, sobre todo poemas que ella reserva, como hacen algunos con los cristales y porcelanas de la vitrina, para ocasiones especiales.

Todavía con sus 94 años Fina nos da sorpresas, cuando otros, mucho más recientes que ella han envejecido. De estos últimos no puedo excluirme yo, aquel joven que subía acezante y tembloroso la sinuosa escalera de la Biblioteca Nacional, apretando bajo el brazo derecho una carpeta con poemas mecanografiados para ellos, puedo asumir unos versos suyos: “ya yo también estoy entre los otros,/los mayores de edad, los melancólicos,/y qué extraño parece ¿no es verdad?” (2017)

 

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