Testigo de excepción

Una (casi) crónica sobre los Premios Princesa de Asturias 2015.

Por Lucía López Coll

 

Todo estaba ensayado y la organización, perfectamente planeada, funcionó como un reloj suizo. A la hora indicada, la tarde de este 23 de octubre el hermoso Teatro Campoamor de Oviedo, capital del Principado de Asturias, abrió sus puertas y el solemne acto transcurrió según el protocolo previsto, presidido por los reyes de España, Don Felipe y Doña Leticia. El rey Felipe dio la palabra a algunos de los galardonados, quienes agradecieron en su discurso a la Fundación Princesa de Asturias (antes Príncipe de Asturias), por este prestigioso reconocimiento y también intentaron recordar a todos aquellos que los habían apoyado y estimulado a lo largo del camino que los condujo hasta aquí o la necesidad de que el mundo supiera qué los había llevado hasta allí.

Sólo después, cuando ya habían terminado los discursos y desde la ventanilla del autobús que nos devolvía al hotel para el brindis de clausura contemplábamos al público que despedía a los premiados al son de los tambores y las tradicionales gaitas asturianas, comprendí que ni las imágenes televisivas, ni las fotógrafos y reporteros acreditados para cubrir el evento que se trasmitía hacia todo el mundo, podían ser capaces de recoger las emociones apenas contenidas de aquella noche, ni la tensión o la satisfacción de aquel reducido grupo de personas distinguidas en virtud de su talento, su inteligencia y su trabajo, con resultados destacados en diferentes esferas de la vida social y el conocimiento humano.

En la lista de este año había nombres archi conocidos como el de los estelares jugadores de baloncesto Marc y Pau Gasol; Francis Ford Coppola, uno de los directores de cine más importantes del siglo XX, y otros que no me resultaban tan familiares, como el de la francesa Esther Duflo, profesora del Instituto Tecnológico de Massachusetts y fundadora en 2003, junto al hindú Abhijit Banerjee, del Laboratorio J-PAL, un centro de investigación que pretende reducir la pobreza a partir de políticas públicas basadas en estudios científicos sobre el tema.

Y allí también estaba yo, que sin ser una de las protagonistas tuve la suerte de estar entre los mil seiscientos invitados de aquella noche en Asturias, y que además poseía información privilegiada sobre uno de los galardonados.Padura_Teatro campoamor 2015

Desde mi palco número 17 –y con cierta sensación de extrañamiento, provocada quizá por la tensión acumulada-, pude presenciar la llegada al escenario de los premiados y, especialmente, del ganador del Premio Princesa de Asturias de las Letras 2015, Leonardo Padura, mi pareja de toda la vida, vestido con una blanca y cubanísima guayabera que quebraba la etiqueta de la ceremonia, exigente del uso de traje oscuro y corbata. Lo que casi nadie sabía es que los pantalones que usaba Leonardo habían sido comprados en el último minuto, por el descubrimiento tardío de una mancha de vino tinto inadvertida hasta entonces en su pantalón de lino crudo y que desluciría aquella indumentaria escogida con toda intención. No nos imaginamos que en esas pocas cuadras que separaban la tienda del hotel, recorridas a pie, tendríamos que detenernos varias veces a pedido de algún lector o de un admirador, que deseaba tomar una foto de recuerdo o simplemente felicitar a Leonardo por el importante galardón que recibiría.

Pero mi información privilegiada no terminaba ahí. Sólo unos pocos amigos sabían que Leonardo traería consigo una pelota de béisbol -Bretón habría calificado ese acto de surrealista-, como otra de sus señas de identidad. Por eso no me extrañó su animada entrada a la sala, pelota en mano, como si de un jugador de béisbol se tratara, encandilado por las luces y medio aturdido por el aplauso de sus fanáticos en uno de los mejores juegos de su vida.

Pero yo sabía que casi tan emotivo como este momento, había sido para Leonardo el encuentro ocurrido días antes en una impresionante sala del Palacio de Congresos y Exposiciones, obra del arquitecto español Santiago Calatrava, al que acudieron más de mil doscientas personas en representación de los Clubes de Lectura de toda España. Y aunque la firma de libros organizada con anterioridad en una de las principales librerías de la ciudad -y que se extendió por casi dos horas-, resultó una agradable advertencia, nada fue comparable a ese cara a cara con personas que, como Guadalupe Iglesias, habían tomado un tren o un autobús desde sitios bien distantes de Oviedo para asistir al encuentro. Lo que muchos desconocían es que Guadalupe Iglesias es la presidenta del Club Retina Madrid y que, a pesar de sus limitaciones visuales, no ha perdido el entusiasmo por la lectura y asegura ser una gran admiradora de la obra de Leonardo, a la que sólo ha podido tener acceso a través del sistema de audio libros.

Repasaba todo esto mientras escuchaba el discurso leído por Leonardo durante la premiación -y si bien no alcanzaba a ver el podio de lectura por la ubicación de mi palco-, yo sabía incluso lo que no iba a decir, aunque hubiera querido hacerlo, y cuánto había sopesado y corregido cada una de sus palabras para que estas fueran capaces de transmitir, en apenas unos minutos, todo aquello que más deseaba expresar: su sentido de pertenencia, su amor a Mantilla, sus deudas con su cultura, sus padres, sus amigos y compañeros de estudio y combates, sus editores, con la lengua en que escribe: con las mejores cosas de la vida.

Después volvieron los aplausos y más felicitaciones. El lento regreso al hotel con la gente volcada en las calles para despedir a los premiados, y en medio de los flashes y la celebración, yo también era uno de las pocos presentes que podía dar testimonio de una labor solitaria que, por muchos años, se centró en días de trabajo, acumuló cansancios, lo ha hecho vivir entre dudas y tensiones, pero también disfrutar de momentos de gran felicidad cuando llegaba, al fin, la hora de soltar el cuento o la novela de sus amarras y, no sin temor artístico, cortar su cordón umbilical para que al fin pudieran respirar por sí mismas.

Al día siguiente, entre la avalancha de fotos publicadas por centenares de periódicos en el mundo se destacaba un primer plano de los pies de Coppola que llevaba una media roja y otra amarilla (como la bandera española), y la foto de Leonardo en un gesto congelado de lanzar la pelota de beisbol desde el escenario hacia el público. Y entonces volví a pensar en todo aquello que llevó a Leonardo Padura Fuentes hasta aquel escenario, todo lo que esas imágenes de merecido júbilo y cubanía exultante no podrían develar, y que mucho menos esta pálida crónica, por muchos privilegios que tenga, será capaz de decir ( 2015).

 

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