Últimos días en La Habana: la ciudad profunda

Un relato visceral que dirigió el cineasta cubano Fernando Pérez.

Foto: Tomada de Cubadebate

En la penúltima escena del más reciente filme de Fernando Pérez, Últimos días en La Habana, el personaje de Yusi, la adolescente que hereda el cuarto de Diego, hace un resumen de los acontecimientos postreros al fallecimiento del protagonista y termina diciendo que ya no trata de decir la verdad como antes, porque la gente no entiende, y así está más tranquila; pero que a veces le entran muchas ganas de llorar.

Si en La Pared de las palabras, el tema de la incomunicación estaba presente desde el título mismo, y la escena final era una metáfora, ahora, en su nueva obra, el realizador es más directo, y expone la falta de entendimiento (o más bien el desentendimiento) como una coraza, un blindaje para no escuchar la verdad que es incómoda y molesta.

Director y actor Jorge Martínez en un día de rodaje

Diego tiene sida, está en fase terminal; yace en el cuarto de un ruinoso falansterio habanero; solo cuenta con la ayuda incondicional y desinteresada de Miguel, pero como auras tiñosas aletean alrededor suyo algunas personas, no para ayudarlo, si no para heredarlo. Desde esa locación con olor a muerte se articula el relato, aunque también los exteriores cuentan.

Diego y Miguel son los principales ejes narrativos de la cinta. El primero por lo que dice y el otro por lo que calla. Diego es el foco de atención; Miguel, el focalizador. Él abre y cierra la película, su historia complementa la de Diego, su drama no es menor que el del amigo pero hay que desentrañarlo. Para Yusi es un misterio, para un cubano con conocimiento del pasado y el presente no lo es.

Si Diego consume sus días finales viendo películas porno, Miguel solo tiene un objetivo: irse para Estados Unidos. Esa es la motivación de su existencia, una vida marcada por el deseo de emigrar, con la frustración de casi haberlo logrado hace mucho tiempo. Con ese pensamiento único se mueve por la ciudad como un lobo estepario, ajeno a todo, pero alerta, mostrándonos rostros, situaciones, conductas, poco nobles en su mayoría.

La realidad social que se nos muestra es esa a la que no se quiere mirar: discapacitados de las guerras de África que deben luchar duramente cada día para sobrevivir; jóvenes que muestran su ignorancia y deshumanización como estandartes; ancianos con el desamparo y la tristeza grabados a relieve, calles y edificaciones muy heridas por el abandono y el peso del tiempo.

Actor Patricio Wood en una escena del largometraje

Mientras, en torno a Diego, acontece de todo: la visita de una tía vitriólica (Clara) con más veneno encima que collares de santería; el encuentro arreglado con un joven pícaro, prostituto y mentiroso (Pedro); la irrupción de una prima malvada y corrupta (Rosamunda), que antecede a la entrada en escena de su hija Yusi, la adolescente que extravió los deseos de decir la verdad. Con ella vendrá más tarde su novio Damián, cuyo mayor atractivo, al decir de Yusi, es tener un tatuaje de cinco dragones. Ambos adolescentes tendrán tres hijos que crecerán sin padre cuando Damián se convierta en emigrante.

Dentro de un atiborrado cuadro de miserias humanas se yergue Fefa, una anciana negra que conserva la bondad, solidaridad y sabiduría legada por sus ancestros. Ella representa esos valores que se han extraviado para muchos. Solo en Fefa, Miguel y Miriam (otra amiga leal) confía Diego en su hora final, a punto de la partida definitiva.

El último plano del filme muestra a Miguel en el sitio añorado, haciendo el mismo trabajo que practicaba en La Habana (lavando platos), pero una expresión distinta asoma en su rostro, aun cuando la vida casi se le haya ido en la espera.

Con el llanto de Yusi y la placidez de Miguel termina una obra dura, de un realismo profundo y lacerante, hecha para conmovernos, para que escuchemos la verdad y no miremos a otra parte, para abrir nuestros corazones y nuestras conciencias.

Curiosamente, esta producción de Fernando Pérez coincide con la salida al mercado del testamento fílmico de Andrzej Wajda: Los últimos años del artista, y aunque una y otra obra sean muy diferentes, hay una idea deslizada en la cinta del genio polaco que vale la pena citar. Allí, mientras conversan el pintor Wladislaw Strzeminski y el poeta Julián, se dice lo siguiente: “Un artista que no puede hablar con su voz completa, debe permanecer en silencio”. Fernando Pérez habla con su voz completa. Es una razón poderosa para agradecerle. (2017)

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