Un centenario para Virgilio Piñera

Un intelectual indispensable del siglo XX cubano.

Con Electra Garrigó, estrenada en 1948, Piñera despierta ácidas polémicas sobre su condición de dramaturgo, al menos entre las élites culturales del momento

El joven poeta Virgilio Piñera (Cárdenas, 1912-La Habana, 1979) ignoraba que cuando Juan Ramón Jiménez decidió incluir su poema “El grito mudo” en su variopinta antología La poesía cubana en 1936, que su obra motivaría polémicas interminables, pero también los honores de un centenario oficial.

Por entonces, el novel escritor había comenzado la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad habanera y escribía la primera de sus piezas teatrales, Clamor en el penal, que dos años después le valdría una mención honorífica en un concurso convocado por la Secretaría de Cultura del Ministerio de Educación.

¿Cuándo pasa el escritor de los tanteos destinados a aprender el oficio, a la obra que hoy reconocemos como auténticamente “piñeriana”? La poesía anterior a su cuaderno Las furias (1941), es decir, la escrita entre 1935 y 1940 “o se ha perdido o la rompí” declaró, décadas después, en la introducción a su antología personal La vida entera (1969). De hecho, en el poema “Las Furias” y aún en “La destrucción del danzante”, publicado dos años después en Clavileño, encontramos una escritura de gran belleza formal pero que es abiertamente deudora, por una parte, de la poesía de Eugenio Florit y Emilio Ballagas y por otra del lenguaje suntuoso de Muerte de Narciso de Lezama, autor con el que Virgilio mantendrá una conflictiva relación, marcada una veces por la amistad y otras por el rechazo.

La publicación en 1943 del extenso poema La isla en peso, a pesar de su evidente proximidad con el Cuaderno del retorno al país natal de Aimé Césaire, marca ya, no solo el momento de eclosión de un poética personal, sino que en sus versos están contenidos muchos de los motivos constantes en su pensamiento: la mirada irónica al panorama insular, el escepticismo en materia cívica, filosófica y religiosa, la sustitución de los esplendores de la teleología lezamiana por un cierto choteo que se regodea en el lado grotesco o absurdo de la vida cotidiana. Las objeciones que Cintio Vitier hace al texto, aún cuando lo colocara en su antología Diez poetas cubanos, expresan con elocuencia el distanciamiento entre este autor y aquellos que, reunidos en torno a Lezama, representaban la vertiente católica del grupo Orígenes.

Con Electra Garrigó, estrenada en 1948, Piñera despierta ácidas polémicas sobre su condición de dramaturgo, al menos entre las élites culturales del momento. Enemistado con el realismo y con la comedia burguesa, apuesta por el extrañamiento, por el absurdo y por una singular fusión de la “alta cultura” y lo populachero para mostrar su corrosiva crítica social. Tanto la pieza citada como la muy breve Falsa alarma, y también Jesús, La boda, El flaco y el gordo, Dos viejos pánicos, siguen constituyendo hoy textos atractivos para los directores teatrales y aún para los lectores que se aproximan a ellas, porque, más allá de cierto profuso verbalismo, conservan su lado problematizador y corrosivo.

Los Cuentos fríos, publicados en Buenos Aires, por la Editorial Losada en 1956, garantizarían ya al autor un lugar entre los narradores notables del siglo XX cubano. Escuetos, crueles y con una capacidad de sugerencia que puede llegar hasta la sugestión obsesiva, resultan mucho más efectivos que sus novelas La carne de René (1952), Pequeñas maniobras (1963) y Presiones y diamantes (1967), compuestas siempre dentro un canon antirrealista de fuerte matiz satírico.

Entre 1946 y 1958 el escritor residió en Buenos Aires, a donde llegó con una beca de la Comisión Nacional de Cultura y donde consiguió un mínimo trabajo como empleado del Consulado cubano. Hizo amistad con José Bianco, conoció a Jorge Luis Borges y se burló de manera más bien exagerada de Victoria Ocampo. Formó parte del equipo de traducción del Ferdydurke de Witold Grombowicz, en interminables sesiones de café y gestionó colaboraciones primero para Orígenes y luego para Ciclón, gracias al apoyo económico de su amigo y mentor José Rodríguez Feo.

Al triunfo de la revolución cubana comienza a escribir una columna con el seudónimo El Escriba en el recién fundado diario Revolución y colabora con su suplemento cultural Lunes de Revolución. Entonces Piñera da rienda suelta a su temperamento bilioso y sarcástico, lo mismo ataca a Cintio Vitier por su visión católica del mundo que a los marxistas más ortodoxos que pretenden imponer las concepciones culturales del stalinismo. Pronto se ve envuelto en la vorágine de un mundo cultural donde se funden las consignas políticas y las luchas por el poder.

En 1960 se publica su Teatro completo, mientras dirige las Ediciones R. En 1962 lleva a escena su Aire frío con un éxito de público y crítica más que halagüeño, y en 1964 viaja por España, Italia y Bélgica. Sin embargo el escritor no se siente tranquilo. Su condición de homosexual y su lengua afilada para censurar aquí y allá a los intolerantes, a los revolucionarios de última hora, a los moralistas, lo convierten en blanco fácil de los funcionarios que quieren imponer en la esfera cultural aquello de formar un “hombre nuevo”.

En torno a él comienza a cerrarse un círculo de silencio. En 1968 recibe el Premio Casa de las Américas de Teatro por Dos viejos pánicos, pero la obra no puede estrenarse en Cuba sino años después de su muerte. En octubre de 1969 ofrece un legendario recital de poesía en la sala Hubert de Blanck, y este fue casi su despedida del público.

El inicio del llamado quinquenio gris con sus grandes síntomas (el “caso Padilla”, el Congreso Nacional de Educación y Cultura y la “parametración” o eliminación de artistas “no idóneos” de las instituciones culturales), terminan por arrinconarlo en un puesto de traductor en el Instituto Cubano del Libro. Sus obras no se montan, sus poemas no ven la luz. Cuando se refugia en las tertulias que el artista plástico Yonny Ibáñez Gómez ofrece en su villa de la Calzada de Managua, alguna autoridad policial se encarga de prohibir estas reuniones familiares. La aparición de Piñera por esos años en una exposición o estreno crea incomodidad en sus promotores. Llega a volverse –salvo para un pequeño grupo de fieles- un ser repulsivo o, peor, invisible. Al parecer se ha convertido en personaje de uno de sus Cuentos fríos.

Un ataque cardíaco segó la vida del escritor en la noche del 18 de octubre de 1979. La noticia se hizo pública al día siguiente, gracias a una nota harto escueta publicada en el diario Juventud Rebelde. Había sobrevivido poco más de tres de años a Lezama, con quien se había reconciliado poco después de la aparición de Paradiso en 1966.

El “deshielo” de su obra ha sido gradual pero elocuente y sus obras principales han vuelto a escena. Se han dado a la luz sus Cuentos completos y La carne de René. Su albacea, Antón Arrufat, publicó en 1998 bajo el título de La isla en peso una edición incompleta de su poesía que hace esperar a los lectores una colección integral de sus versos, aún aquellos que el escritor repudiaba, para conocer a fondo la totalidad de su escritura.

La celebración de este centenario tiene el riesgo de quedarse en la evocación de anécdotas y la multiplicación de discursos reivindicadores del escritor. Sin embargo, es la oportunidad excepcional, como se procuró hace un par de años con Lezama, de arrancarlo de la devoción “de capilla” y de ciertos velos de misterio, para devolverlo al público como lo que es: uno de los intelectuales más vitales del siglo XX cubano.

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